‘La princesa prometida’: Cuéntame un cuento

Esgrima + Lucha + Torturas + Venenos + Amor verdadero + Odio + Venganzas + Gigantes + Cazadores + Hombres malos + Hombres buenos = ¿La película más citable de la historia del cine?

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30 de noviembre de 2017

“El amor verdadero es lo mejor del mundo, después de los caramelos para la tos”, aunque también hay quien sostiene que “el amor verdadero es lo mejor que existe, salvo quizá los bocadillos de cordero”. De esas disquisiciones, que pueden leerse en las páginas de la novela La princesa prometida, hablaban un joven director llamado Rob Reiner y un productor llamado Andy Scheinman. Su conversación llegó a los oídos de otra clienta del local, que se acercó a Reiner, dejándole impresionado: “Me contó que había conseguido mantener con vida a unos montañeros atrapados por una avalancha narrándoles la novela y repitiendo pasajes que se sabía de memoria”. A Reiner, como a casi todos los implicados en su producción, la obra también le era muy familiar.

LA FAMILIA GOLDMAN

William Goldman, buen escritor y mejor guionista, ya había ganado un Oscar por Dos hombres y un destino (después ganaría el segundo, por Todos los hombres del presidente). A finales de los 60, iba con sus hijas en el coche cuando, para darles conversación en los años previos al Candy Crush, se le ocurrió preguntarles de qué tenía que ir su próxima novela: “Una de ellas me dijo que tenía que ir de una princesa, y otra de una novia. Así surgió La princesa prometida”.

Era 1973 y, a pesar de su éxito comercial entre los jóvenes, Goldman no consiguió que la adaptasen. Se habla de François Truffaut, se habla de Norman Jewison, pero la novela parece maldita.

LA FAMILIA REINER

En uno de sus intentos, Goldman le envió la novela a Carl Reiner, director, actor y autor de prestigio. Carl sabía que su hijo Rob era fan de la obra de Goldman, así que se la prestó para su lectura: “No sé qué quería hacer con la novela y ni siquiera si llegó a leerla […] Para mí, fue una de esas ocasiones en las que piensas que el escritor está en tu cabeza […] Me enamoré de ella, era lo mejor que había leído nunca. Pasó el tiempo y empecé a rodar, y después de dos películas pensé en que se adaptan novelas al cine, y en qué me gustaría a mí adaptar y me acordé de La princesa prometida”.

También era una manera de ajustar cuentas con un padre con el que, como buen judío neoyorquino y neurótico, tenía una relación de amor y odio: él sería capaz de encontrar oro en lo que su padre había considerado paja. Por entonces, Rob Reiner había firmado dos películas: la madre de todos los mockumentaries, This Is Spinal Tap, y una comedia romántica para adolescentes como Juegos de amor en la universidad. Reiner cuenta en el making of que eso fue lo que convenció a Goldman: “Había rodado primero una sátira y después una historia de amor. La princesa prometida era la mezcla de ambas”.

LA GRAN FAMILIA

Hasta entonces, Reiner solía trabajar con gente a la que conocía por su faceta como actor o por su entorno familiar. Pero el nuevo proyecto era distinto. Necesitaba a una pareja protagonista tan perfecta que fuera capaz de representar ese momento en el que se nos dice que Westley y Buttercup se dan el beso más puro de la historia. “También necesitaba a un gigante, y no tenía muchos amigos que encajaran en el papel. La película era como un cuento clásico inglés, así que tenían que tener acento inglés…”.

Reiner se fijó en Cary Elwes, protagonista de Lady Jane (Trevor Nunn, 1986) al que fueron a conocer a Alemania, donde rodaba. Atravesaron Europa tras el desastre de Chernóbil, lo que para los yanquis era algo así como el Pantano de Fuego y los Acantilados de la Locura, todo en uno. Al llegar, el director encontró un chico tan atractivo como gracioso que, pese a su tez pálida, era capaz de imitar ¡a Bill Cosby!

Faltaba “la mujer más guapa del mundo”, o sea, Buttercup. No había manera de dar con ella. Una joven Robin Wright, actriz del culebrón Santa Bárbara, fue la solución, de nuevo, por cuestiones de parentesco: “Aunque sea estadounidense, tiene un padrastro inglés”. Ella, modesta, cree que fue una sonrisa del destino: “Mi teoría es que estaban hartos de hacer castings. Creo que iban por las 500 chicas […] Tuve suerte. Estaban agotados”. En el filme, Buttercup no se casaría con el malvado Humperdinck, pero la desalmada televisión la obligó a mantener relaciones con su serie un año más.

Los secundarios fueron más sencillos. Mandy ‘Me llamo Íñigo Montoya’ Patinkin, actor de Broadway famoso décadas después por Homeland, también quiso aportar su párrafo a este cuento familiar: “Mi padre había muerto en 1972. Leí el guion y supe que quería ser Íñigo porque mi cabeza pensaba que, si daba muerte al Hombre de los Seis Dedos, recuperaría a mi padre. Que estaría vivo en mi imaginación”. La guinda la pondría un carismático luchador de wrestling, André el Gigante: si bien se consideró a Arnold Schwarzenegger para Frezzik, Goldman se enamoró de André –y de toda la humanidad que albergaban sus dos metros y 24 centímetros de altura y sus 240 kilos de peso– en un espectáculo en el Madison Square Garden.

CENAS EN FAMILIA

Si algún cuento puede competir en perfección con La princesa prometida, ese es As You Wish: Inconceivable Tales from the Making of The Princess Bride, las memorias de rodaje de Cary Elwes. Más que trabajar, director y actores están flotando en un pequeño interludio de felicidad. Sin embargo, si se lee entre líneas, Reiner acabó un poco harto de las manías e inseguridades de Patinkin y de Wallace Shawn, que interpreta al derrotado Vizzini en la Batalla de Ingenios. Acostumbrado a la velocidad televisiva, a Reiner le exasperaba la meticulosidad de dos actores que provenían del teatro.

André era el alma de la fiesta, que lo mismo asustaba que asombraba a sus compañeros de reparto, como recuerda Robin Wright: “La primera vez que fui a cenar con él pidió cuatro o cinco entrantes. No bromeo. Tres o cuatro cócteles, un par de panecillos y entonces dijo que ya estaba listo para los segundos. Y para el postre. Era un saco sin fondo. Podía beberse una caja de vino y ni siquiera cogía el puntito”. Andy Scheinman, el productor, afirma que Robin no exagera, y que un día se presentó en el plató con retraso y confesó: “Anoche me bebí tres botellas de coñac y doce botellas de vino […] Estoy un poco mareado”. El gran reto técnico fue, por supuesto, “el duelo de espadas más grande jamás filmado”. Patinkin y Elwes tenían que batirse con ambas manos y, además, Bob Anderson, el gran maestro que después trabajaría en Alatriste, les obligó a aprenderse los movimientos del rival.

La princesa prometida pasó a la historia de los grandes hitos del VHS, esas películas defenestradas en taquilla y rescatadas por el vídeo doméstico, como Blade Runner y La matanza de Texas. No fue tal debacle en los cines como la primera (costó 16 millones de dólares y recaudó 30), ni tuvo problemas de censura como la segunda. Pero la taquilla habló y no estaba por “el amor verdadero” y sí por “el amor farolero”, el de pensar que todas las mujeres del mundo estaban locatis por Michael Douglas, como en Atracción fatal, el gran taquillazo de 1987. En parte porque, según Reiner, Fox no sabía qué hacer con aquel cuento infantil para adultos: “No eran capaces de distribuir un tráiler. No pusieron ni una página de publicidad. Fue descorazonador”. Para Scheinman: “El título sonaba blando, sobre todo si no sabes de qué va. Y nadie lo sabía. […] Los universitarios pensaban que era una película para niños”. Pero ocurrió lo “¡inconcebible!” y el VHS la convirtió en un clásico, lo cual tiene su lógica: el rebobinado era clave para memorizar los diálogos de la película más citable de la historia.

Se hizo tan popular que hasta Juan Pablo II, según la versión del cuento de Cary Elwes, le comentó que era fan en una recepción papal, e incluso los matones de John Gotti, el gran capo de la mafia neoyorquina, abordaron a Reiner con el mítico “Me llamo Íñigo Montoya” a la salida de un restaurante… Si ya entonces no era un cuento de niños, hoy La princesa prometida se ha convertido en algo mucho más serio: Hadley Freeman, por ejemplo, lo considera un icono feminista en uno de sus ensayos de Time of My Life (editado en español por Blackie Books), y parece complicado que películas como Shrek o Los Increíbles pudieran haberse realizado sin su persistencia en la memoria de toda una generación que, todavía hoy, no la ha olvidado, convirtiéndola en carne de gif. Parece que, como el Pirata Roberts, La princesa prometida seguirá robándonos el corazón por siempre jamás.

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