‘La amenaza de Andrómeda’: el virus más terrorífico del cine

En marzo de 1971, el autor de 'Sonrisas y lágrimas' y el director de 'West Side Story' nos mostraron el miedo en un puñado de microorganismos.

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12 de marzo de 2020

Es verde. Es diminuto. Es alienígena. Puede convertir tu sangre en un polvo reseco, matándote en cuestión de segundos. Y celebra su 51 cumpleaños justo ahora, cuando la crisis del coronavirus llega a su punto álgido en España. Aunque el COVID-19 no sea ni de lejos tan letal como su primo de ficción, la ocasión parece idónea para recordar que, el 12 de marzo de 1971, Robert Wise (Sonrisas y lágrimas, West Side Story) y el escritor Michael Crichton (futuro autor de Parque Jurásico) nos metieron el miedo en el cuerpo con La amenaza de Andrómeda, una de las pocas películas sobre plagas y epidemias que se ha ganado el respeto de los científicos.

Hoy en día, después de títulos como Estallido Contagio (por no hablar de 28 días despuésGuerra Mundial Z), la premisa del filme no parece nada del otro jueves: un microorganismo desconocido, llegado para más señas del espacio exterior, amenaza a la Tierra, y un grupo de científicos debe evitar que se desencadene la catástrofe. Pero hace cinco décadas las cosas eran distintas, y ese argumento parecía más propio de un filme de serie B que de una superproducción. Veamos por qué acabó saliendo tan bien.

Los experimentos del doctor Crichton

En 1969, cuando La amenaza de Andrómeda llegó a las librerías, Michael Crichton aún no soñaba con dinosaurios. De hecho, ni siquiera era un escritor conocido: su fama llegaba solo a su círculo más cercano y se basaba, más que en sus veleidades literarias, en su inteligencia (estudiaba Medicina tras haberse licenciado cum laude en Antropología) y en una estatura que superaba los dos metros. Sus tres primeras novelas, escritas solo por la pasta, se habían publicado con el seudónimo ‘John Lange’, pero a la altura del cuarto título, decidió tomarse las cosas más en serio y apostar de lleno por su mayor interés: la tecnología.

Decir que Crichton ganó la partida sería un eufemismo. La amenaza de Andrómeda se vendió como rosquillas, impulsando definitivamente la carrera de su autor. El cual, además, ganó 250.000 dólares (1,76 millones, ajustados a la inflación) vendiendo los derechos para el cine. Ahora bien: aunque el escritor fuese aficionado al séptimo arte (recordemos que dirigió películas como Almas de metal Coma, amén de escribir unos cuantos guiones), su reputación en Hollywood no era aún suficiente como para que le dejasen adaptar la novela. El guion, pues, corrió a cargo de Nelson Gidding, que ya había trabajado con Wise en La casa encantada.

Antes de seguir, indiquemos que a La amenaza de Andrómeda no se la miraba con muy buenos ojos. Hoy en día hay que tener mucho valor para cuestionar el talento de Robert Wise, pero hace 51 años los críticos y el público le veían como un representante de aquel sistema de estudios que, ya caduco, había atravesado el cambio de década sufriendo un castañazo tras otro. El futuro, según parecía, estaba en aquella Easy Rider que se había llevado la Palma de Oro dos años antes… o en aquella peliculilla de gángsters titulada El padrino que un tal Francis Ford Coppola dirigía a sueldo de Paramount. 

Sin embargo, tanto la labor del cineasta como la de Nelson Gidding produjeron un filme sobresaliente y adelantado a su época en muchos aspectos. Por ejemplo, el libreto de Gidding añadía varios cambios al original de Michael Crichton, mejorando la caracterización de los científicos protagonistas y convirtiendo a uno de ellos (¡cielos!) en una mujer.

Este personaje, el de la viróloga Ruth Leavitt (Kate Reid) no fue al principio muy del agrado de Wise, quien se temía un papel similar al de Raquel Welch en Viaje alucinante. Pero el director cambió de opinión tras ensayar con la actriz y hablar con investigadores de la vida real, deseosos de probar que en su gremio también había hueco para el género femenino.

Frialdad clínica

El rodaje de La amenaza de Andrómeda transcurrió sin sufrimientos, la película obtuvo un moderado éxito de taquilla y Universal, su productora, incluso pudo desempolvarla al año siguiente para exhibirla en un programa doble junto a Aeropuerto. El cine de catástrofes, ya se sabe, fue lo más en los 70. Las razones por las que conviene revisarla hoy, no obstante, están muy lejos de dicha coyuntura.

Para empezar, y a diferencia de muchas otras películas sobre el mismo tema, La amenaza… sorprende hoy por su contención. No hay diálogos a grito pelado ni escenas de histeria colectiva. Todo lo contrario: nada más comenzar, su recorrido por las calles de Piedmont (el poblacho de Nuevo México devastado por el virus extraterrestre) impresionan por su ambientación austera y su escasa truculencia. Basta con ver unos pocos cadáveres desplomados en la calle para saber que allí pasa algo muy gordo. Una impresión que se vuelve certeza cuando uno de los científicos hace un corte en la muñeca de un difunto… y, en lugar de sangre, lo que brota de la herida es un polvillo color herrumbre.

Tras constatar la letalidad de Andrómeda (el virus mata provocando la coagulación ultrarrápida de la sangre), toca descubrir cómo pararle los pies al patógeno. Y la película vuelve a sorprender presentándonos a los sabios de rigor, no como héroes, sino como profesionales. Y no demasiado simpáticos, además: la indiferencia con la que el equipo liquida a sus sujetos experimentales (monos rhesus y ratones, como es habitual en los laboratorios) exponiéndolos a Andrómeda espeluznará a cualquier amante de los animales, y dará una pista sobre qué clase de sujetos protagonizan la historia.

Stone (Arthur Hill), el jefe del equipo, es un sujeto muy borde relacionado con iniciativas militares muy dudosas. El cirujano Hall (James Olson) es más simpático, pero su actitud ante el sufrimiento humano es poco solidaria: si bien tiene a su cargo a dos personas (un anciano y un bebé) que han sobrevivido a Andrómeda, ni se plantea observarlas de otra forma que no sea a través de un cristal. Solo cuando le animen a hablar con el viejo dará el primer paso para evitar la epidemia.

En general, solo la viróloga Leavitt (un manantial de one liners corrosivos) y la enfermera Anson (Paula Kelly) se sustraen a esta frialdad. La cual, todo sea dicho, se queda en poca cosa frente a la actitud de los políticos (deseando salvar el cuello y quedar bien ante el presidente de entonces, un tal Richard Nixon) y de esos militares para los cuales una buena explosión nuclear es el remedio para todo. ¿Que Andrómeda se alimenta de radiación? Pues haberlo dicho antes, hombre…

Cómics, ordenadores y remakes sin suerte

Pero dejémonos de viles intereses humanos y profundicemos en la puesta en escena, el aspecto más excitante de La amenaza de Andrómeda. Aun ignorando si Robert Wise leía cómics, hay que destacar su uso de la pantalla partida, constante a lo largo de la película. En muchas escenas, Wise llevó a cabo aquello que Ang Lee intentaría (sin mucho éxito, dirían algunos) en Hulk: emplear la yuxtaposición de encuadres dentro de un solo plano, no para mostrar varias acciones simultáneamente, sino para relacionar conceptos entre sí, como si de viñetas se tratara. Justo lo que Jim Steranko y otros grandes del noveno arte ensayaban en aquellos años… a base de fijarse en las técnicas del montaje cinematográfico. Qué cosas.

Por otra parte, cabe detenerse un momento en Wildfire, el laboratorio subterráneo donde transcurre la historia. Se trata de un entorno aséptico, a semejanza de los ideados por Kubrick para 2001, y marcado por la presencia constante de la tecnología. En 1971, cuando un espectador de a pie jamás había estado cerca de un ordenador, ver a los protagonistas de La amenaza de Andrómeda estudiando al virus mediante simulaciones virtuales o usando un lápiz óptico (quien iba a decir que ese periférico nació antes que el ratón, ¿verdad?) equivalía a alucinar en colores. Los estupendos créditos del equipo Universal Title y la BSO electrónica de Gil Mellé ayudan a reforzar esta impresión, que convierte a La amenaza… en pionera del tecnothriller.

Gracias a esta frialdad inhumana, La amenaza de Andrómeda nos mantiene pegados al asiento hasta el último minuto. De hecho, la única escena adrenalínica del filme (una carrera contra el tiempo poco antes de su final) puede resultar hasta forzada por comparación.

A lo mejor ese fue el componente que olvidó la segunda amenaza de Andrómeda: un remake con forma de teleserie estrenado en 2008 que alteró casi por completo la historia original y que pasó sin pena ni gloria. Así pues, la película de Robert Wise queda como el mejor testimonio audiovisual de la idea de Crichton. Y, en estos momentos, es fácil que resuene en nuestros oídos su última frase: “¿Qué vamos a hacer?”. 

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