Joseph Losey: 6 joyas nada obvias de un cineasta único

El Festival de San Sebastián y Filmoteca Española dedican un ciclo al americano más europeo y reivindicamos sus títulos menos conocidos.

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10 de octubre de 2017

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  • Artesano del noir de serie B americano, modelo de cineasta del Hollywood clásico y uno de los autores de cine europeo más importantes de las décadas de los 60 y 70: Joseph Losey (1909-1984) es objeto de la retrospectiva clásica que cada año celebra el Festival de San Sebastián, organizada conjuntamente con Filmoteca Española y en colaboración con las Filmotecas Vascas y de Valencia. Tras su paso por el certamen donostiarra, el programa –que incluye 38 obras entre cortometrajes, piezas publicitarias y largometrajes– aterriza en el madrileño Cine Doré hasta finales de noviembre.

    “No hay ningún caso como el de Joseph Losey en la historia del cine”, contaba el crítico de cine Quim Casas, coordinador del ciclo sobre Losey en el Festival de San Sebastián junto a Ana Cristina Iriarte, en el marco del certamen donostiarra. Formado en el teatro independiente de izquierdas, Losey debutó en el cine en 1951 en producciones de serie B. A causa de la caza de brujas, después de que un par de compañeros testificaran en su contra en una de las sesiones del Comité de Actividades Antiamericanas, acabó exiliándose en Europa en 1953, instalándose en Londres, Inglaterra. “Fue un cineasta que supo adaptarse e integrarse a una industria cinematográfica completamente distinta a la de Hollywood”, señalaba Casas.

    En Europa –Inglaterra, Italia, España y Francia– rodó sus películas más significativas: Eva (1962), El sirviente (1963), Accidente (1967), las tres con Harold Pinter como guionista, además de El mensajero (1971), Una inglesa romántica (1975) o El otro señor Klein (1976), y consiguió transformarse “en uno de los cineastas británicos más significativos y en uno de los paradigmas del cine de autor”. El cine de Losey es al mismo tiempo “muy reconocible pero muy inclasificable”, en palabras de Casas, y uno de los objetivos de este completo ciclo es “reivindicar el Losey mas oculto, e igual de importante que el Losey más conocido”. En CINEMANIA detallamos a continuación algunas de sus obras menos obvias a recuperar y disfrutar.

    El merodeador (1951)

    Escrita por el mítico guionista Dalton Trumbo, quien también tuvo que hacer frente a las acusaciones de desacato (y al ostracismo profesional) tras negarse a responder a las preguntas del Comité de Actividades Antiamericanas, El merodeador es una cinta noir que retrata la codicia y la corrupción del hombre común, y cómo esa ambición podrida acaba en fatalidad. Evelyn Keyes, entonces esposa del director John Huston, y Van Heflin, uno de los grandes secundarios de la época, encarnan respectivamente a una ama de casa acomodada, aburrida y frustrada, y a un policía, que se enamoran perversamente y deciden elaborar un plan siniestro para acabar juntos (y, por supuesto, llevarse todo el dinero).

     

    Imbarco a mezzanotte (1952)

    Firmado bajo el pseudónimo de Andrea Forzano, la primera película europea de Joseph Losey tras exiliarse a causa de la caza de brujas de McCarthy es un retrato de la Italia de la posguerra que sigue a un vagabundo en fuga tras haber matado accidentalmente a otra persona, y a un niño que se ve obligado a robar cuando pierde el dinero que le han dado para comprar leche. Adulto y menor cruzarán sus vidas mientras se esconden juntos y su relación muestra un fresco desasosegante de las ruinas morales provocadas por la guerra. Imbarco a mezzanotte, además, está protagonizada por la vieja estrella del cine de gángsters Paul Muni (Scarface).

     

    La clave del enigma (1959)

    El primer trabajo de Losey con Stanley Baker es un policíaco retorcido sobre un joven artista acusado de haber asesinado a una mujer de la alta sociedad, que supuestamente era su amante. Baker pone su arrolladora presencia al servicio de un Losey que comienza en este filme a poner en práctica algunos de sus estilemas plásticos –espejos, sombras, espacios opresivos– y que modificó junto a otros dos guionistas exiliados a causa de la caza de brujas –Ben Barzman y Millard Lamell– el libro de Leigh Howard con el fin de resaltar una conciencia de clase (del policía y del artista) que no aparecía en el texto original.

     

    Estos son los condenados (1962)

    Oliver Reed, otro icono del cine británico y rostro cinematográfico del movimiento de los Angry Young Men, protagoniza este clásico violentísimo que nos habla de las clases proletarias empobrecidas bajo el gobierno de los tories de Macmillan y del surgimiento de las primeras subculturas urbanas: hay quien ha señalado que Estos son los condenados prefigura la distopía de La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) y no anda falto de razón a juzgar por la dureza del argumento y el agresivo tono de las fechorías de los protagonistas.

     

    Caza humana (1970)

    De nuevo el tema de los fugitivos aparece en la filmografía de Losey en este survival minimalista protagonizado por Robert Shaw y Malcolm McDowell: Caza humana es uno de los pocos trabajos de acción del cineasta americano y al tiempo uno de sus filmes más abstractos, una exploración de la figura, el paisaje y el sonido (ese helicóptero omnipresente). El título original del largometraje (Figuras dentro de un paisaje) ya da muchas pistas de hacia dónde pretendía dirigirse la exploración plástica de l director en este filme, pero, a pesar de ese tratamiento espartano de los mimbres narrativos, Caza humana tal vez contenga el Losey más depurado.

     

    La truite (1982)

    En efecto, Isabelle Huppert también trabajó a las órdenes de Joseph Losey: La truite dibuja a una femme fatale de pelo naranja que castiga a los hombres exprimiendo su deseo y que gracias a su capital erótico consigue saltar de la pescadería que regenta su familia a vivir en Japón. Losey tenía 73 años cuando filmó esta película, su penúltimo filme, pero la edad no fue óbice de que desplegara la habitual elegancia plástica a la hora de filmar las relaciones de poder (sexual) que establecen los personajes del relato.