Juego, alcohol y tiroteo: la mejor proyección de ‘Los intocables de Eliot Ness’

El cine inmersivo ha llegado a Madrid. ¡Cuidado! Periodistas curiosos, agentes del Departamento del Tesoro y secuaces de Al Capone han tomado la ciudad.

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28 de noviembre de 2016

“¡Contraseña!”. Ante mi cara de asombro, el agente que tengo enfrente insiste: “Le he preguntado la contraseña, señorita”. “No sé cuál es”, contesto. “Pues vuelva usted a hacer la cola, a ver si se acuerda”. Esa especie de aduana es la puerta de entrada a la Chicago de los años 30, la de la ley seca, el mercado negro y Al Capone. Atrás queda Madrid, y el Museo del Ferrocarril, reconvertido por esta noche en la Chicago Union Station. Es como si hubiéramos viajado en el tiempo, y sin necesidad de DeLorean. Los hombres visten sombreros de ala ancha y abrigos de doble solapa. Las mujeres, vestidos hasta las rodillas, joyas, guantes, pieles y tocados con plumas. Todos han seguido las instrucciones al pie de la letra.

¿Pero qué está pasando? ¿De qué instrucciones estamos hablando? Las de Spectacular!, encargada de recrear en Madrid durante dos fines de semana la Chicago de Los intocables de Eliot Ness. Esa en la que Kevin Costner se las veía y se las deseaba para atrapar al Al Capone de Robert De Niro (maestro en el arte de batear cráneos mucho antes que Negan o Harley Quinn). Y como todo héroe que se precie, tenía sus fieles camaradas: Sean Connery, Charles Martin Smith y un jovencísimo Andy García. Aunque Costner y Connery no se han dejado caer por este cine inmersivo, sí lo han hecho sus personajes, Eliot NessJim Malone. Y no han venido solos.

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Sin embargo, tanta aventura no está hecha para meros espectadores, sino para valientes dispuestos a participar en la acción y ayudar (o no) a Ness y Malone en su empeño por atrapar a Al Capone. Todo empieza con un email: “La ciudad de Chicago te necesita”. Firmado por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, el correo informa sobre el atentado que ha acabado con la vida de una niña en la ciudad. Para más información, basta con que consultemos el Chicago Post. A continuación, nos citan en el Museo del Ferro… Digo, en la Chicago Union Station. Y ahí empieza la inmersión.

“¿Contraseña?”, pregunta otro agente, y yo sigo sin saber la respuesta. “¿Es usted policía?”, añade. “No”, contesto. “Su contraseña es Racine”. Me entrega un sobre con 25 dólares y me adentro en el universo de Brian De Palma y Ennio Morricone. Todos los asistentes se dividen pronto en dos grupos: policías, que responden a la palabra “Judas” (por el personaje de Sean Connery y su medalla de San Judas) y los gangsters, que responden a “Racine” (la calle en la que vivía el agente Malone). Sí, para eso era la famosa contraseña. Y sí, me ha tocado ayudar al bueno de Al.

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Quedan por delante cinco horas en las que los asistentes, ya seamos los buenos o los malos de la película, avanzamos por el Departamento del Tesoro, las calles oscuras de Chicago y el casino de Al Capone. Y lo hacemos acorralados por periodistas preguntones (“¿Qué le ha traído a Chicago, señorita?”), prostitutas vivarachas, barrenderos charlatanes y los protagonistas del filme, incluida cierta mujer con un carrito de bebé. Acudimos a la rueda de prensa que protagoniza Eliot Ness a su llegada al departamento, la fallida emboscada en el almacén (con momento paraguas chino incluido), peleas, tiroteos y la trifulca final en la estación. Y después de tanto trajín, con algún que otro susto, y antes de la proyección de la película, hay tiempo para reponer fuerzas a base de perritos calientes y hamburguesas.

¿Quién no ha soñado alguna vez con ser parte de una película? Algo así como los protagonistas de Pleasantville, pero en pantalla grande. Eso es el cine inmersivo, siempre y cuando estemos dispuestos a participar: correr, escondernos, disfrazarnos, meternos en el papel que toque, bailar, jugar en el casino e interactuar con los actores. Puede que ya sepamos qué va pasar con los personajes, pero eso no resta ni pizca de diversión (y por momentos tensión) a esta experiencia 360°, ya que ahora nosotros formamos parte de la producción. Y todo irá bien mientras hagamos caso a Malone y cumplamos la primera norma del policía (también vale para los gangsters como yo): “Asegurarse de volver con vida a casa cuando termine el turno”.

Los intocables de Eliot Ness ha terminado este fin de semana su andadura por el Museo del Ferrocarril, con tres sesiones y todas las entradas agotadas. Ahora toca preguntarse: ¿Cuál será la siguiente película en traspasar la pantalla? Yo, por si acaso, ya tengo contraseña.

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