Las 10 mejores películas de Woody Allen rodadas en el siglo XXI

El reciente estreno de 'Rifkin's Festival' certifica una vez más que el cineasta no vive su mejor momento creativo, pero nunca está mal hacer memoria.

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04 de octubre de 2020

De un tiempo a esta parte, se ha impuesto la expresión “un Allen menor” como socorrido automatismo a la hora de enfrentarse con algunas de sus últimas películas. Ya que esta tendencia, con sus pequeñas excepciones, se remonta a los mismos inicios de este siglo, quizá sería más enriquecedor buscar un modo alternativo de examinar la última etapa del cine de Woody Allen. Sin esa comparativa constante hacia tiempos mejores, e intentando valorar los films correspondientes por sí mismos.

Por mucho que ese esfuerzo sea el deseable, el cineasta neoyorquino parece no haberlo puesto fácil con Rifkin’s Festival, su última película en motivar unas críticas no feroces, pero sí exhaustas. Se apela a la escasa originalidad, se apela al cada vez mayor descuido de Allen con respecto a la puesta en escena, y se apela a la falta de rumbo de una fase que, sin embargo, ha dado pie a títulos de los más interesantes.

A continuación seleccionamos diez de las veinte películas que Woody Allen ha rodado con total puntualidad desde el año 2000, ordenándolas de menos a más memorables. Con cierto dolor, se han quedado fuera películas muy reivindicables como Todo lo demás Melinda y Melinda (título indispensable para entender por qué es tan difícil catalogar muchas propuestas de Allen como dramas o comedias), pero espero que sean suficientes para dar la impresión de que no existen tantos “Allen menores” como parece.

 

10. Medianoche en París (2011)

La deriva del cine de Allen hacia un artefacto de acusado tono turístico fue inaugurada con la llamada “trilogía británica” y se consolidó con la muy fallida Vicky Cristina Barcelona (2008), pero por el motivo que sea este film, teniendo el mismo ADN que los títulos citados, cayó muy en gracia entre crítica y público. De hecho, Medianoche en París llegó a estar nominada a 4 Oscars incluyendo Mejor película, y se llevó a casa el de Mejor guion original.

Es llamativo desde el punto en que cuenta con los mismos defectos que un año después le llevarían a la que es probablemente la peor película de su filmografía (A Roma con amor), pero puede entenderse por el encanto del mundo parisino. Así como el ingenioso cuestionamiento que hace Allen de la nostalgia imperante en nuestros tiempos, efectivísimo pese a que recurra a referentes algo más sibaritas que un sable láser, un dinosaurio o un Gigante de Hierro. Aunque hubiera tenido su gracia ver al Hemingway de Corey Stoll lidiar con estos elementos, la verdad.

 

9. Día de lluvia en Nueva York (2019)

Al penúltimo film de Allen hasta la fecha le costó lo suyo estrenarse, de forma que cuando pudo hacerlo fuera de EE.UU. había una predisposición de ánimo a aplaudirlo frente a los supuestos desmanes del MeToo y esa cultura de la cancelación de la que usted me habla. Día de lluvia en Nueva York era una prueba de fidelidad al cineasta luego de la negativa de Amazon a distribuirla, y por suerte esta película nos lo puso bastante fácil para mover las alabanzas.

Y es que Día de lluvia a Nueva York supone un atractivísimo regreso de Allen a sus raíces puramente neoyorquinas y tragicómicas, proyectado hacia una generación que le sucede (Timothée Chalamet como álter ego alleniano de tantos, y brillante en su papel por más que luego renegara de trabajar aquí) asumiendo la imposibilidad de que dicho relevo sea orgánico o satisfactorio. La película está, por tanto, tan llena de melancolía como de bufonadas incómodas, y certifica que el cineasta nunca ha dejado de cuestionarse a sí mismo. En el siglo XXI menos que nunca.

 

8. Granujas de medio pelo (2000)

Hubo un tiempo en el que algunas de las mejores comedias de Woody Allen se levantaban sobre high concepts simplemente geniales (una de las películas que culmina esta lista es el máximo ejemplo), y su primera obra del cambio de milenio poseía uno de posibilidades inabarcables. Un grupo de ladrones liderados por Ray Winkler (Allen) ponen en pie un ambicioso plan para robar un banco: abrir una tienda de galletas contigua a él para usarla de tapadera mientras excavan un túnel que les lleve al botín.

Cosas de la vida, al final consiguen tanto dinero gracias a la repostería de la mujer de Winkler (Tracey Ullman) que no tienen que seguir con el plan, y entonces lamentablemente Granujas de medio pelo se convierte en otra película distinta, empeñada en denunciar los abusos y superficialidades de la alta sociedad en la que ingresa el matrimonio protagonista. Aunque ande un entonado Hugh Grant por ahí, esta segunda mitad nunca está a la altura de los prolegómenos del robo, de una agilidad y efectividad cómica abrumadoras.

 

7. Irrational Man (2019)

Hay varias pruebas a lo largo de su trayectoria que confirman la obsesión de Woody Allen por la obra de Dostoyevski, contándose obras maestras como Delitos y faltas y Match Point entre las más ilustrativas. Irrational Man se queda lejos de sus resultados, pero cuenta con suficientes alicientes para conformarse como una de las películas más incómodas de esta última etapa, donde los monólogos filosóficos a los que tan asiduo se vuelve Allen cuando cultiva el thriller (y tanta frialdad pueden causar) obtienen una potencia inaudita en boca de Joaquin Phoenix.

Irrational Man no sería lo que es sin la torva mirada de Phoenix, en amplio contraste con la luz que irradia Emma Stone en su segunda colaboración con Allen tras la mediocre Magia a la luz de la luna. Sus diálogos son efectivos, remueven existencialmente, y por si fuera poco dan pie a un estimulante par de set pièces de suspense. El primer plano de Phoenix marchándose tras cambiar las bebidas y consumar su asesinato, así las cosas, te convalida simultáneamente varias lecturas de Kierkegaard, Sartre o Camus.

 

6. Blue Jasmine (2013)

Hablando de interpretaciones memorables. Blue Jasmine es considerada unánimamente, junto a Medianoche en París, una de las últimas grandes películas del cineasta, y puede que en gran parte se deba a una Cate Blanchett absolutamente magnética. Por su interpretación de esta mujer rica y glamurosa que un buen día lo pierde todo, Blanchett ganó con total justicia el Oscar a Mejor actriz, pero sería injusto reducir todos los méritos del film a este trabajo.

Allen no es muy asiduo a permitir que la realidad social entre en sus películas (por eso tantas de ellas constituyen un lugar feliz para tantos cinéfilos), pero aquí no temió reflexionar sobre el impacto de la crisis económica y los abusos de las clases altas. De tal forma que sí, Blanchett está radiante, pero solo en la medida que las jugosas interacciones con su humilde hermana Ginger (totémica Sally Hawkins) le permiten brillar.

 

5. La maldición del escorpión de Jade (2001)

Woody Allen es un director de filias temáticas muy marcadas, y antes que su obsesión por la muerte o la identidad judía hay otros elementos no tan troncales que sobrevuelan constantemente su filmografía. La maldición del escorpión de Jade es por tanto una película-fetiche en toda su extensión: un capricho carísimo y hipster como antes lo fueron Sombras y niebla, Interiores o Recuerdos con respecto a su afición por el expresionismo alemán, Ingmar Bergman y Fellini, respectivamente.

Pero este film es mejor que todos ellos. Recibido con una injusta frialdad en su momento, La maldición del escorpión de Jade concilia el gusto del director por la magia y el cine clásico a través de un lujoso pastiche de ritmo endiablado, y donde por mucha Charlize Theron que ejerza de mujer fatal, la adictiva screwball comedy que practica la pareja Allen/Helen Hunt se acaba imponiendo como género frente al noir. Una delicia que debes redescubrir.

 

4. El sueño de Casandra (2007)

Empezar con Match Point no le sentó bien a la trilogía británica del cineasta, puesto que las que le siguieron iban a tener casi imposible estar a la altura. Scoop (una comedia muy ocurrente con el último gran personaje interpretado por Allen) no lo estuvo y El sueño de Casandra tampoco, pero en el caso de esta última por jugar a un juego tan distinto, y tan sorprendente hablando de quien hablábamos, que las críticas fueron previsiblemente demoledoras.

El sueño de Casandra es el thriller más perturbador del director neoyorquino por ser el único donde no hay asideros de ningún tipo: ni la comedia de Delitos y faltas, ni la Emma Stone de Irrational Man, ni el ácido retrato de las élites de Match Point. En su lugar nos encontramos con la humanidad sin cortapisas, sometida a sus más bajos instintos, y sosteniendo un opresivo entorno psicológico donde Ewan McGregor y Colin Farrell parecen superados constantemente por las circunstancias. Algo que le viene muy bien a sus personajes.

 

3. Wonder Wheel (2017)

De forma similar a lo que pasaría después con Día de lluvia en Nueva York, la crisis de Allen como figura pública en torno a sus acusaciones de abuso sexual terminó por eclipsar la conversación sobre esta película, y tratándose de Wonder Wheel fue si cabe más lamentable. La admiración del cineasta por Tennessee Williams cristalizaba entonces en un melodrama de aroma clasicista sin ideas demasiado novedosas a nivel dramático, pero con una Kate Winslet que sabía suplirlo de sobra.

Y sin embargo, el as en la manga de Wonder Wheel radica en la fotografía de Vittorio Storaro, que ha trabajado con Allen desde Café Society y que aquí se marca un trabajo asombroso. No es solo que las coloridas imágenes de esta Coney Island no parezcan pertenecer a este mundo, sino que la iluminación acaba sirviendo a propósitos narrativos que incrementan el impacto de la historia, muchas veces cambiando radicalmente durante una misma escena para reflejar el estado anímico de los personajes, y erigiendo Wonder Wheel como pequeña maravilla a reivindicar.

 

2. Un final made in Hollywood (2002)

Como bastante reivindicación necesita también Un final made in Hollywood, que en su momento machacara la prensa pese a ofrecer el retrato más ácido y menos complaciente de la industria cinematográfica y de la labor del cineasta en concreto. Vaya, que Un final made in Hollywod gira en torno a un director que afronta la película más ambiciosa de su carrera cuando se queda ciego, y temiendo que todo se vaya al garete decide seguir trabajando mientras finge que no ha pasado nada.

Semejante punto de partida es aprovechado por Allen para impulsar todas las situaciones de enredo y chistes derivados que te puedas imaginar, acogiendo con el desarrollo del metraje unas resonancias más introspectivas de lo que parece. Así, el final de Un final made in Hollywood (que, por cierto, se ocupa de repudiar a Hollywood y todo lo que implica) sirve como ilustración perfecta de por qué Allen ha hecho lo que ha hecho en los últimos años. Esto es: hacer turismo por capitales europeas.

 

1. Match Point (2005)

Como no podía ser de otro modo. Las recurrentes diatribas de Allen sobre el crimen perfecto y los vacíos de la vida burguesa se estrecharon la mano para gestar la que sigue siendo última obra maestra de Woody Allen, y la que mejor sirve para acercarse a los rincones más afilados de su visión del mundo. Planteada con un desencanto similar (pero menos juvenil) al que proponía Un lugar en la cumbre en 1959, las andanzas del trepa por excelencia (maquiavélico Jonathan Rhys Meyers) enmarcaban la historia más nihilista que Allen ha sido capaz de escribir.

También una película excelentemente rodada, llena de imágenes imborrables (el primer encuentro con Scarlett Johansson, el beso bajo la lluvia, los conceptos que se agazapan en el tenis) y planteada con una depuración tal, casi cayendo en lo aséptico, que no hace sino intensificar toda la oscuridad que acapara. Oscuridad de la que nuestro director ha ido desligándose poco a poco para convertirla en un plácido lamento generacional, ya que al fin y al cabo la edad no perdona… pero el cine sí.

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