Lars Von Trier, de profesión provocador

El director más aficionado a la polémica siempre consigue convertirse en el centro de atención.

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26 de enero de 2019

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  • Si algo le gusta a Lars Von Trier es dar de qué hablar. Además de uno de los máximos exponentes del cine de autor europeo actual, el cineasta danés es un especialista en automárketing que siempre ha dedicado una gran atención a la promoción de sus películas, normalmente a golpe de escándalo tras provocación y provocación tras escándalo. Veamos cómo ha ido afinando la técnica durante los últimos años.

    Cuando proclama odio hacia su madre

    Lars Von Trier

    No es ningún secreto que la relación de Lars Von Trier con sus recuerdos de infancia es, como poco, delicada y compleja. En este detalle se han querido ver raíces de la contradictoria visión de las mujeres que ofrece a lo largo de su filmografía. Todo viene porque, justo antes de morir en 1989, su madre le reveló que el hombre con quien le había criado no era su padre biológico. En realidad, su ADN procede de un miembro de la Resistencia danesa, miembro de una familia católica con gran tradición en la música clásica. Según la madre de Lars, se acostó con él para que su hijo tuviera “genes artísticos”. “Me siento realmente manipulado al haberme convertido en alguien creativo. Si hubiera sabido que este era el plan de mi madre, me habría dedicado a otra cosa. Eso le habría enseñado. ¡La muy guarra!, comentó alegremente en una entrevista.

     

    Cuando se hizo católico sólo por molestar

    Relacionado con el punto anterior de rebelarse contra la figura materna, el enfant terrible decidió que una de las jugarretas más molestas para su familia atea podría ser convertirse al catolicismo. Para rematar la jugada, en Rompiendo las olas (1996) contó su propia historia desgarradora de mártires cristianos abrazando un nuevo estilo naturalista diametralmente opuesto a los excesos estéticos de su trilogía anterior (El elemento del crimen, Epidemic, Europa) en consonancia con su nueva apuesta por la sinceridad tras conocer la gran mentira de su madre. En cualquier caso, el via crucis de Emily Watson (nominada al Oscar) también obedecía a un ataque contra la visión de los santos católicos como el colmo del kitsch dentro de su familia. Qué cosas tenían los Trier.

     

    Cuando se pasó su propio Dogma 95 por el forro

    No es que el decálogo Dogma 95 que firmó junto a Thomas Vinterberg tuviera alas más largas que las de una performance artística autopromocional (según Vinterberg, no tardaron en pensar y escribir el manifiesto más de 45 minutos), pero Von Trier fue el primero en saltarse a placer sus propias normas en cuanto tuvo la mínima ocasión. Aunque el decálogo era coherente con su reciente apuesta por defender un cine real y sin artificios, no tuvo ningún problema en manipular las localizaciones, meter música extradiegética o incluso utilizar dobles (para las escenas de sexo explícito; ya llegaremos a ese punto) en Los idiotas (1998), su película más encuadrable dentro del movimiento. Y tan tranquilo, oye.

     

    Cuando se pasó al porno

    Coincidiendo con el estreno de Los idiotas y su par de escenas de sexo explícito sin simular, el cineasta impusló a través de su productora Zentropa la rama Puzzy Power, una división dedicada a la realización de películas pornográficas, en principio enfocadas hacia mujeres. Sólo llegó a producir tres: Constance (Knud Vesterskov, 1998), Pink Prison (Lisbeth Lynghøft, 1999) y All About Anna (Jessica Nilsson, 2005). No conviene desdeñarlas, porque las dos primeras fueron responsables directas de la legalización de la pornografía en Noruega.

     

    Cuando traumatizó a Björk

    “Lo que más me molestó de hacer la película fue lo cruel que es Lars con las mujeres con las que trabaja. No porque no pudiera soportarlo, porque soy bastante dura y completamente capaz de defenderme por mí misma, pero por cómo quedaron de destrozadas mis ideas sobre él”, escribiría Björk después del tensísimo rodaje de Bailar en la oscuridad (2000). “Siempre necesita a una mujer para darle alma a su trabajo. Las envidia y las odia por ello. Así que las destroza durante el rodaje. Y luego esconde las pruebas”. Poco interesado en discutir las acusaciones de sexismo y misoginia, Von Trier calificó a la actriz de su musical ganador de la Palma de Oro directamente de “terrorista”. “No le apetecía rodar. Nos costaba un montón de dinero cada día. Y sabíamos que ella siempre tendría las de ganar, porque no le importaba nada [la película]”, afirmó el director. Seguro que Catherine Deneuve se divirtió de lo lindo con este ambientillo en el set.

     

    Cuando mató a un burro

    Manderlay

    John C. Reilly abandonó sonoramente el rodaje de Manderlay (2005) tras enterarse de que en una secuencia se iba a matar a un burro para obtener comida. Von Trier, que en El elemento del crimen (1984) ya había filmado a un caballo moribundo en homenaje al Andrei Rublev de Tarkovski, intentó explicarle que el animal sería sacrificado fuera de plano, en presencia de un veterinario y siguiendo escrupulosamente la ley de Suecia (donde tenía lugar el rodaje) al respecto. Sin embargo, no logró convencer al actor estadounidense y su papel tuvo que ser reemplazado por Željko Ivanek con el rodaje ya en marcha.

     

    Cuando mandó la dirección de fotografía a paseo

    Una de la provocaciones más divertidas y menos comentadas de la filmografía de Von Trier es su comedia El jefe de todo esto (2006), una sátira negra sobre el mundo laboral que mantiene muchos lazos en común con The Office, de Ricky Gervais. El gimmick “tocapelotas” del danés en esta ocasión fue convertir una película muy hilarante y ácida en su crítica capitalista en una auténtica tortura visual gracias a su decisión de dejar que un ordenador escogiera aleatoriamente los encuadres y movimientos de cámara de cada escena. Vaya chistazo 🙂

     

    Cuando dijo que era el mejor director del mundo

    Anticristo

    Durante el último lustro, las ruedas de prensa de Lars Von Trier en el Festival de Cannes siempre eran un must del certamen. Allí se mezclaba el delicioso cóctel de periodistas desorientados y las pocas ganas del cineasta para colaborar con la prensa que nos ha dado momentos de malinterpretación mediática tan surrealistas como cuando, en la presentación de Anticristo (2009), el danés contestó con sorna lo siguiente a quien le había preguntado que cómo decidió hacer el filme: “No tuve opción. Es la mano de Dios y yo soy el mejor director de cine del mundo. Aunque no estoy seguro de que Dios sea el mejor dios del mundo”, añadió. “Creo que es cierto que soy el mejor director del mundo. Yo lo veo así. Estoy seguro de que otros directores piensan lo mismo, pero quizás no lo dicen. Yo no estoy seguro de serlo, pero sí creo que lo soy”. El anzuelo perfecto para titulares sensacionalistas. Al menos hasta que…

     

    Cuando dijo que entendía a Hitler

    Melancolía

    En la apoteósica rueda de prensa de Melancolía (2011), un momento que probablemente Kirsten Dunst no olvidará nunca, el danés empezó a enredarse catastróficamente en un comentario sobre el arte y la estética nazi que acabó tomando la siguiente forma: “¿Qué puedo decir? Entiendo a Hitler. Pero creo que hizo muchas cosas malas, claro… No es lo que se dice un buen tipo, pero lo entiendo bastante y empatizo con él un poco. Pero vamos, que no estoy a favor de la Segunda Guerra Mundial ni en contra de los judíos… Por supuesto, estoy a favor de los judíos; no demasiado, porque Israel es un coñazo, pero aún así… ¿cómo puedo salir de esta frase?”. La convulsión mediática no se hizo esperar, lo que llevó al Festival de Cannes a tomar la decisión, sin precedentes, de nombrar a Von Trier persona non grata (quedó ideal en los carteles de la película); maniobra que el propio director certamen, Thierry Frémaux, ya ha reconocido que fue una tontería.

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