La historia de ‘Dumbo’: payasos huelguistas y patronos miserables

'Dumbo' es una película encantadora, pero también es otra cosa más problemática: una historia de huelguistas, agresiones y malas decisiones.

Por - 29 de marzo de 2019

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  • Dumbo ha sido siempre una película polémica. No para su público, los niños, pero sí para quienes la vean desde fuera. Bien conocido es cómo los cuervos que ayudan al elefante Dumbo están basados en cuestionables estereotipos de la comunidad negra. Y quizás en un tono menos duro, también se está reprochando a Tim Burton que la imagen real nunca podrá captar la gracilidad que tiene la animación del original.

    Pero ahí reside la ironía. Que lo realmente dramático en Dumbo, aquello que fue verdaderamente polémico, se ha silenciado durante años. Y es que, mientras se producía la película, Walt Disney estaba sufriendo una de las mayores crisis de su historia: una huelga de animadores que acabaría para siempre con su imagen. 

    Tras la Gran Depresión, como es lógico, EEUU no estaba en su mejor momento. Todo el mundo aspiraba a la estabilidad, algo que produjo un auge de la izquierda que se notó, especialmente, en un masivo crecimiento de los movimientos sindicales. Algo que también se dio en el mundo del cine. De ese modo, entre 1918 y 1937, empezaron a crearse todo tipo de sindicatos con la aspiración de los trabajadores de hacerse fuertes ante unas empresas que, lentamente, derivaban más hacia un aterrador posfordismo neoliberal.  

    Pero, aunque la mayoría de animadores se sindicaron, hubo un estudio que se negó a permitir tal cosa. Y es que Walt Disney, fundador de Disney, con la excusa de tener a los empleados mejor pagados, dijo que el sindicalismo no era necesario entre sus filas.  

    Ahora bien, no todo el mundo estaba de acuerdo. El punto de inflexión empezó a cocerse cuando, tras el éxito de Blancanieves y los siete enanitos, los estudios se mudaron a unas nuevas instalaciones en Burbank, California. En aquel lugar, no se privaron de ningún lujo. Con varios edificios, restaurante, gimnasio y sauna, las instalaciones tenían todo lo que pudieran necesitar sus empleados. Especialmente los de mayor grado. Porque si bien esas instalaciones existían, solo los directivos y las cabezas visibles de cada departamento tenían acceso a ellos.

    El resto, animadores y escritores de base, tenían que trabajar en departamentos segregados, en edificios diferentes y cumpliendo muy estrictas medidas de control, convirtiendo su trabajo en algo más próximo a un servicio en el ejército o un tiempo en la cárcel que a lo que debería ser un trabajo normal. Algo que empezó a cocer en el seno de la compañía el germen del descontento.   

    A partir de entonces las cosas sólo fueron a peor. Pinocho y Fantasía fueron un fracaso para los cánones de Disney, que decidió que lo lógico era pagarlos con los privilegios de los que estaban más abajo en la cadena. Y con despidos y recortes varios, se acabó en una situación límite. Los animadores de mayor rango podían cobrar hasta 30 veces más que los de base, teniendo toda una serie de privilegios añadidos que creaban obvias desigualdades entre los trabajadores. 

    En ese momento es cuando estalló todo. Y lo hizo no empezando por abajo, sino por arriba. Art Babbitt y Bill Littlejohn, dos animadores senior por aquel entonces, decidieron pedir a Disney que les permitieran sindicarse en solidaridad con las infernales condiciones de sus compañeros menos privilegiados. Pero Disney dijo no.  

    A pesar de la negativa, Babbitt y Littlejohn no tomaron medidas inmediatas. Algo que sí hizo Disney. En febrero de 1941 dio una charla en el auditorio de la empresa donde debían asistir todos los empleados.

    Con ánimo de aliviar el descontento, Disney los animó a dejar de lloriquear y empezar a trabajar más duro en sus habilidades durante su tiempo libre para poder ascender en las escalas, ya que no sería justo que todo el mundo cobrara lo mismo independientemente de sus capacidades. Un discurso neoliberal que, lejos de rebajar tensión alguna, solo consiguió que muchos más trabajadores decidieran exigir su derecho a la sindicación.  

    A partir de entonces, las cosas se precipitaron. Con cada vez más trabajadores ejerciendo un papel vocal en la exigencia de sus derechos, las tensiones entre Babbitt y Disney crecieron hasta el punto de que Disney acabó por despedir tanto a él como a otros 16 empleados sindicados el 28 de mayo de 1941. Aquello fue la gota que colmó el vaso.  

    Al día siguiente, el 29 de mayo de 1941, 200 miembros de estudio fueron a la huelga. Dumbo, la nueva película del estudio que debía salvar los muebles tras los malos números de las dos anteriores, estaba a mitad de producción. 

    La huelga fue inmisericorde. Durante cinco semanas, los 200 huelguistas se negaron a trabajar ni un solo día. Otros compañeros animadores se solidarizaron con ellos, uniéndose a las huelgas. Incluso animadores de la gran rival de la época, Warner Bros, la secundaron conscientes de que aquello era beneficioso no solo para Disney, sino para todos.

    Y así fue cómo, tras cinco semanas de lucha, la intervención del Gobierno, vía la National Labor Relations Board, hizo que Disney cediera y firmara un acuerdo por el cual se les permitía sindicarse, traería una redistribución más justa de los beneficios y no habría consecuencias de ninguna clase para los huelguistas. Lo cual incluía recontratar a los previamente despedidos.  

    En cualquier caso, Walt Disney no mostró una gran altura moral durante el conflicto. Acusando a los huelguistas de ser grupos izquierdistas infiltrados que no trabajaban en su empresa, caricaturizándolos en Dumbo como los malvados payasos del circo que maltrataban al elefante protagonista e, incluso, llegando a intentar agredir a Babbitt durante uno de los piquetes, su actuación fue deplorable, y solo dio su brazo a torcer ante la posible pérdida de credibilidad económica y social.  

    Como es lógico, aquello acabó suponiendo un duro golpe para la compañía. Marchándose Walt Disney un tiempo a Sudamérica para dejar que se calmaran los ánimos, el estudio nunca volvió a ser el mismo. Conociendo ya las ideas del fundador y presidente, el goteo de animadores que fueron marchándose de la misma fue constante. Algo que acabó con Babbitt dejando el estudio también, incapaz de seguir trabajando en aquel lugar.  

    Al final, Dumbo ha quedado como una historia de desencanto. Una película repleta de detalles morbosos que demuestran el verdadero talante de su fundador. Ya sean los payasos retratados a imagen de los huelguistas o los cuervos como negros, las ideas conservadoras de Disney acabaron lastrando al estudio. Algo que le llevaría, incluso, a formar parte en 1946 de la Alianza Cinematográfica para la Preservación de los Ideales Americanos, testificando en la Comisión de Actividades Antiamericanas para denunciar como comunistas a antiguos empleados, compañeros y amigos. Algo de lo que, en teoría, acabaría arrepintiéndose años después.  

    Arrepentido o no, los actos de Walt Disney destruyeron su imagen pública. Y si bien no consiguió llevar a la ruina a la compañía con ello, sí provocó un daño del cual, aún hoy, Dumbo es su imagen más clara. 

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