Lady Macbeth se hizo rusa

El malvado personaje de Shakespeare viajó por el país euroasiático convertido en novela y su ópera no gustó a Stalin. Ahora vuelve a Europa en forma de thriller dramático

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27 de abril de 2017

“¡Ay, corazón! ¿Qué gente has conocido tú para la que el único camino hasta una mujer es una puerta?”. Con esta enigmática pregunta comenzaba Lady Macbeth de Mtsensk, una de las novelas más radicales y menos conocidas de la literatura rusa. Su autor Nikolái Leskov tomó prestado el personaje femenino más sobrecogedor de Shakespeare para titular la historia de una malcasada que se resiste a las convenciones del XIX convirtiéndose en una asesina. Siglo y medio después, el dramaturgo William Oldroyd devuelve la historia de Leskov a sus raíces británicas en Lady Macbeth, su ópera prima.

Todos conocemos a la mortífera regicida que obligó a su marido a asesinar al rey de Escocia. Pérfida y celosa, lady Macbeth le robó el apellido y la función al noble y pasmarote escocés a fuerza de desear para ella la corona. “Venid a mí, espíritus que servís a propósitos de muerte, quitadme la ternura y llenadme de los pies a la cabeza de la más ciega crueldad”, puso en su boca Shakespeare en uno de sus parlamentos más interesantes en lo referente al género. Casi al comienzo de la tragedia, Lady Macbeth invocaba a los espíritus para que fuesen a sus pechos de mujer y le cambiasen la leche por hiel, deseando quizás una cosa terrible: perder la facultad creadora, dejar de ser mujer, madre, prolactina y oxitocina, poder entregarse libremente a la fuerza destructora que desataba su ambición. También picaba al marido cuestionándole su hombría hasta llenarle la mente de escorpiones: “Ahora sé cuanto vale tu amor. ¿Tienes miedo de ser tan débil con tus actos como lo eres con tu deseo?”.

Supuestamente estrenada en 1606 y basada en Las Crónicas de Holished, recuento pormenorizado de la historia de las islas británicas al que Shakespeare recurría con frecuencia, Macbeth es su obra que más reflexiona sobre los peligros de la ambición. Representada en innumerables ocasiones a lo largo de los tiempos, el cine la llevó a la pantalla en 1908 por primera vez. Orson Wells la adaptó en 1948, Kurosawa le metió mano en el 57 (Trono de sangre) y Roman Polanski se quedó con la versión setentera. La última adaptación corrió a cargo del australiano Justin Kurzel con el matrimonio Macbeth más guapo hasta la fecha: Marion Cotillard y Michael Fassbender.

Gorki consideraba a Nikólai Leskov “el autor más profundamente enraizado en el alma popular y más libre de influencias extranjeras de la historia de la literatura rusa”. Antón Chejov y Thomas Mann también lo admiraron. Nacido en Gorojovo en 1831, perdió su puesto de funcionario por sus opiniones liberales que también le hicieron un autor incomprendido en su época. Entre sus obras más reconocidas se encuentran Vida de una mujer de pueblo (1863), La pulga de acero (1881; considerada una de las cumbres de la literatura rusa) y Lady Macbeth de Mtsensk, de 1865, editada por Nórdica con ilustraciones de Ignasi Blanch. En ella, Leskov cuenta la historia, basada en hechos reales, de Katerina Lvovna Izmáilova, una mujer malcasada que, al descubrir el verdadero amor con uno de sus sirvientes, se especializa en dar muerte a todo el que se interponga en su camino. No en vano, Leskov comienza con estas palabras su novela: “A esta clase de naturalezas pertenece Katerina Lvovna Izmáilova, la mujer de un mercader que una vez interpretó un drama terrible tras el que nuestros hombres, por la palabra fácil de alguien, empezaron a llamarla la lady Macbeth de la provincia de Mtsensk”.

En 1934 la novela de Leskov fue convertida en una ópera por Dmitri Shostakóvich. Estrenado en enero de aquel año en la Maly Óperny de Leningrado, el experimento, que tenía ya mucho de cinematográfico, no cayó demasiado bien en el núcleo duro del Partido Comunista. Dos años después de su estreno, Pravda, el diario oficial, publicó un editorial titulado Embrollo en vez de música, en el que calificaba la ópera como un “flujo de sonidos deliberadamente desmañado […] difícil de seguir e imposible de recordar”. Algunas fuentes añaden que fue el propio Stalin, que habría asistido a la ópera aquel enero de 1936, quien dictó el artículo. El caso es que Lady Macbeth de Mtsensk tardaría veintiséis años en volver a los escenarios.

Casi dos siglos después de la publicación, la novela de Leskov cayó en manos de la dramaturga Alice Birch. Abrumada por su radicalidad y su modernidad, convenció al también director de teatro William Oldroyd para llevarla a la gran pantalla. Nacía así Lady Macbeth, perdiendo la provincia por el camino y cambiando el paisaje ruso por la campiña inglesa y el nombre de Katerina por el de Katherine, más sencillo. “El arranque de la historia es bastante convencional: una mujer de mediados del siglo XIX, que es infeliz en su matrimonio y que tiene un affaire –nos explicaba el director en su reciente visita a Madrid–. Nos preocupaba que la gente pensase que era otra película inglesa de época, que no se esperase a ver cómo reacciona ella a esta injusticia. El personaje de Katherine no pide perdón y se calla, no reacciona como una monja, sino que se levanta y lucha por su independencia y decide su propio destino de una manera sanguinaria”.

Lady Macbeth se financió gracias al programa iFeatures, iniciativa apoyada por la cadena BBC, el British Film Institute y Creative Skillset, que reparte cada año un millón de libras entre tres películas low cost. Fue, precisamente, su guión de alta calidad literaria, el que congregó a tantos profesionales experimentados pese a la falta de presupuesto: la directora de arte de Langosta, Jacqueline Abrahams, o la figurinista Holly Waddington, diseñadora de vestuarios de Lincoln, fueron algunos de los técnicos que se sumaron al proyecto aceptando cobrar el salario mínimo. Faltaba, claro está, la maquiavélica lady Macbeth, cuya mirada perversa encontraron en la británica Florence Pugh (The Falling). “Vemos a una chica inocente convertise en alguien capaz de hacer cosas monstruosas. Pero aunque haga cosas malas, quieres que se salga con la suya”, cuenta la actriz de su personaje del que no se salvan ni su suegro (Christopher Fairbanck), ni el marido al que odia (Paul Hilton), ni la temerosa ama de casa (Naomi Ackie) y ni siquiera su amado sirviente (Cosmo Jarvis). Esa gente, como diría Leskov, para la que el único camino hasta una mujer es una puerta.

Lady Macbeth se estrena el 28 de abril.

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