Jennifer Lawrence: ¿por qué es tan odiada la actriz más talentosa de su generación?

Con sagas millonarias en el currículum, un Oscar y una carrera todavía en ascenso, llama la atención la facilidad con la que la actriz se convierte en diana de críticas.

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15 de agosto de 2019

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  • No parece demasiado osado afirmar que Jennifer Lawrence es la actriz más famosa del planeta. Para muchos, la estadounidense —que acaba de cumplir 29 años— es tremendamente intuitiva —nunca ha recibido una clase de interpretación—, carismática y auténtica. Eso, y una de las mejores actrices de su generación. De hecho, su talento natural para la interpretación le ha valido ya cuatro nominaciones al Oscar —es la intérprete más joven en recibir tantas candidaturas al galardón— y ha ganado una vez la estatuilla, por su papel en El lado bueno de las cosas, en 2013.

    Ahora bien, Lawrence no es una celebrity al uso. Su incontinencia verbal, su incorrección política y su carácter algo excéntrico han resultado incómodos para muchos cinéfilos y compañeros de profesión. Para empezar, casi desde el principio de su carrera, la de Louisville optó por rebelarse contra la tiranía hollywoodiense del cuerpo perfecto. Sus curvas sirvieron de combustible a multitud de revistas y programas de televisión, pero a ella eso le importó poco.

    Es más, hace un par de años, en pleno apogeo del #MeToo, la actriz no tuvo inconveniente en hablar de un triste episodio vivido al comienzo de su carrera. Según contó, un día le pidieron que se quedara desnuda en una fila con otras actrices, frente a un productor que juzgó su cuerpo y le pidió que adelgazara seis kilos en dos semanas. “Creo que nos hemos acostumbrado tanto a los cuerpos hiperdelgados que a una persona normal como yo le dicen curvy -un eufemismo para no llamarla gordita-. Es de locos”, comentó en una ocasión la que ya es considerada por muchos como un símbolo del feminismo en la meca del cine.

    Porque ella, tal y como confiesa sin pudor, entrena frecuentemente para estar en forma y fuerte, no para lucir delgada y con un aspecto poco sano. Y también ha llegado a expresar, para indignación de muchos, que debería ser ilegal llamar gordo o feo y humillar a alguien en televisión, refiriéndose directamente al conocido programa Fashion Police, donde Joan Rivers se dedica a criticar sin piedad a las actrices. “Es divertido cómo a Jennifer Lawrence le encantaba Fashion Police durante la temporada de premios, cuando la piropeábamos cada semana”, respondió a través de las redes sociales con ironía la comediante y presentadora.

    En febrero del pasado año, Lawrence volvió a acaparar titulares después de posar para los medios en una azotea londinense durante la presentación de Gorrión rojo. Ella lo hizo ataviada con un vestido de tirantes con una gran abertura lateral. Sus compañeros masculinos, con gabardinas y americanas. Aquello sirvió para que mucha gente pusiera el grito en el cielo en Twitter, al considerar que el gesto era otro ejemplo del machismo imperante en Hollywood.

    Pero la actriz no dudó en utilizar su perfil en Facebook para atajar la polémica y ‘defenderse’: “Esto es sexista, es ridículo, no es feminismo. Reaccionar de forma exagerada a todo lo que alguien dice o hace, creando controversia sobre cosas tontas o inocuas como lo que elijo ponerme o no ponerme, no nos está moviendo hacia adelante. Está creando distracciones tontas en problemas reales. ¡Calmaos, gente! Todo lo que me ves llevar puesto es mi elección. Y si quiero pasar frío, ¡es mi elección también!”.

    Jennifer Lawrence tampoco tiene complejos a la hora de hablar públicamente sobre determinadas cuestiones controvertidas. Y eso, ya se sabe, siempre acaba escociendo a algunos. “Estoy completamente de acuerdo cuando hay actores que dicen: ‘Los actores deberían mantenerse al margen de la política. No somos políticos’. Mi negocio se basa en que todos compren entradas y vean mi película. No es inteligente, desde el punto de vista comercial, significarse [políticamente]. Pero entonces, ¿qué sentido tiene tener voz si no voy a usarla para aquello en lo que realmente creo?'”, señaló sin titubeos en otra entrevista.

    Muy crítica con muchas de las políticas de Donald Trump, la actriz ha llegado a confesar que sus padres odian que hable públicamente de ese tipo de asuntos. Básicamente, porque les duele que la gente la pueda criticar duramente. Sobre todo, sus vecinos de Kentucky, bastión de Trump y lugar donde residen actualmente sus progenitores. Pero Lawrence, que se crió como una republicana, no se imagina votando a un partido que no apoya los derechos básicos de una mujer.

    La actriz, que en varias ocasiones se ha convertido en la intérprete mejor pagada de Hollywood según Forbes, fue también una de las primeras en denunciar —a través de una carta que levantó ampollas— la brecha salarial entre hombres y mujeres en Hollywood. Se indignó, y con razón, el día que hackearon a Sony y descubrió que tanto ella como Amy Adams habían cobrado menos que sus compañeros masculinos de reparto —Christian Bale y Bradley Cooper— por su trabajo en La gran estafa americana (2013).

    Así es ella. Incapaz de callarse ante lo que considera injusto. Está claro que protagonizar Los juegos del hambre (2012) fue lo que cambió la vida de Lawrence para siempre. Y no le resultó nada fácil adaptarse a su nuevo estatus de estrella del cine mundial. “Tomó algunos años adaptarse. Realmente, no me di cuenta de lo enojada y distorsionada que me sentía […]. Todavía me sentía con derecho a una vida determinada que ya no me permitían tener [más]. Sentía que tenía el derecho a decir: ‘No quiero que me fotografíen en este momento, no quiero gente fuera de mi casa en este momento, no quiero a mis sobrinos en People’. Sentí mucha ira de ‘¿Por qué no puedo simplemente hacer mi trabajo?’. Y luego, simplemente, te acostumbras”, confesó a un periodista.

    Como es obvio, uno de los efectos colaterales de esa fama a la que tanto le costó acostumbrarse es el contacto diario con los seguidores. Y la antipatía que a veces derrocha con los fans —la actriz no se hace fotos ni firma autógrafos en su día a día, a menos que esté trabajando— es la circunstancia a la que se agarran muchos de sus detractores a la hora de ponerla a caer de un burro, junto al hecho de que consideran algo falsa su aparente espontaneidad.

    “Creo que la gente piensa que somos realmente amigos, porque soy famosa y creen que me conocen. Pero yo a ellos no […] Así que dejo claro con mi lenguaje corporal que no quiero hablar con un extraño. Y si aun así me hablan, entonces es cuando soy grosera”, apuntó un día al respecto.

    La actriz, comprometida actualmente con el galerista Cooke Maroney, tampoco acostumbra a hablar de su vida privada, pero (casi) cada vez que lo hace, sube el pan. Lo mismo suelta en mitad de una entrevista que, antes de intimar con una pareja, le pide un examen que demuestre que no porta ninguna enfermedad de transmisión sexual —ya que al parecer padece misofobia—, que confiesa que quiere tener una granja y dedicarse a ordeñar cabras.

    De momento, eso sí, acaba de dar por finalizado el año sabático que decidió tomarse en 2018 para descansar de la vorágine en que vivía y dedicarse al activismo. Porque ella es, tal y como afirma, adicta al trabajo, y no duda en encadenar un proyecto tras otro. A fin de cuentas, no tiene un pelo de tonta, y sabe que (por mucho éxito que tenga ahora) lucha a diario contra una de las reglas más despiadadas del juego de Hollywood: las jóvenes guapas y con talento triunfan y se llevan los mejores papeles… hasta que una nueva chica joven y guapa ‘aparece’ en la ciudad.

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