Por qué Isabel Coixet merece el Premio Nacional de Cinematografía

Isabel Coixet ha ganado el Premio Nacional de Cinematografía y nosotros estamos encantados de que se reconozca la carrera de la directora.

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04 de septiembre de 2020

He aquí los motivos por los que Isabel Coixet se merece el Premio Nacional de Cinematografía que ha ganado este año.

Por no rendirse después de Demasiado viejo para morir joven
Hoy cuesta imaginarlo, pero Coixet debutó en 1988, con apenas 24 años, con una historia de estética noir y jóvenes buscándose y no encontrándose en la que abundaban las drogas. Sí que se entreveían ya sus personajes, marca de la casa, más perdidos en la vida que en un servidor en AliExpress.

 

Por sacar a Andrew MacCarthy de La chica de rosa
Cosas que nunca te dije fue una película especial por muchas razones (¿qué hacía una mujer española rodando en inglés en EE UU? ¿Cómo podía ser que Carlos Boyero hablara bien de una película?), pero también por conseguir que Andrew MacCarthy creciera.

Con su cara de niño, el pobrecito se nos había quedado encasillado como ‘love interest’ de Molly Ringwald en La chica de rosa (Howard Deutch, 1986), hasta que Coixet lo puso en un teléfono de la esperanza a ayudar a Lili Taylor. Gracias a la pareja, se empieza a fraguar su reputación internacional como directora de actores (y amante del helado de chocolate-chocolate chip, toda una rareza en la España pre Häagen Dazs de 1996).

 

Por demostrar que el cine español podía volver a ser internacional
Coixet ha sido capaz de conseguir el más difícil todavía: internacionalizar el melodrama español rodado en inglés. Hasta ella sabíamos, gracias al fantaterror de los años 70, que el cine de miedo no entendía de fronteras, pero más difícil parecía empatizar con historias más emocionales. Coixet lo ha conseguido a través de su romanticismo trágico, convirtiéndose en una autora única en nuestro panorama.

 

Porque sus anuncios son ya un icono de la España de los 90
Los anuncios de compresas de Isabel Coixet fueron toda una revolución. Coloristas, alocados, imaginativos… Condensan a la perfección el optimismo de una época. Tan relevantes que el “¿A qué huelen las nubes?” se ha convertido ya en una frase hecha del idioma español.

 

Por poner un poco de color a los Goya (ni que sea en la montura de sus gafas)
En una ceremonia tradicionalmente gris y masculina, Isabel Coixet revolucionó la platea con su mirada. Desde que recogió el Goya al mejor guion adaptado por Mi vida sin mí en 2004, con sus gafas violetas y el bloqueo lingüístico incluido, saber el color de sus anteojos se ha convertido en uno de los atractivos de la gala.

Resulta imposible que, cuando esta ella en la platea, nuestra atención no se dirija siempre hacia sus chillonas y coloristas monturas, ampliando la leyenda del amor de los catalanes y catalanas por las gafas de pasta.

 

Por adaptar a Philip Roth
Lectora compulsiva y voraz, Isabel Coixet se mueve con naturalidad en la adaptación literaria, aunque se trate de un autor tan condenadamente complejo y mitificado como el estadounidense Philip Roth. En Elegy se atrevía con El animal moribundo, en otro cóctel de referencias transnacionales que mezclaba a Roth con Diego de Velázquez, Penélope Cruz y la música de Erik Satie.

 

Por apostar por el talento joven (y femenino)
Coixet no es solo directora, sino también productora. Su empresa Miss Wasabi, por ejemplo, se encuentra detrás de la magnífica segunda película de Elena Trapé, Las distancias, o del filme de la argentina Julia Solomonoff, Nadie nos mira. Parece, pues, que Coixet se quiere centrar en el cine intimista hecho por mujeres de todo el planeta.

 

Por convertir a personas anónimas en artistas en Spain in a Day
El trabajo de Coixet siempre ha suscitado debates acerca de su españolidad. Lo hace, sobre todo, entre los que se miran el dedo y no ven la Luna. Si es cierto que muchas de sus películas tienen una clara vocación transnacional, no lo es menos que también ha expresado una constante inquietud audiovisual por lo que ocurre en España.

Spain in a Day es un magnífico ejemplo: remedando el experimento realizado por Ridley Scott, se trata de un puzzle de 22.000 vídeos caseros enviados por españoles anónimos que conformaban un apasionante retrato del país.

 

Por conseguir que Patricia Clarkson fuera (un poco menos) chica Woody Allen y fuera (un poco) chica Coixet
Coixet ha trabajado con parte de la aristocracia del cine actual, como Juliette Binoche, Ben Kingsley, Isabelle Huppert o Sophie Turner, pero en nuestro corazoncito albergamos un especial cariño por su relación con Patricia Clarkson.

La musa de Woody Allen (bueno, una de ellas), ha colaborado con Isabel Coixet en hasta tres películas (Elegy, Aprendiendo a conducir y La librería), y ya preparan juntas una cuarta (Light on Broken Glass).

 

Por ayudar a que Antony and the Johnsons fuera más popular
Antony Hegard no necesita más presentación que su hermosa voz, pero es indudable que su relación con Isabel, y su participación en La vida secreta de las palabras lo convirtió en una figura mucho más conocida en un país que no suele prestar demasiada atención a las estrellas del género indie. Buena muestra de la importancia que da a la música esta melómana compulsiva.

 

Por regalarnos un Muchachada Nui solo a la altura del de Lars von Trier
Probablemente sea la parodia la verdadera medida del éxito. En este sentido, que Joaquín Reyes y compañía aportaran su particular versión de cómo imaginaron el rodaje de La vida secreta de las palabras (con ventosidades de particulares olores incluidas) solo puede calificarse de un éxito.

 

Por tener conciencia política en un país que la desprecia
Gustará más o menos, pero Isabel Coixet se considera una intelectual y como tal actúa, algo siempre arriesgado en un país que todavía no ha normalizado este tipo de debates. Así, ha participado en las obras colectivas ¡Hay motivo! (2004) e Invisibles (2007), ganando un Goya por su documental Escuchando al juez Garzón (2011).

 

Por ser capaz de mutar al minimalismo
En un giro inédito en una carrera que siempre se ha caracterizado por el esteticismo, Isabel Coixet presentó en 2013 Ayer no termina nunca. Un escenario desnudo, Javier Cámara y Candela Peña… y una aguda reflexión sobre la crisis. Ni más ni menos. Una película que arrasó en el Festival de Málaga y que mostró la versatilidad de la directora.

 

Por haber sido capaz de competir en Cannes y en Berlín
A Coixet le ha tocado vivir tiempos difíciles del cine español en unos grandes certámenes internacionales que aceptan con cuentagotas las películas producidas aquí. Ella es una de esas gotas (la otra podría ser Pedro Almodóvar… poco más). En 2009 llevó al Festival de Cine de Cannes su Mapa de los sonidos de Tokio y, en 2015 inauguró la Berlinale con Nadie quiere la noche. Casi nada.

 

Por contar la historia de las primeras lesbianas casadas
En Elisa y Marcela, Isabel Coixet cuenta la historia de cómo dos gallegas consiguieron engañar al señor cura y a toda la sociedad para contraer matrimonio allá por 1901 en la parroquia de San Jorge de La Coruña. Una historia asombrosamente divertida para lo que nos tiene acostumbrados la directora pero igual de romántica y femenina.

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Natalia de Molina y Greta Fernández protagonizan la película de Isabel Coixet sobre la historia real de dos mujeres gallegas que se amaron y lograron casarse en 1901.