La huella de Pinter: ‘Purasangre’ y su inspiración teatral

Antes de convertir a Anya Taylor-Joy y Olivia Cooke en psicópatas teen, Cory Findlay era ya un dramaturgo de éxito. Buscamos en su filme la huella de su mayor influencia.

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20 de agosto de 2018

Que no todos nacemos iguales es un hecho. Tampoco somos criados del mismo modo. El entorno al que somos expuesto durante nuestra infancia determina la clase de persona que seremos, del mismo modo que determinará nuestras posibilidades a la hora de interactuar con los otros. Y eso es algo que parece interesar mucho a Cory Finley. 

Comenzando su carrera en el teatro y fogueándose en el Off-Off-Broadway, los tablados más alternativos de la ciudad de Nueva York, mientras escribía un libreto pensando en su representación se dio cuenta de que ahí había algo más. Que esa historia le exigía ser contada de otra forma. De ese modo se puso manos a la obra y, con la ayuda de B Story y June, parió Purasangre.

Aunque no lo parezca, señalar los orígenes de Finley es importante. Pues la película, aunque no lo parezca a simple vista, aún tiene mucho de teatro en su ADN. Poniendo mucho peso en los diálogos, haciendo que los escenarios tengan una influencia mínima sobre la trama —ya que la película transcurre, básicamente, en la mansión donde vive su protagonista— y poniendo todo el peso de la representación en sus dos actrices protagonistas, la película tiene cierto sabor inconfundiblemente teatral sin llegar a ser una obra filmada. Algo a lo que ayuda el soberbio trabajo de Anya Taylor-Joy y Olivia Cooke, quienes hacen respectivamente de Lily y Amanda, dos adolescentes incapaces de expresar sus verdaderos sentimientos. Ni siquiera a sí mismas.

Ahora bien, su teatralidad no se reduce solo a los rasgos que solemos considerar como teatrales. Cuando hablamos de teatralidad en Purasangre hablamos de la influencia del dramaturgo Harold Pinter.

Ahora bien, ¿quién puñetas es Harold Pinter?

Harold Pinter fue un dramaturgo americano nacido en 1930, conocido por haber firmado los libretos de obras teatrales como La habitación, El montaplatos y El cuidador. Su dilatada carrera le valió el Premio Laurence Olivier, el mayor premio del teatro anglosajón, en 1996, y el Nobel de Literatura en 2005, sólo tres años antes de morir a causa de un cáncer de hígado. Asimismo, su carrera como guionista de cine presenta hitos como El sirviente, El mensajero y las dos películas que le granjearon nominaciones al Oscar: La mujer del teniente francés (con Meryl Streep Jeremy Irons) Traición, basada en una de sus obras más conocidas.

Entonces, ¿cuáles son los rasgos estilísticos de Pinter que podemos apreciar en Purasangre? Básicamente, dos: la comedia de la amenaza y los silencios.

La comedia de la amenaza es la idea de que, detrás de una sensación de ligereza y vida cotidiana, se esconden historias de depredación, conflicto social e incapacidad de comunicar lo que las personas verdaderamente sienten hacia los demás, lo cual crea una sensación de amenaza constante que desborda las propias palabras. El propio Pinter hablaba de “la comadreja en el armario” para describir esa sensación de que algo va mal, pero nadie quiere abrir la puerta para enfrentarse a lo que allí haya escondido.

Cómo se traduce esto en Purasangre es bastante obvio. Lily, sintiéndose castrada por un padrastro que quiere tener control sobre todos los aspectos de su familia y una madre que es una esposa florero incapacitada para el conflicto, descubrirá al principio de la película que no podrá ir a la universidad a la que quería, viéndose obligada a ir a una academia elegida por el padrastro.

A su vez, la familia de Amanda le pedirá a Lily que haga de tutora y amiga de esta, a condición de que no le cuente que le están pagando por ello. Pero ambas cuestiones acabarán mezclándose, con Lily quedando con Amanda más allá de las obligaciones con sus padres y Amanda encontrándose con que Lily puede tener algo más que un interés amistoso en tenerla cerca.

Aquí la comedia de la amenaza ni siquiera es sutil. Desde el principio resulta obvio que Lily y Amanda ocultan algo oscuro. La comadreja en el armario aquí es si, al final, serán capaces de expresar sus verdaderos sentimientos o seguirán fingiendo no saber lo que siente la otra hasta que sea demasiado tarde.

Eso nos lleva directamente a otro de los rasgos de Pinter: el uso de los silencios. Según el dramaturgo, existen dos tipos de silencio: el silencio en el que nadie habla o el silencio en el que alguien no para de hablar sin decir nada. ¿Cuál es la diferencia entre ambos? Que el primero es un desvelamiento, la muestra de que se está ocultando algo o que hay algo que no se puede poner en palabras, mientras que el segundo es un ocultamiento, el intento de negar que el otro vea nuestros sentimientos desnudos. Tanto Pinter como Finley elegirán este primer silencio como su punto de partida.

Dejando breves silencios entre frases, con algunas escenas directamente mudas y un montaje que acelera y ralentiza el diálogo según las necesidades dramáticas de cada momento, Finley lleva las teorías de Pinter a un nuevo nivel. En Purasangre, los momentos más significativos nunca se llegan a poner en palabras. Siempre se entienden por aquello que no se dice.

Pero Purasangre no deja de ser una película. Tanto por lo que hemos señalado del montaje de los diálogos como otros pequeños detalles (su obsesión con el plano secuencia, las acciones en segundo plano y la posición del actor en el encuadre), refuerzan todas esas ideas que no podrían ser transmitidas del mismo modo sobre el escenario. Algo a lo que ayuda su director de fotografía, Lyle Vincent, quien se ha inspirado en las fotografías de escenarios ominosos y aparentemente desconectados de la realidad de Gregory Crewdson.

Todo eso hace que, si bien Finley tiene ecos teatrales de Pinter, su película no sea solamente teatro filmado. No cuando sus mayores méritos están en cómo utiliza el montaje para reforzar todos los aspectos que el teatro no puede mostrar.

Algo muy adecuado teniendo en cuenta que Purasangre trata sobre la incapacidad de las personas para comunicar lo que tienen dentro. Lily, sociable, aparentemente abierta y perfecta, oculta que en realidad finge cualquier clase de empatía hacia los demás; Amanda, antisocial, aparentemente cerrada y problemática, oculta que en realidad puede sentir empatía hacia otras personas, aunque no sepa expresarlo. Y ahí es donde se encuentran. Esa es la comadreja en el armario. Cómo la ausencia de empatía y la incapacidad de expresarla, al final, son dos caras de la misma moneda: un silencio frío, ominoso y siniestro.

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