Josephine Baker: bailarina, espía antinazis y primera superestrella mundial de raza negra

Mientras en EE UU la despreciaban con racismo, en Euoropa se convirtió en bailarina inimitable, agente de la Resistencia Francesa, icono político y una superestrella.

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13 de abril de 2020

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  • Aunque llegó a convertirse en la afroamericana más rica del planeta, Josephine Baker (1906 – 1975) se crió en el seno de una familia muy pobre de San Luis, Misuri, a principios del siglo XX. La llamada ‘diosa de ébano’ soñó siempre con ser artista, aunque tuvo que conformarse con empezar bailando por apenas unos centavos en las calles de su ciudad, considerada hoy día una de las urbes más peligrosas de EE UU.

    Desde muy pequeña Baker lidió como pudo con la pobreza extrema, el racismo y la segregación racial. Su madre solía mandarla a hurgar por comida en el Soulard Farmers Market y a robar carbón de los vagones de carga de la estación de Union Station, así que bailar se convirtió también en un ejercicio útil para combatir el crudo frío de los inviernos de la zona. Lo pasó tan mal durante aquellos años que alguna vez llegó a declarar que San Luis representaba para ella “una ciudad de miedo y humillación”.

    Después de un par de matrimonios breves y fallidos y algo de experiencia actuando como corista de un grupo de artistas callejeros, Baker logró participar a los 16 años en un par de musicales de Broadway; estereotipados, pero menos da una piedra. Acto seguido, hizo las maletas y viajó a París para actuar en la Revue Negre, un espectáculo donde aparecía vestida con plumas de avestruz y hacía la bizca bailando el charlestón sobre un tambor; de hecho, fue ella quien introdujo ese baile en Europa.

    De ahí pasó al famoso cabaré parisino Folies Bergère, donde bailaría con el torso desnudo y ataviada con un cinturón con 16 bananas que apuntaban al techo, pegados a una cinta que iba atada a su cadera para acentuar sus movimientos.

    La improvisada y acrobática forma de bailar de Baker, que empezó a alternar en aquellos años con artistas e intelectuales como Hemingway o Picasso, lo petó bastante aquellos días, hasta el punto de que la afroamericana llegó a convertirse en la artista mejor pagada de Europa y en todo un ídolo de masas. La prensa francesa de la época enloqueció con su carisma –a veces seductor, a veces payaso– y llegó a asegurar que Baker era “la más radiante de todas las tentadoras que jamás haya honrado los escenarios de París”.

     

    En el cine

    Además de cantar y bailar, Baker hizo sus pinitos en el mundo del cine, llegando a aparecer en una docena de películas en las que solían mostrarse romances interraciales que siempre fracasaban en el momento crucial. Ella fue, de hecho, la primera mujer afroamericana en protagonizar un filme.

    Primero vino La sirène des tropiques (1927) y luego el éxito internacional de Zouzou (1934), un musical dirigido por el cineasta suizo Marc Allégret en el que la actriz interpretaba a una lavandera que, por azares de la vida, termina actuando en un music-hall.

    Pero, a pesar de su creciente fama, cada vez que regresaba a EE UU volvía a enfrentarse al racismo. En 1936 viajó a su país de origen para actuar junto a Bob Hope en Ziegfeld Follies, pero la prensa mainstream puso a parir aquella revista de Broadway al considerar que promovía la promiscuidad y varios hoteles llegaron a impedirle la entrada a la artista.

    La derecha estadounidense odiaba el talante transgresor y liberal de Baker, y durante el llamado Segundo Temor rojo –que lideró el senador McCarthy– llegó a acusársele falsamente de ser comunista y se le informó que ya no era bienvenida en los EE UU. Harta de tanta humillación, la artista decidió abandonar la obra y regresó a París, donde en 1937 se convirtió en ciudadana francesa tras casarse con el empresairo Jean Lion.

     

    En la guerra

    Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Baker decidió convertirse en espía antinazis y se pasó la contienda usando su carisma para conseguir información para la resistencia en fiestas, embajadas y reuniones sociales. “Después, Josephine regresaba a París con lo que había averiguado: escribía los datos en sus partituras para pasarlos por la frontera o se enganchaba documentos a la ropa interior”, tal y como recuerda la escritora Cristina Domenech en su libro Señoras que se empotraron hace mucho.

    Ayudar a la resistencia francesa le valdría a Baker para ser nombrada subteniente de las Fuerzas Aéreas femeninas durante la guerra y condecorada con la Cruz de Guerra y la Legión de Honor tras la contienda.

    Tan excéntrica como rebelde, Baker era bisexual –se dice que tuvo un romance con la pintora mexicana Frida Kahlo– y durante un tiempo tuvo un guepardo como mascota. Ella soñaba con que la gente aprendiera a vivir en paz y sin prejuicios y decidió aprovechar su fama y popularidad para abanderar la lucha por los derechos civiles.

    Durante una gira por EE UU se negó a actuar frente a audiencias segregadas y en 1963 se convirtió en la única mujer que habló en el escenario junto a Martin Luther King durante la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad, en la que el activista pronunció su histórico discurso “Yo tengo un sueño”.

     

    Y en su castillo

    Poco después de aquello, Baker optó por retirarse definitivamente y se instaló junto a su cuarto marido –el compositor y violinista Jo Bouillon– en el Castillo de Milandes, un enorme edificio que ambos compraron en la francesa región de Dordogne y donde decidieron formar una multicultural y multirracial familia. Baker no podía tener hijos biológicos, pero adoptó doce niños de diversas razas (negros, orientales, indios y blancos) a los que ella llamaba cariñosamente su ‘Tribu Arcoíris’.

    Pero la cosa se empezó a torcer a finales de los sesenta, cuando Baker comenzó a pasar por grandes dificultades financieras y su castillo fue subastado. La Princesa Grace de Mónaco acabó donando entonces un hogar en Mónaco para que la ‘Tribu’ viviera en él, y la afroamericana se vio obligada a regresar a los escenarios para poder generar ingresos.

    En la primavera de 1975, con 68 años, presentó un gran show para celebrar sus cincuenta años en el mundo del espectáculo. Cuatro días después de estrenarlo, la ‘Venus de bronce’ sufrió un derrame cerebral en su cama y entró en coma, muriendo en el Salpetriere Hospital el 12 de abril.

    Baker, cuya tumba se encuentra en el cementerio de Mónaco, recibió honores militares en su funeral; como no podía ser menos tratándose de la primera superestrella mundial de raza negra.