Ken Loach: “Los ricos no necesitan amigos. Pueden pagar por todo”

Entrevista con Ken Loach, peleón eterno y última Palma de Oro en Cannes con ‘Yo, Daniel Blake', prórroga kafkiana en su contundente carrera contra la injusticia

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04 de noviembre de 2016

Las fronteras entre cine y política desaparecen al paso tranquilo, cordial, pero antisistema, de Ken Loach (Nuneaton, Inglaterra, 1936), el penúltimo cineasta militante vivo de Occidente. Tras flirtear con la retirada, en plena forma social a sus 80 años, nos recibe en sus acogedoras y un tanto caóticas oficinas del Soho londinense y celebra su segunda Palma de Oro (en 2006 la ganó con El viento que agita la cebada) con una denuncia del neoliberalismo burocrático que asoma tras el desplome íntimo de un carpintero cincuentón que sobrevive a un infarto y desciende a los infiernos del laberinto administrativo de Reino Unido. Ken Loach se niega a volver mañana; Yo, Daniel Blake pide respuestas políticas hoy.

Un hombre bueno frente al sistema inhumano, ¿la lucha contra la burocracia nos hace libres?
Queríamos plasmar una historia de la crueldad de la burocracia de un estado y su inmensa estupidez, pero también ahondar en el hecho de que el gobierno sabe perfectamente el efecto que tiene este sistema. Hay que denunciarlo. No es ningún accidente.

Y Daniel Blake tampoco es un héroe, es más bien un Quijote.
Lucha por su dignidad y, al final, también por la supervivencia. Hasta que le hunden. Pero este también es un filme sobre la amistad, e incluso sobre cómo Daniel, aunque no se subraye, encuentra una familia que nunca tuvo, y se da cuenta de que la necesita.

Un poco de viento en la espalda, como dice Daniel Blake, nunca viene mal.
Claro. Necesitamos amigos. Los ricos no los necesitan, pueden pagar por todo. Los pobres necesitan amigos para que les ayuden. Y un poco de suerte. Como este personaje: una persona normal que ha sufrido un ataque al corazón, un buen profesional, tranquilo, que no comete excesos. Si alguien como él puede acabar así, engullido por el sistema, nos puede pasar a cualquiera.

¿Por eso precisamente hay que contarlo? En la prensa amarillista y en televisión hay cada vez más piezas, artículos y programas en los que se denuncia que hay personas vagas, perezosas, que se escaquean de trabajar, que compran en exceso pero no tienen dinero y tienen demasiados hijos. Es todo culpar y culpar a los pobres hasta que acabemos pensando que son un peligro. Y se hace también porque lo contrario es hablar de todas esas personas que tienen problemas, que perdieron sus trabajos, que amaban sus oficios, y que no son ni bienos ni malos, son simplemente personas. Eso es Yo, Daniel Blake.

¿Kafka sigue vivo?
Absolutamente. Fíjate: a quien dictamina las pensiones por incapacidad le llaman “decision maker” [el que toma las decisiones], un nombre digno de George Orwell en 1984. Sí, Kafka ha invadido el ministerio de trabajo. Y encima es de gestión privada.

Si no el presente… ¿Es ese el futuro que nos espera?
Claro, es la agenda neoliberal: venderlo todo. Todo tiene que pasar a manos privadas con la excusa de que gestionan mejor. Esa es la política de la Unión Europea, y por eso mucha gente aquí se oponía a la UE desde la izquierda, porque llevan a la destrucción del sector público. Hasta Correos es privado ahora.

Han invadido el lenguaje: ya no somos ciudadanos, somos usuarios, clientes…
Y cuando conquistan el lenguaje, ya nos han vencido. Estamos en medio de una lucha por entender el mundo, por posicionarnos ante lo que está sucediendo y el uso del lenguaje puede manipular tu consciencia y tu percepción de lo que nos pasa. Los trabajadores del ferrocarril, por ejemplo: ahora no son fijos, se contratan a través de agencias o ETT, y se pretende que no puedan pensar de ellos mismos que son ferroviarios, que pierdan la autoconsciencia de un oficio. Son gente que hoy hace un trabajo y la semana que viene hace otro. Esta es la política de Thatcher, Major y también de Blair: destruir la idea de que tenías un empleo para siempre, que desaparezca la tradición y el orgullo de trabajar, y, de paso, los sindicatos. Los han destruido porque la gente que pensaba así se unía, se agrupaba y tenía fuerza colectiva. Tenían dignidad.

¿Qué hay de los funcionarios, que ya no pueden ofrecer el mismo servicio? También su voz es importante en el filme. Hemos hablado con muchos de ellos. Son muy infelices, les han colocado en una tesitura en la que no pueden hacer lo que deberían, que es ofrecer un servicio a los demás. Lo normal en las oficinas de empleo es que los funcionarios, que conocen las ofertas, adviertan a los parados de esas posibilidades: hay un curro aquí o allí, tienes un proceso de selección en tal o cual empresa… Ahora ya no pueden hacerlo, aunque lo tengan en la pantalla: es el parado el que tiene que llegar a ello pateando la ciudad, le pagan para eso. Y “no ayudar” es uno de los criterios con los que trabajan. Como el de sancionar con suspensión de sus pensiones a los parados. De hecho, bastantes de los que salen en la película son ex funcionarios de oficinas de empleo que ya no podían soportar su trabajo. Les advierten por no sancionar lo suficiente, tienen objetivos sancionadores que cumplir.

El problema de la vivienda también recorre la película, como en tus filmes de hace más de 40 años. ¿Hemos ido a peor?
El panorama es mucho peor. Entonces se construían viviendas sociales. Desde el gobierno se entendía que la política de vivienda era un servicio a la sociedad y que todo el mundo necesitaba una casa. Las autoridades nacionales y locales proyectaban y construían casas para la clase trabajadora. Grupos de viviendas con parques, cerca de hospitales y servicios. Pero eso se derrumba cuando se deja todo en manos del mercado. El mercado sólo construye donde puede vender, y aquellos barrios obreros construidos en zonas recuperadas empezaron a notar cómo esas casas de protección pública empezaban a alquilarse y a venderse a precios muy altos. Otra vez lo público convertido en privado.

Eso es algo que en España conocemos bien… La eterna burbuja del mercado inmobiliario. Pues ahora mismo en Londres estamos viendo la especulación en las torres de pisos que se están haciendo por toda la ciudad. La gente con mucho dinero los compra, no para vivir, sino para especular con ellos. No es vivienda, es sólo inversión.

Tu cine tiene más vigencia que nunca, se hace raro pensar que decidieras retirarte. ¿Fue una noticia real?
Sí, es cierto. Hicimos una película en Irlanda [Jimmy’s Hall], pasé mucho tiempo fuera de casa y pensé que no tendría fuerzas para hacerlo de nuevo. Pero luego vuelves a casa, empiezas a darle la vuelta a historias, a lidiar con la actualidad de nuevo, y te metes en otro lío: Yo, Daniel Blake es una película muy sencilla, rodamos en cinco semanas, así que volví a la carga.

Una película de proporciones muy humanas, pero con una Palma de Oro.
Nunca lo imaginamos; que nos seleccionasen fue una sorpresa, pensábamos que era demasiado pequeña para Cannes. Es una película sobre la amistad de dos personas. Tuvimos mucha suerte.

La despedida del filme es un alegato a favor de la ciudadanía, pero ¿qué es para Ken Loach ser un ciudadano?
Tener igualdad de derechos y responsabilidades para contribuir juntos a la sociedad. Y sólo se puede contribuir al bienestar de todos a través del trabajo, eso que hace posible el derecho a la vivienda, a la sanidad, a la educación, a una pensión. Pero este sistema que no nos asegura nada de eso, para colmo también destruye el trabajo.

El Brexit no parece una salida…
El debate era entre dos formas de explotar a los trabajadores. No voté por el Brexit, pero la UE no nos estaba ayudando nada.

El fútbol vuelve a ser la única salida y el rincón para el humor en tu cine. ¿No crees que también se ha mercantilizado en exceso?
Pero sólo al nivel Premier League [la primera división inglesa]… En las ligas inferiores, en los barrios y las pequeñas localidades y pueblos, el fútbol sigue siendo lo mismo que ha sido siempre. El deporte de los trabajadores.

Hay una línea que une varios de los personajes de tus películas… ¿ves tu filmografía como una unidad?
Intento no mirar hacia atrás. Surgen buenas historias que contar e intento hacerlo lo mejor posible, y a veces me sumerjo en historias que se parecen mucho unas a otras.

Esa es una crítica recurrente hacia tu cine.
Me gusta trabajar con una pequeña historia: en la superficie es un relato mínimo, pero sus implicaciones son un microcosmos que te permite ver la realidad en su totalidad. No pasa siempre. A veces lo intentas y no se consigue. Quizá sea eso.

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