John Waters: “Ahora el cine está más censurado que nunca”

El rey del cine gamberro visitará Madrid en septiembre, presentando su espectáculo 'A Filthy World' en el Festival Rizoma y una retrospectiva de su obra en la Filmoteca. Hablamos con él sobre la censura, 'The Wire' y Belén Esteban. Por YAGO GARCÍA

02 de agosto de 2011

Ya nos habían dicho que es un señor encantador, siempre dispuesto a hablar y con un humor tan travieso como amable. Pero coger el teléfono sabiendo que John Waters aguarda al otro lado de la línea es, cuanto menos, perturbador. Porque, aunque este cineasta de 65 años nos salude con toda la amabilidad del mundo, es inevitable recordar que él fue quien filmó la brutalidad conocida como Pink Flamingos, esa película realizada en 1972 con medios milicianos, rematada con la imagen del travestí Divine devorando excrementos de perro.Puede que en su obra posterior (Cosa de hembras, Hairspray, Pecker y muchas más) nuestro hombre haya demostrado ser un cineasta de gran mérito, pero el recuerdo de sus gamberradas primigenias pesa mucho.

Casi cuatro décadas después, el antiguo enfant terrible es un artista respetado en todo el mundo, que visitará Madrid el 8 de septiembre para ofrecer su espectáculo A Filthy World [Un mundo guarro] dentro del Festival Rizoma. “Es una celebración de lo trash en todas sus formas”, nos explica un Waters chispeante desde Provincetown, la ciudad costera de Massachusetts donde pasa los veranos. “El cine, el crimen, el circo, incluso la familia: A Filthy World habla de todas esas cosas, y de cómo sobrevivir a ellas”, continúa. Hablando a una velocidad cercana a la de la luz, el director nos explica en pocas palabras su filosofía de vida: “Nunca he aspirado al dinero, ni a la fama, ni a nada de eso: mi máxima meta es vivir sin tener que rodearme de gente horrible”, afirma, insistiendo acto seguido en que cree haberlo logrado. “Trabajo por mi cuenta, tengo buenos amigos y mis contactos en el negocio son gente con la que me llevo bien y que cree en mí”.

Dada esa libertad creativa, ¿se llevarán alguna sorpresa los espectadores de A Filthy World? “¿Sorpresas? ¡Pues claro!”, responde Waters, aprovechando para colarnos otra lección con enjundia: “Si estás en medio de una discusión, y la gente no te hace caso, hazles reír y se darán cuenta de que estás ahí”, afirma. “Ese ha sido siempre mi sistema cuando me he visto entre personas a las que no caía bien, o que no me caían bien a mí: el humor es la mejor solución”.

“SI NO HACE REÍR, ¡CÓRTALO!”

Además del show, Waters será homenajeado con una retrospectiva de su obra en la Filmoteca Nacional del 4 al 11 de septiembre. Tras cuatro décadas de carrera, ¿tiene algun favorito entre sus doce largometrajes? “Eso sería muy egoísta por mi parte: son como mis hijos. Los que han dado dinero son los niños bonitos, y las películas que han funcionado mal son como los chicos problemáticos que sacan malas notas”, afirma. Sin embargo, luego se lo piensa mejor: “De las primeras, mi favorita sería Cosa de hembras, y de las que rodé más adelante, me quedaría con Los asesinatos de mamá”, comenta. “Lo que más me gusta de ellas es que las he visto proyectadas en varios países, y en todos ellos el público se reía con las mismas escenas: eso es muy difícil”.

¿Hay alguna lección valiosa sobre el cine que John Waters haya aprendido y que quiera compartir con nosotros? “Hay varias: si algo es demasiado largo, córtalo. Y, si algo no hace reír al público, ¡córtalo también!”. Oyendo cómo habla, y sobre todo oyendo cómo se ríe, queda claro que despertar la hilaridad del público es mucho más importante para Waters que escandalizarlo. “Lo más difícil de todo es crear gags que no caduquen, que se mantengan frescos”, aduce. “Nadie sabe qué moverá a la risa o qué referencias seguirán vigentes dentro de 20 años: lo importante es tener personalidad. Por eso las comedias que se hacen ahora en Hollywood no tienen gracia ninguna”.

Aunque sea un amante confeso del cine clásico, es raro escuchar la palabra “Hollywood” de labios de John Waters. Un director como él, que ha hecho de la transgresión su norma, ¿no cree que la ‘Meca del Cine’ resulta ahora más aburrida que nunca, con tanto blockbuster de temporada? “De unos años a esta parte, todo lo que se hace en Hollywood me parece lo mismo: no son películas, parecen atracciones de feria”. Adicto confeso a las salas de cine, Waters no se fía demasiado de las nuevas tecnologías. “Los chavales van cada vez menos a los cines, y lo ven todo por ordenador: las películas les importan cada vez menos. Pero si usan el ordenador para ver mis películas, pues mira, me parece estupendo”. ¿Aconsejaría, pues, una intervención de Cecil B. Demente, el guerrillero cinéfilo que protagonizó uno de sus filmes? “Cecil era un personaje basado en el cine underground de los 60, cuando nuestros adversarios estaban revestidos de autoridad y se les podía humillar a través del humor”, explica, y uno cree notar un poco (sólo un poco) de melancolía en sus palabras.

¿BELÉN ESTEBAN? ¿ES UN TRAVESTI?”

Durante toda su carrera, Waters ha poblado sus películas de personajes muy variopintos, reclutados en las calles de su Baltimore natal. Los hay que le acusan de aprovecharse de la excentricidad de Pia Zadora, Edith Massey y demás fauna, pero él no lo ve así. Y, por si quedaba alguna duda, los reality shows de televisión no le despiertan ninguna simpatía. “En mis filmes, yo recurría a mis amigos como actores: les escribía papeles a su medida, y en ningún momento pretendía hacer creer al público que ellos eran así en la realidad”, afirma para transformarse acto seguido en una ametralladora verbal: “Lo peor de los realities es que te ponen en una situación de superioridad sobre los personajes, quieren hacerte creer que eres más listo que ellos. Y no es así: no sé si en España harán lo mismo, pero en los shows de EE UU confían tan poco en la inteligencia de su público que, al volver de publicidad, lo llenan todo de resúmenes por si la gente se ha olvidado de algo”.

Ya que hablamos de realities y programas del corazón, es inevitable mencionar a Belén Esteban. ¿Ha oído John Waters hablar de la ‘Princesa del pueblo’ durante alguna estancia en España? “No me suena esa señoraa: ¿es un travesti?”. Mejor lo dejamos. Pero seguimos con la televisión, porque John Waters ha pasado a la historia como el cronista oficioso de su ciudad, Baltimore. ¿Le gusta la serie The Wire? “¡Me encanta! Y es un caso curioso, porque es un show que tuvo muy buenas críticas, pero muy poca audiencia, y ahora todo el mundo parece loco con él tras su triunfo en Europa”. En todo caso, Waters tiene clara una cosa: para ser un buen cineasta, tienes que echar raíces en alguna parte. “Puede ser un país, o una ciudad, como Woody Allen y Nueva York, pero si el director lo hace bien (como Fellini, por ejemplo), el espectador sentirá ganas de conocer ese sitio”.

LO PEOR DE TODO: CENSORES LISTOS

Dado el ritmo frenético con el que suelta sus declaraciones, no cuesta creer que Waters sigue siendo un hombre ocupadísimo, pese a tener edad para jubilarse. Actualmente se mantiene activo como fotógrafo (“Es un rollo muy conceptual, como storyboards de películas posibles”) y como escritor, además de llevar casi cuatro años tratando de sacar adelante un proyecto llamado Fruitcake, para el cual cuenta con el creador de Jackass, Johnny Knoxville. “Es un cuento de navidad: en inglés, fruitcake puede ser una tarta de frutas que se come en las fiestas, o un apelativo para designar a una persona un tanto rarita. En mi guión, es el nombre del niño que protagoniza la historia”, explica antes de contarnos por qué no puede rodarla. “No hay manera de conseguir financiación: ya no hay un hueco en la industria para las películas independientes de coste mediano”.

Sin embargo, más que la tacañería de los productores, John Waters teme a la censura. Una práctica que, según él, sigue siendo tan dañina como siempre, pero que ha tomado un cariz más amenazador que nunca. “Ahora tenemos una plaga nefasta: los censores listos y que van de tolerantes”, nos cuenta. “Las calificaciones por edades, por ejemplo, les vienen muy bien, porque si una película es señalada con una ‘R’ [equivalente en EE UU a nuestro ‘para mayores de 18 años’] no aparece como prohibida, pero se quedará sin distribución en un montón de salas”. De este modo, remacha, los censores se lavan las manos y es el propio mercado el que elimina los filmes incómodos.

Siempre jovial, Waters se despide recordando una anécdota: “Cuando presenté Cosa de hembras a la junta de calificación de Maryland, mi estado, una señora quedó completamente escandalizada con Divine. Yo intenté convencerla de que no era para tanto, y ella me respondió: ‘¡No me hable usted de sexo, señor Waters, mi marido era italiano!’. Aquella mujer era tonta, pero yo la prefiero a una treintañera con título universitario que cree estar haciendo una buena obra”.