José Luis Cuerda en primer plano

Félix Tusell, productor de la última película del genio manchego, se despide con esta carta del director de 'Tiempo después'

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06 de febrero de 2020

En 1991 José Luis Cuerda escribió una semblanza sobre mi padre en una revista cinematográfica. En ella hablaba de su amigo recién desaparecido en un accidente de coche en Kenia, de sus comienzos juntos en el mundo del cine, de cómo le produjo su primera película, Pares y nones, de ese irritante tono de voz nasal que debía tener mi padre y de muchas cosas más. Es un texto precioso que he releído muchas veces y que terminaba haciendo mención a Félix hijo, yo, que según sus palabras, “con poco más de un año sonríe a todo el que lo mira de frente y empieza a andar”. Perras casualidades: ahora me encuentro yo tratando de hacer algo parecido para él, y encima con la cruel consciencia de no tener ni la mitad de su talento escribiendo.

Pero no todas las casualidades han sido tan perras. Era precisamente en calidad de buen amigo de mi padre por lo que lo llamé un día, hace tres años y pico, y le dije “vamos a cenar, y me cuentas más de él”. Esa noche me reveló muchas cosas que yo desconocía de mi padre y que solo me podía contar quien había compartido con él litera y ronquidos, confidencias amorosas y primeros contratos. Ya con eso hubiera podido darme por satisfecho, pero no: al enterarse de que yo continuaba con la saga familiar de productores, me habló de un guion que ningún productor quería y que vaya si quise yo. Yo, y unos cuantos, que podemos considerarnos turba. Así que de esa noche salí con un buen retrato de mi padre y con un proyecto de película. Y aquí viene la casualidad no tan perra: si mi padre le produjo su primera película, yo le produje la última, Tiempo después. El círculo se cerraba de una forma preciosa.

Que Cuerda es un genio es algo que todos sabemos, que publicarán estos días muchos periódicos y que se glosará en todos los manuales del cine español habidos y por haber. Pero es algo que realmente se disfruta cuando tienes a tu lado; y con él lo sentías (quien lo probó, lo sabe). Era un genio que se paladea. A mí Cuerda, entre otras muchas cosas, me ha enseñado la importancia moral del primer plano, que no todo está perdido si esta noche podemos rezar el Quijote, que a la guerra conviene mejor ir armado con limones, que tenemos que soñar por encima de nuestras posibilidades y que el gazpacho albaceteño está muy, pero que muy rico.

Lo que no sé si se glosará en manual alguno es que José Luis era, también, una persona ultra sensible. Sensible a la literatura de Max Aub igual que a las caderas de Gene Tierney, a los abusos de los Escolapios, al ya citado gazpacho albaceteño o a la sonrisa de su nieta Manuela, a la que dedicó el último capítulo de sus Memorias fritas. Y su iracundia, que también la tenía, generalmente se acompañaba de rápidas bromas o disculpas que, de forma incomprensible, te descubrías perdonando de inmediato. De nuevo: quien lo probó, lo sabe. Era un tipo extraordinariamente inteligente, agradecido, educado y puntual, que practicaba las horas capicúas, formó una exquisita pinacoteca de falsificaciones, padecía el estreñimiento como una forma de calvario pagano y que denostaba el lujo aséptico de los hoteles modernos con la misma fiereza que “esa maldita egolatría que demuestra Kubrick en cada plano”.

Ahora me quiero acordar de uno de los últimos viajes que hicimos, a su querido Albacete, y de un paseo que me dio por la ciudad que le vio crecer. Me enseñó el banco en el que, siendo joven, le gustaba sentarse junto a Marilyn; el casino en el que se ganaba la vida su padre, la calle en la que nació o el colegio los Escolapios en el que se crió. Al final, algo exhausto, me dijo “Tusell, Tusell, vaya paseíto. Ahora el gazpachito“.

Pues yo, José Luis, te digo lo que Errol Flynn en Murieron con las botas puestas: “Fue un placer pasear por la vida a tu lado”.

 

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