Las 10 cosas más desagradables que te pueden pasar en el cine

Vecinos que hablan, niños que lloran, patadas en el asiento, el inevitable móvil... Todos estos inconvenientes te resultarán más familiares de lo que quisieras.

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05 de junio de 2016

En CINEMANÍA ya lo hemos comentado otras veces: las salas de cine no son sólo lugares para pasar un buen rato, sino también sitios en los que pasan cosas desagradables. En su día dedicamos un informe a la falta de civismo entre el público, debatimos sobre los inconvenientes del uso de móviles durante la proyección, y te anunciamos (espantados) los planes de algunos empresarios de EE UU para permitir el envío de mensajes de texto durante la exhibicion de las películas. Y, esta vez, hemos decidido ir más allá: te ofrecemos un ránking con las 10 cosas más desagradables con las que puedes encontrarte durante una sesión de cine. Échale un vistazo a este informe, y ya verás como muchos de los inconvenientes que aparecen en él te resultan más familiares de lo que quisieras.

Escuchar un politono

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Todos sabemos que la proliferación de los celulares en las salas ha sido, cuanto menos, traumática. Hasta el punto de que el personal del ramo la califica como uno de los peores problemas de conducta que pueden experimentarse en un cine. Ahora bien: como de este tema ya hemos hablado mucho, sentenciemos que la injuria se multiplica por mil si, además del bisbiseo de las conversaciones (eso, si el infractor es educado y no se dedica a charlar a gritos), la llamada de turno es precedida por el sonido de, digamos, el Waka Waka o el Ai se eu ti pego a todo volumen. Una razón más para pedir que la gente apague el móvil antes de la película…

Posible solución: Ya la hemos comentado otras veces en esta web, y se llama civismo. En realidad, esto es sólo una fracción de un problema mucho mayor, tan extendido que los exhibidores de EE UU se plantean (como ya hemos dicho) levantar la veda del móvil en los cines. Medidas extremas como las de los cines Alamo Drafthouse parecen, por ahora, difíciles de llevar a cabo.

“Crunch, crunch… Slurp”

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Mientras que algunos filmes no invitan a ello en absoluto (¿te imaginas ver una de Kiarostami o Lars Von Trier con el cucurucho en la mano?), a ver quién es el guapo que se resiste a entrar en una sala donde se proyecta Los Vengadores, por ejemplo, sin honrar una de las tradiciones más antiguas del ritual del cine: las palomitas y el refresco. Todos hemos disfrutado de él y, pese a que cinéfilos acérrimos proponen un veto fulminante, no nos parece excesivamente incívico… Salvo cuando entran en escena personajes con modales propios de Hulk. Seguro que ya sabes de quiénes estamos hablando: mastican su maíz tostado como si fuese hormigón, aspiran por la pajita con la potencia de una bomba neumática y, en el peor de los casos, organizan verdaderas batallas de comida entre asiento y asiento. ¡Horror!

Posible solución: Volvemos a invocar a los buenos modales: comer sin hacer ruido tampoco es tan difícil y es algo que (al menos a priori) todos hemos aprendido en casita. Una posible prohibición de las chuches en las salas de cine, que en algunos extremos se vuelve deseable, es casi imposible, dado que su venta proporciona pingües beneficios a las empresas.

“¿Te he pisado? ¡Ay, perdón!”

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De esto hablamos con conocimientos de causa, porque (y lo confesamos con vergüenza) hay miembros de esta casa que son expertos en la materia. Hablamos de los paseos y las caminatas entre las filas de asientos. ¿Que hay que ir a ‘donde hay que ir’ urgentemente? ¿Que te ha sonado el móvil y -cosa muy loable- no quieres atorrar al resto del público? ¿Que acabas de acordarte de que dejaste el gas abierto, la luz encendida y al gato en la lavadora, todo a la vez? Pues entendemos que salgas de la sala, pero por favor, procura hacerlo rápido, en silencio y con cuidado, sin pisotear a los infelices que se cruzan en tu camino ni bloquear la visión del resto de espectadores. Tampoco es tan difícil.

Posible solución: Conductas del público aparte, nos tememos que esto obedece a motivos estructurales: a fin de maximizar el espacio de las salas, las distancias entre las filas de asientos suelen ser más bien estrechas. Así las cosas, o tomamos lecciones de funambulismo, o seguiremos con este problema a cuestas durante mucho tiempo.

¿Quién teme al ‘kleenex’ feroz?

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Entre las bestias mitológicas que acechan entre las butacas de un cine, una de las más temibles es el vecino de asiento resfriado. Seguro que, entre todas las películas que has visto alguna vez, recuerdas entre escalofríos aquella en la cual escuchaste estornudos, toses y (sobre todo) infinitos sonados de nariz en lugar de los diálogos. Lo peor de estos casos es que, para colmo, sueles volver a casa incubando un gripazo. Y, en momentos realmente extremos, con restos orgánicos de procedencia demasiado evidente en algún lugar de tu ropa.

Posible solución: Ahora vamos a contradecirnos, pero, por favor, si necesitas recurrir a los pañuelos de papel urgentemente, procura abandonar la sala sin armar mucho escándalo y hacer tus cosas en el baño. Todos te lo agradeceremos, de verdad.

El síndrome de las piernas inquietas

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Conocido como síndrome de Ekbom, este trastorno neurológico es más común de lo que se cree. Al menos, uno lo afirmaría tras haber pasado largas, larguísimas sesiones de cine creyendo haberse sentado sobre una butaca con vibromasaje. Pero no: se trata del imparable movimiento de las extremidades inferiores del vecino de atrás, que provoca en tu butaca sensaciones equiparables a las del extinto Sensurround. Con todo el respeto a los auténticos pacientes del síndrome de Ekbom, afirmamos que a más de un cinéfilo habría que ponerle grilletes antes de comenzar la proyección.

Posible solución: Una vez más, estamos ante una consecuencia del reducido espacio entre fila y fila de asientos. Hasta que los exhibidores no decidan seguir el ejemplo de Enjuto Mojamuto, conectando generadores eléctricos “de nivel FP-1” a los bajos de las butacas, nos conformaremos con pedir un poco de autocontrol.

‘Patapum p’arriba’

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Podemos considerar este problema como el hermano mayor del descrito anteriormente. Y, además, muy emparentable con los viajes en autobús de largo recorrido. En este caso, el vecino de atrás se siente relajado, muy relajado. Tanto, que decide extender las piernas y estirarse confortablemente, golpeando el respaldo de tu butaca. Cuando este incidente se produce durante un drama, una comedia o una película de aventuras, es molesto. Cuando tiene lugar durante una de terror, puede llevarte a urgencias de cardiología.

Posible solución: Aparte de recordar que eso de estirar las piernas es mejor dejarlo para el fin de la proyección, ¿a nadie se le ha ocurrido acolchar los respaldos de los asientos?

“¿Se me ha sentado Gasol delante?”

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Estamos ante otro problema demasiado habitual. Uno llega a la sesión con la sala medio vacía, se sienta, se relaja (procurando no estirar demasiado las piernas, eso sí)… Y, cinco minutos más tarde, comprueba que el asiento de enfrente ha sido ocupado con alguien de la altura de un jugador de la NBA. A resultas de esto, lo que podría haber sido una agradable sesión de cine se transforma en un juego de adivinanzas, en el cual uno infiere lo que ocurre en la pantalla a través de los diálogos y las reacciones del susodicho vecino: “Mira, ahora está llorando… Debe ser que el chico y la chica se han besado”. Y así.

Posible solución: Como nadie escoge su estatura (a no ser que se trate de Ethan Hawke en Gattaca, pero esa es otra), los exhibidores podrían remediar este problema aumentando las pendientes de los patios de butacas. Por otra parte, y en los casos de las sesiones no numeradas, hemos de recordar que sentarte justo delante de otros espectadores, si los asientos laterales están libres, no está muy bonito que digamos.

“¿Es esto un cine, o una guardería?”

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Nos acercamos a las cúspides del horror en las salas, y este es un punto que debemos abordar: los niños pequeños. Con todo el cariño hacia los cinéfilos del mañana (y nuestros futuros lectores, faltaría más) sentenciemos que eso de llevarse a una criatura de un añito escaso, o incluso de menos, a ver una película que seguramente no entenderá, ni tiene por qué entender, es una barrabasada tan grande para el peque de marras como para los vecinos de asiento que escucharán sus gritos y sus “¡buaaa, buaaa!”. Cabría suponer que, con la actual crisis, el número de personas dispuestas a trabajar de canguro a tiempo parcial habría aumentado… Pero suponemos que también habrá disminuido el de papás y mamás que puedan permitirse sus honorarios.

Posible solución: En los casos de cines situados en grandes superficies, un servicio económico de guardería o chiquipark puede hacer milagros. En lo referido a otros tipos de salas, habría que dejar al bebé con un familiar o, en el caso más extremo, quedarse con él en casa y dejar lo del cine para otro día. También podíamos apostar por iniciativas como la brasileña Cinematerna (en la foto), que organiza proyecciones para grupos de madres en locales de Sao Paulo.

‘Perfumes’ inesperados

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Esto es muy desagradable, así que lo mencionaremos rápidamente: estamos hablando de los olores corporales de los vecinos de asiento. En el ‘mejor’ de los casos, se tratará de esa camisa o camiseta que pide a gritos una lavadora, o ese aliento que (¡uf!) demuestra que las bacterias hacen su trabajo. En el peor, los perjúmenes de marras tendrán un origen algo más orgánico que… Bueno, mejor paramos.

Posible solución: Se nos ocurren dos, ambas de acrisolada antigüedad: la primera se llama “desodorante”, y la segunda “oportuna visita al cuarto de baño”.

Los que hablan

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El summum. El no va más. El colmo de las desgracias que pueden asaltarte en una sala de cine: los espectadores que hablan. Una especie tan difícil de extinguir como el virus de la gripe, y que como él presenta múltiples mutaciones. La pareja que cuchichea, los que discuten porque la película no les gusta, los que la comentan en voz alta (¡argh!) y los chavales que aprovechan para armar gresca en la sala son algunas de estas variedades, contra las cuales, nos tememos, no se ha inventado aún una vacuna. Una cosa es gritar, o aplaudir, o chillar cuando llegan los sustos, y otra bien diferente confundir el patio de butacas con una tertulia.

Posible solución: Al igual que en el caso anterior, es sencillísima: la buena educación y el respeto al prójimo. Y aquí, nunca mejor dicho, sobran las palabras.