‘La tentación vive arriba’: 66 años de la escena más difícil de Marilyn

Colapsó el centro de Nueva York, acabó con el matrimonio de la actriz y dejó una imagen para la historia: así se rodó el mítico momento sobre las rejillas del metro.

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15 de septiembre de 2020

Ha quedado como un momento icónico, de esos que entran pocos en docena. Y eso que pertenece a La tentación vive arriba (1955), una película que dista de encontrarse entre lo mejor de Billy Wilder. Pero lo que es es lo que hay: la escena en la que Marilyn Monroe se acerca a una rejilla de ventilación del metro de Nueva York, a fin de que el chorro de aire le alivie los ardores de un verano infernal, es una de esas imágenes imborrables de la historia del cine. Una justa recompensa para el sufrimiento del director del equipo y sobre todo de la actriz durante aquel 15 de septiembre de 1954 en el que capturaron aquel aleteo.

Recordemos, para empezar, de qué iba la cosa. Unidos por el aire acondicionado (él tiene aparato en su piso, ella no), una ingenua actriz (Marilyn) y su vecino rodríguez y calentorro (Tom Ewell) suman un nuevo capítulo a su historia de tensión sexual no resuelta yendo al cine ver La mujer y el monstruo. Y, tras haber disfrutado de ese clásico del terror, ella (que ha entendido la película bastante mejor que el fulano) demuestra el partido que se le puede sacar a la “brisa deliciosa” procedente del ferrocarril subterráneo. El resultado: un movimiento para la historia de ese vestido blanco diseñado por William Travilla.

Pero, como ya hemos dicho, esta escena tan alegre fue un tormento para todos los implicados. Especialmente porque la idea inicial de Wilder fue rodarla en plena avenida Lexington de Nueva York. Básicamente, su plan era poner al mayor sex symbol de su época a representar un momento picante en uno de los espacios urbanos más concurridos del mundo. ¿Qué podía salir mal?

Pues, efectivamente, la respuesta a la pregunta anterior es “todo”. Para empezar, el set quedó rodeado pronto de mirones que no estaban interesados en apreciar a la Monroe como actriz, ni tampoco en una admirar su belleza de forma más o menos platónica, sino en tratarla como a un trozo de carne. Según Wilder, su querida enemiga rubia “disfrutaba de aquel baño lascivo en las multitudes”, habiendo tomado la sagaz precaución de vestir dos pares de braguitas, uno sobre otro, para así no mostrar más de la cuenta. Pero había alguien que no estaba en absoluto dispuesto a verle la gracia: su entonces marido, el jugador de béisbol Joe DiMaggio.

Resultaba que DiMaggio estaba tomando una copa en un bar cercano cuando el columnista Walter Winchell (histórica víbora del periodismo de sociedad en EE UU) le agarró del brazo y “lo arrastró” hasta el lugar de rodaje. Allí, prosiguió Wilder en sus memorias, DiMaggio “no solo tuvo que oír a aquella multitud y escuchar sus exclamaciones obscenas”, sino que también constató que su esposa se lo estaba pasando pipa. A la mañana siguiente, la maquilladora del filme tuvo que tapar los moratones que lucía Marilyn a resultas de una paliza del deportista: nada más volver a California, ella pidió el divorcio. Un golpe más para una mujer atormentada que, ya por entonces, “tomaba cantidades ingentes de pastillas”.

Más allá de los problemas emocionales y matrimoniales de Marilyn Monroe, también hubo que contar con los problemas técnicos. En torno al set armado por Wilder se reunieron entre 2.000 y 5.000 espectadores. Tamaña aglomeración de mirones nunca le pone las cosas fáciles a un equipo de rodaje, y menos aún si dichos mirones se ponen a aullar como mandriles cada vez que se alza la falda de la discordia.

Para colmo, los chorros de aire procedentes del metro no eran tan fuertes como Wilder esperaba, así que hubo que reforzarlos con ventiladores. De este modo, el director necesitó 14 tomas para que aquello quedase presentable. Y, para colmo, necesitó descartar una buena parte del metraje y reemplazarlo por planos rodados en Los Ángeles, a fin de darle a al escena su forma definitiva.

Aunque La tentación vive arriba ganara seis millones de dólares en la taquilla de EE UU, Wilder nunca estuvo satisfecho con ella: la película no tuvo ninguna nominación al Oscar (hubo un Globo de Oro para Tom Ewell, eso sí) y el director siempre se sintió frustrado por no haber podido narrar en ella la historia de un adulterio con todas las letras. En cuanto a su relación con Monroe, se agrió definitivamente a la altura de Con faldas y a lo loco (1959), permitiéndole soltar una conocida agudeza: “Marilyn era como la Segunda Guerra Mundial: fue el infierno, pero valió la pena”.

En cuanto a la actriz, todos sabemos cómo acabó su historia: cortada de raíz por una sobredosis de barbitúricos en 1962. En cuanto a su atuendo, ese que William Travilla había tildado de “vestidito tonto”, fue vendido por cuatro millones y medio de dólares en 2011 cuando Debbie Reynolds subastó su colección de recuerdos del viejo Hollywood. La actriz de Cantando bajo la lluvia aseguraba haberlo comprado por 200 dólares.

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