Por qué ‘La ciudad de las estrellas – La La Land’ no debería ganar el Oscar

Colorida y descorazonadora, La La Land ha arrasado con todo menos con nosotros. Por estas razones no debería lograr la dorada estatuilla a la mejor película del año.

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24 de febrero de 2017

Chico conoce chica, se ponen a bailar en mitad de la calle y de repente conquistan a todos, Oscar de Hollywood incluidos. Es probable que la historia de Damien Chazelle concluya de esta manera en la madrugada del próximo 26 de febrero, pero desde estas líneas –y como ya hemos hecho anteriormente con La llegada, Comanchería, Hasta el último hombre, Moonlight, Manchester frente al mar, Figuras ocultas, Lion Fences– toca ir a la contra para analizar lo que hay detrás de la encantadora y danzarina historia de amor entre Sebastian (Ryan Gosling) y Mia (Emma Stone), cuya crítica de estreno puedes leer aquí. Porque más allá de su cromática y embelesadora superficie hay una serie de cuestiones que nos hacen dudar de que estamos ante la mejor película del año.

Museo de cera en Technicolor

¿Pastiche, homenaje o falta de ideas? Se ha hablado con profusión de las muchísimas referencias y citas que conviven en La La Land –de Vincente Minelli a Jacques Demy, sobre todo, tal y como se puede comprobar en el vídeo que encabeza estas líneas–, pero no demasiado del hecho de que ese recurso del corta y pega acaba restando originalidad a la cinta. Una mejor película del año debería, en teoría, ofrecer un mundo nuevo o una visión del presente desde la cual el espectador toma posiciones para aprehender el sentido de lo contemporáneo, pero en La La Land nos sumergimos de lleno en el tecnicolor de la nostalgia, y tal vez en su vertiente más nociva. Chazelle ha creado un mundo ciertamente bonito, pero que no deja de ser como un museo de estatuas de cera (danzarinas). Otro ejemplo más de la espesa retromanía que no nos deja ver el paso del futuro en el cine.

 

Un conflicto desvaído

No vamos a discutir los motivos por los que el personaje de Ryan Gosling y el de Emma Stone se enamoran perdidamente (son guapos, con carisma y ambiciosos), pero sí deberíamos poner los puntos sobre las íes acerca de cómo está narrado en La La Land el distanciamiento de la pareja. A estas alturas, muchos de nosotros conocemos y hemos sufrido el temible hastío conyugal, por lo que la manera en que se enseña cómo la decepción se apodera de Mia y Sebastian no posee la suficiente entereza dramática para convencernos. ¿De verdad dejas de sentir lo mismo por tu pareja porque ha decidido comenzar a ganarse la vida dejando de lado la bohemia jazzística y profesionalizarse un poco en el mundo de la música?

Chazelle, además, nos advierte casi desde el principio de la película que él y ella no están hechos tan el uno para el otro como pretende hacernos creer a lo largo del relato. Los planos que comparten los personajes están repletos de sonrisas (sobre todo en el tramo del flirteo), pero el director filma a cada uno de ellos casi siempre de manera separada, contándonos en paralelo su historia. Y ya sólo con eso sabemos que al final del recorrido no hay perdices que degustar.

 

Fantasía arribista

La La Land, así pues, no es tanto una película romántica sobre un chico y una chica y sus pasos de claqué, sino cómo dos personajes se ven a sí mismos luchando por cumplir sus sueños arribistas de triunfar en el mundo del espectáculo. Lo de que se enamoren es casi un pretexto para subrayar la serie de sacrificios que se tiene que realizar si uno quiere cumplir sus metas profesionales. De este modo, el otro, las otras personas, los demás, son un obstáculo para ser una estrella. Incluida la pareja.

Hay otro aspecto que no deberíamos pasar por alto en este análisis del escandaloso individualismo que palpita en La La Land: hablamos, en efecto, de la idea de que tanto uno como el otro son especiales y, por tanto, merecen triunfar. Pese a todo. La La Land se convierte, de esta manera, en una especie de celebración de los especiales, los ganadores, de aquellos capaces de dejar en la cuneta a quienes en algún momento prestaron su hombro como apoyo.

 

Política, ¿qué política?

Hemos apuntado que La La Land funciona en términos estéticos como una ola de nostalgia, pero ¿en qué parámetros políticos se mueve la nostalgia? No me atrevería a acusar a la película de Chazelle de reaccionaria, pero poca duda hay de que hacia el futuro no mira. Tampoco parece observar su presente, como muchos críticos del ámbito anglosajón se han apresurado a afirmar. Cuestiones de género (mansplaining), etnia (¿un hombre blanco erigiéndose como salvador del jazz?) y de clase (al principio de la película Sebastian y Mia malviven, pero acaban convertidos en triunfadores) son algunos de los puntos negros que encontramos en el relato si echamos una mirada tras la pátina multicolor. Es cierto: en las películas de los 50 y de los 60 parecía que la vida era mejor, pero en perjuicio de la vida de muchos otros.

 

Un musical sin partitura emblemática

La La Land está llamada a ser el musical del siglo XXI (del arranque del siglo al menos) y su partitura, sin embargo, es tirando a pobre. A excepción de City of Stars, de Justin Hurwitz (la letra es de Benj Pasek y Justin Paul), que funciona como motivo sonoro del largometraje, no hay muchas más canciones por las que merece ser recordada y premiada. Y si un musical no posee el enganche auditivo, dice mucho de lo que en realidad es y en lo que acabará convertido una vez pase el hype del momento. Mismos problemas aparecen cuando se trata de analizar las coreografías de la película: carencia de ideas, secuencias calcadas de aquellos filmes en los que se mira (el número introductorio es 100% Jacques Demy, o como recuerda el compañero Joan Pons, Valerio Lazarov ya lo había puesto en práctica en muchísimas de sus peripecias televisivas) y poco riesgo atlético de sus protagonistas. ¿Dónde quedaron los actores todoterreno?

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