¿Qué tal ha envejecido ‘El guardaespaldas’?

Analizamos qué tal le han sentado los años a la gran historia de amor que protagonizaron Kevin Costner y Whitney Houston.

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27 de abril de 2020

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  • Hoy a las 22:30 emiten El guardaespaldas en la Sexta. Acabas de leer esa frase y, exacto, ya empieza a sonar en tu cabeza I Will Always Love You, el tema de Dolly Parton que Whitney Houston haría inmortal con su poderosa voz para la película protagonizada por ella misma y Kevin Costner.

    Como Pretty Woman, El guardaespaldas es uno de esos acontecimientos que aseguran audiencia. Pero mis recuerdos se nublan cuando pienso en la cinta: ¿es realmente tan buena? La sensación de encontrarla profundamente desactualizada me invade. ¿Ha resistido el paso del tiempo o se ha quedado, junto a otras como Ghost, como un blockbuster anacrónico, demasiado pegado a la estética de su década? Parece que la única manera de averiguarlo es darle al play y comprobarlo.

    Hands in the air like you don’t care

    La película empieza, y las chaquetas son demasiado amplias, las corbatas demasiado largas y los cortes de pelo demasiado llamativos. No ocurre nada, las cosas eran así entonces. Dentro de 20 años veremos Escuadrón Suicida y nos seguirá pareciendo horrible (un segundo, esta no era la analogía que buscaba, en fin.). También está el tema de la tecnología: los móviles tienen el tamaño de un iPad y el portero automático de la mansión parece medieval. Una vez más, es lo que hay.

    El inicio es atractivo: Costner interpreta a Frank Farmer, el mejor guardaespaldas de Los Ángeles. Whitney Houston es Rachel Marron, cantante y actriz, una celebridad algo mimada que no es consciente del peligro que corre su vida y la de su hijo Fletcher. Por ello acuden a Farmer, hombre de cara atormentada y sin tiempo para bromas, que por su severidad resulta idóneo para proteger a Rachel.

    Cuando Farmer llega a la casa de la chica de moda, su cara refleja una sorpresa similar a la mía. La cámara nos muestra una mansión estándar en algún barrio rico, repleta del abc de lo hortera: fuentes con motivos florales y columnas de color pastel. El espacio se presenta con un saxo de fondo que desconozco si pretende que me excite o me intrigue. Además, todo brilla: los coches brillan, las gafas de sol brillan, los brillos brillan. Las palabras “porno elegante” no se me quitan de la cabeza.

    El interior de la casa da un giro a la estética. La sombra de Michael Jackson es alargada, y Farmer se encuentra con el ensayo de un videoclip: bailarines danzando en un salón muy oscuro pero que, de alguna manera, sigue brillando. Un robot (¡el futuro!) en la pared, gente vestida con cinco tallas más y animales exóticos. De esto último no estoy seguro. Todo me recuerda al videoclip de Cameo para la canción Word Up. Pero soy muy joven: quizá el mundo era así de brillante y tecno punk en los noventa.

     

    He was a boy, she was a girl

    El conflicto llega. Él es un tipo serio que sólo bebe zumo de naranja y quiere imponer sus normas y ella es un espíritu libre rodeado de los peores asesores posibles. Son como un grupo de personajes salidos de La tropa de Goofy. En algún momento alguno de ellos lanza la frase “politics and show business are the same these days”. Pobrecillos, no saben nada.

    Guardaespaldas y protegida tienen discusiones constantes, una de ellas porque Farmer no permite que Rachel vaya a comer brunch con sus amigos. El brunch es algo importantísimo para ella y desconozco si molaba mucho entonces o si es que están intentando definir a su personaje a través de su relación con los desayunos calóricos. Parece que hace calor, pero todo el mundo sigue vestido de negro.

    Llega la primera actuación y la desconexión me azota. Ella va vestida de Cleopatra del espacio. De nuevo, siempre en esa línea entre lo erótico bien y lo erótico mal. Pero es cierto que Houston tiene presencia con cualquier outfit. No obstante, su show se ve arruinado por la presencia de varios alborotadores. Y es entonces cuando, como Homer Simpson con Mark Hamill, Farmer levanta en brazos a Rachel y se abre camino A PATADAS por la discoteca. Todo bien.

    Lo siguiente que sabemos es que Rachel le pide una cita a Frank. No hay ni miraditas de por medio que vaticinen esto. La cosa va así: pum, me has salvado, pum, cita. De hecho, es todo tan normal que me sorprende: van a ver Los siete samuráis, cenan en un pub cutre y se acuestan esa misma noche. Ella está guapísima todo el rato. Hay un plano de unas bragas encima de una katana que me mata con su sutileza, la metáfora definitiva de la unión de ternura y seguridad militar. Al día siguiente, no obstante, a él le entra la complicación mental, el rollo cliente/amante y ella, como es lógico se enfada.

     

    Crisis? What crisis?

    Dejemos a un lado las bromas, porque es curioso el análisis estético de la obra a medida que esta avanza. Dentro de los códigos que emplea el cine como lenguaje, el visual es desde luego primordial. Habitualmente nos centramos en la fotografía, en la iluminación o en la dirección, pero son igualmente primordiales la decoración, el vestuario y el maquillaje.

    De acuerdo que no es Eyes Wide Shut, pero se pueden sacar cosas. Lo más llamativo es como, a medida que la película avanza y Rachel Marron deja de comportarse como una celebridad caprichosa, su estilo se “normaliza”. De acuerdo, siguen abundando los jerseys de cuello alto, pero poco a poco abandona las estridencias. Ella y todo lo que la rodea comienzan a suavizarse, a teñirse de colores azules y blancos.

    El blanco, el azul, los jerseys de cuello alto y el buen rollo encuentran su punto álgido en el retiro de la casa del lago de Farmer. Él le aconseja a ella retirarse ahí con su hijo y su hermana tras otro fallido atentado contra su vida. Demonios Farmer, dile lo que sientes y acabemos con esto de una vez. Una vez allí el asesino les encuentra y mata a su hermana, que estaba de alguna forma compinchada en los atentados por rencor hacia la vida de lujos y facilidades que llevaba. Farmer no puede evitarlo y se echa vodka en su zumo. Bum.

     

    I have nothing (si no tengo un Oscar)

    La chica es de olvidarse rápido y el duelo dura poco. Está nominada al Oscar y acude a la ceremonia. Todo vuelve a brillar y a ser como un episodio de Futurama. Vuelven las estridencias, vuelve el peligro. Ella está nerviosa y le echa la culpa a Farmer de todo. Un tío que salía en Parque Jurásico no deja de dar la brasa y el malo de La mansión encantada está también por ahí.

    Llega el momento. Rachel gana el Oscar. Sube a recogerlo. Frank Farmer advierte peligro entre brillos cegadores. Un tipo que había salido antes pero del que no he hablado, con cara de malo europeo, lleva una pistola en una cámara de vídeo. No hay tiempo para advertir a nadie: tipo serio Costner corre y recibe la bala en lugar de su cliente, de su amante, de chica sonriente Houston. La sangre empapa el sobre, de nuevo metáfora sutil sobre el precio real de la fama. Herido, le da tiempo a disparar al asesino mientras ella grita: “HE’S MY BODYGUARD!!”. La La Land pierde el Oscar porque Warren Beatty se equivoca.

    Pasan los días. Nos vamos a un aeropuerto. Farmer está bien, se despide de Rachel y su hijo. Lleva una chaqueta marrón y el brazo escayolado. Se abrazan y ella se sube al avión. Pero antes de despegar, ella detiene al piloto. ¡Está enamorada, maldita sea! Sale corriendo y se besan en un plano secuencia magnífico. Se funden en ese beso y te olvidas de que llevas viendo lentejuelas, caras largas, actores mediocres y purpurina durante dos horas. Por favor, qué canciones y qué historia de amor interracial más bien llevada.

    Gracias El guardaespaldas, nos volveremos a ver. Con suerte, dentro de otros veinte años.

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