Kill Bill vol.2 es mejor que Kill Bill vol. 1

Este mes se cumplen 15 años del estreno de Kill Bill vol. 2, menos espectacular que la primera, sí, pero también menos importante para la filmografía de Tarantino.

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07 de julio de 2019

La escena en la que entierran viva a Uma Thurman en Kill Bill 2

Probablemente esta secuencia sea la más importante de toda la filmografía de Quentin Tarantino.

Primero el espectador se siente estafado cuando es Budd, el hermano de Bill y un tipo hecho polvo, alcoholizado y pobre, el que consigue neutralizar a la novia, convertirla en alguien humano y en absoluto invencible. Que era la idea que se derramaba del final de Kill Bill: volumen 1. 

Después Tarantino hace un angustioso ejercicio de suspense que hubiera levantado a Hitchcock del asiento. El director nos coloca a nosotros dentro de la caja, a oscuras mientras oímos la tierra caer encima. 

Y se va. Nos vamos a China (literalmente porque esta parte está rodada allí) para ser espectadores del asombroso y durísimo entrenamiento de Beatrix Kido con el maestro Pai Mei. Pero a pesar de esta digresión seguimos siendo conscientes de que el tiempo pasa y aún estamos en en el ataúd a oscuras. 

Y entonces volvemos con Uma Thurman bajo tierra para presenciar una de las escenas más emocionantes del cine de Tarantino. Y con ella culmina un ejercicio cinematográfico bestial. Una épica que le coloca, sin ningún tipo de discusión, entre los grandes genios cinematográficos. 

Kill Bill Volumen 2 es su gran obra maestra. Lo es al menos desde Reservoir Dog porque aquí no emula ningún género (como en Django Desencadenado), ningún director (como en Jackie Brown) y no se apega a la nostalgia de formatos muertos  (como en Pulp Fiction). El vol. 2 es puro Tarantino. Y por supuesto, claro, es muchísimo mejor que Kill Bill vol 1. Entre otras cosas por esto:

EL TEMPO CON EL QUE CUENTA LA HISTORIA

En Kill Bill Volumen 2 Tarantino se toma su tiempo en construir una historia. Y las historias se construyen con personajes. Y aquí todos están bien dibujados, muchísimo mejor que en el atropellado primer volumen. Hay un tempo para contar que no existía en la primera parte y que le permite mezclar géneros con elegancia y sutileza. 

Un ejemplo de esto sería, claro, la primera escena. La matanza de Two Pines es por sí sola un motivo para argumentar la tesis de este artículo. 

LA MATANZA DE TWO PINES

Un cachito de western clásico rodado en un portentoso blanco y negro. Ese es el primer regalo de Tarantino en este volumen 2. La luz en toda esta secuencia es preciosa, la manera en que cae sobre la melena de Bill y de Beatrix. Al igual (o casi mejor) que Orson Welles asumiendo las expectativas de su personaje en el Tercer Hombre, Bill aparece por primera vez tras 110 minutos en Kill Bill volumen 1 con su figura siempre detrás, alimentando un hype que aquí eclosiona en una escena relajada en la que toca la flauta, ella se acerca temerosa y surge un encuentro impostado e incómodo (de una tensión latente abrumadora) que acaba en una violenta y sanguinaria matanza. 

LAS ESCENAS DE ACCIÓN

Adiós a John Woo. Hola Quentin Tarantino. 

Tarantino siempre ha dicho que uno no es director de verdad hasta que no dirige escenas de acción y este fue el motivo máximo para rodar Kill Bill. Sin embargo entre ambas películas hay una diferencia abismal. En la primera la acción está rodada como si efectivamente quién estuviera detrás de la cámara fuera John Woo y en la segunda no es otro que él mismo con su inconfundible tono. Vamos de algo así como escenas de lucha de una película de cine Z hacia los duelos, los clásicos duelos del western de Leone. 

Escenas como la batalla de zorras más salvaje comparada con la de los 88 maniacos sería un ejemplo. 

ESTEBAN VIHAIO

Esta escena, este personaje interpretado por Michael Parks, sólo él hace que la película merezca la pena. Beatrix hace un alto en el camino para averiguar dónde está Bill. Y va al tugurio de Esteban Vihaio, amigo íntimo de Bill al que quiere como un padre, antiguo asesino como él. Un loco, un depravado y también un caballero. Una especie de Julio Iglesias asesino que vive aislado de la civilización… 

Tarantino ha declarado que le gustaba pensar que si Willard, de Apocalypse Now se bajara del barco para tomar una cerveza iría a este bar regentado por Esteban Vihaio. 

Todo el cine fluye en la mente del cineasta al mismo tiempo, todas sus referencias están ahí a la vez. Es maravilloso que por fin un director de cine haya concebido su propio universo como un universo donde ocurren todas las películas. El mismo universo de Kill Bill puede ser el de Apocalypse Now, puede ser el de Operación Dragón o puede ser el de El bueno, el feo y el malo

ADIÓS A LA LÍNEA RECTA

Algo tan sencillo como evitar que la película siga una línea temporal concreta haciendo saltos dramáticos al pasado para profundizar en los personajes es uno de los grandes motivos para que Kill Bill: volumen 2 esté muy por encima de su predecesora. Aquí La novia se enfrenta a muchas curvas teniendo en ocasiones que retroceder y dar pasos para atrás en su camino hacia la venganza. 

También sirve para que veamos que una película no tiene nada que ver con la otra, siendo ejercicios cinematográficos bien distintos. 

YA NO SEGUIMOS (SOLO) A LA NOVIA

Y por supuesto, si en Kill Bill: Volumen 1 no dejábamos de seguir a la novia en todo momento sin sentir ninguna clase de vínculo con ninguno de los personajes en esta segunda parte ocurre todo lo contrario. 

Tarantino deja a Beatrix para contarnos quién es Budd, por ejemplo. El hermano de Bill del que hablábamos al principio del artículo interpretado por un Michael Madsen en estado de gracia que consigue transmitir patetismo, ironía y brutalidad con un solo gesto, una sonrisa torcida o la forma de agarrar la escopeta con la que le abre el pecho a Uma Thurman. 

Que Tarantino se tome un tiempo para dibujar personajes como el de Budd, como Bill o la villana que interpreta Daryl Hannah es la mejor decisión y por supuesto, el mejor ajuste hecho a la narrativa establecida en el volumen 1. 

ESTILO VISUAL: MENOS ABRUMADOR, MÁS ÍNTIMO

Por un lado un primer volumen en el que Tarantino recrea un escenario espectacular para después destrozarlo entero y por último ofrecer al espectador una danza con espadas en un patio precioso mientras nieva… Estéticamente Kill Bill: volumen 1 es un regalo. 

Aquí hace lo contrario. La puesta en escena del volumen 2 es irrisoria. Tarantino apuesta por armar cada escena con mucha precisión y también con mucha sencillez. Aquí le basta con una fogata para colocar a dos personajes en mitad de una conversación que introduce al espectador en los misterios de las artes marciales. Le basta con una caravana para coreografiar el combate más duelo a muerte más sucio de la historia del cine, con serpiente y ojo aplastado incluido. Le basta un ataúd para ahogarnos en una escena de una intensidad casi insoportable o le basta una mesa y dos sillas para desarrollar el último combate, la pelea definitiva entre La Novia y Bill está liberada de cualquier adorno, es pura, directa, es corta y al mismo tiempo bella gracias a esa danza mínima de los dos sentados en una silla. Lo que hace con tan poco es insuperable. 

Y el motivo de esta eliminación del adorno visual no es otro que convertir el viaje del espectador en algo más relacionado con los sentidos, con lo moral, con lo filosófico…

LOS DIÁLOGOS CON BILL

El duelo final podría ser, efectivamente, espectacular. Algo épico y violento a la altura de la matanza que abre la película y sin embargo, en vez de eso, Tarantino nos regala algunos de los mejores diálogos de su filmografía. 

La comparación de Beatrix con Superman es algo sublime, el relato de la primera experiencia con la muerte de la hija de ambos, la verdad que hay detrás de esa matanza, el entrenamiento con Pai Mei… 

Sin duda, el mejor final para cuatro horas de auténtico cine, cine, además, libre sin ningún tipo de ley o atadura formal donde Tarantino hizo y deshizo, reinventó y construyó una mitología única que 15 años después no ha perdido un ápice de su importancia en la historia del cine.

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