‘Identidad borrada’: así se sale de una ‘terapia para curar la homosexualidad’

Parecen salidas de una película de terror, pero ‘terapias’ antigay como la descrita en el nuevo filme de Joel Edgerton existen en el mundo real (y hacen daño). Tenemos testimonios

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05 de abril de 2019

“No paráis de quejaros de lo mucho que odiáis este sitio, pero no tenéis las pelotas para marcharos de aquí”, le espetaba Jack Nicholson a sus compañeros de manicomio en Alguien voló sobre el nido del cuco. Y Jared (Lucas Hedges), el protagonista de Identidad borrada podría decirle eso mismo a los jóvenes junto a quienes padece una de las llamadas ‘terapias de conversión’ o ‘reparativas’, presuntos tratamientos cuyo objeto es convertir a individuos LGTB (lesbianas, gays, transgénero o bisexuales) en modélicos adherentes a la norma hetero. Claro que, a diferencia de McMurphy (aquel vividor con el rostro de Nicholson que se fingía majara para evitar la cárcel), Jared también ha acudido por su propio pie a ese proceso lleno de vejaciones y administrado por un ‘experto’ (el director Joel Edgerton) de cualificación dudosa. Si no lo hiciera, tendría que enfrentarse a la ira de Dios, a la de sus padres (Russell Crowe, predicador y vendedor de coches; Nicole Kidman, con un vestuario que deja al de Aquaman en mantillas) y a su propio horror por saberse homosexual.   

Identidad borrada se basa en el libro autobiográfico de Garrard Conley, escritor y académico estadounidense que expuso en él las vergüenzas del ‘movimiento exgay’. Tras muchos pesares y zozobras, Conley triunfó en las librerías describiendo desde dentro este difuso conjunto de iniciativas, originado en la derecha religiosa de EE UU, que promete salvar a sus adherentes de la promiscuidad compulsiva, la drogadicción, el sida y otros males derivados (según ellos) de una sexualidad no normativa.  

Sé hetero: juega al béisbol

Al igual que Garrard Conley y su álter ego Jared, Christopher Dean se expuso voluntariamente a un intento de conversión sexual. “Entré en esos grupos cuando tenía 21 años”, cuenta este estadounidense residente en España que pasó casi un lustro sometiéndose a una ‘terapia reparativa’ en su país natal. “Crecí en un entorno muy religioso y por entonces era mormón: eso fue lo que me animó a hacerlo”, prosigue Dean, aunque también puntualiza que, aunque ese ‘tratamiento’ se inspiraba en “principios cristianos”, en él la presencia de la fe era mucho menos asfixiante de lo que muestra Identidad borrada. 

Por lo demás, el filme arroja un retrato bastante fiel de lo que se cuece en esos centros según lo describe Christopher Dean: “La parte en la que intentan convencer al protagonista de que es gay porque odia a su padre es algo que yo he vivido. También practicábamos deporte porque eso nos ayudaría a no sentirnos fuera de lugar cuando nos juntásemos con heterosexuales”. La experiencia de Dean, eso sí, difiere de la película en lo que respecta a las personas sometidas a este lavado de cerebro heteronormativo: mientras que el personaje de Lucas Hedges comparte su ordalía con otros adolescentes, Christopher encontró en la suya a gente de todo tipo. “En mi experiencia no hay un perfil [de ‘paciente’]. Yo me encontré con jóvenes, mayores, casados, solteros…”. Algo que, añade, produjo un efecto opuesto al buscado por los ‘terapeutas’: “Me habían enseñado que ser gay te empujaba a ser de una determinada manera, y esa diversidad me sorprendió mucho”. Según afirma, aquello que él y sus compañeros tenían más en común era “la represión y la baja autoestima”.

Por otra parte, explica Christopher Dean, el fundamento científico de la ‘terapia’ era tan nulo como lo fueron, a la postre, sus resultados. “Es pseudociencia, como la homeopatía”, opina. Pero Gabriel J. Martín, psicólogo especializado en temas LGTB, considera que ese término sería demasiado piadoso: “No llega ni a eso –asegura– porque la pseudociencia parte de evidencias no científicas; esto son técnicas coercitivas empleadas para que la gente no se salga de estándares marcados por la religión”. Tomando el relevo de prácticas más agresivas (de la hipnosis a la lobotomía, pasando por las descargas eléctricas) y partiendo de una versión desviada del conductismo, las ‘terapias reparativas’ emplean un sistema basado en premios y castigos, buscando reforzar una clase de conductas y anular otras. “El comportamiento que se premia tiene más que ver con estereotipos de género que con la opción sexual: ‘hombre’ es el que va a ver el fútbol, bebe cerveza y piropea a las mujeres”, señala Martín, quien apunta a otro talón de Aquiles de estas prácticas: “Su concepción de la opción sexual parte de conductas observables, no de sentimientos: nunca te dirán que un homosexual o una lesbiana es alguien que se enamora de personas de su mismo género”. Dado este quedarse en las apariencias, sentencia el experto, un supuesto ‘éxito’ consistiría en crear “una persona que imita comportamientos pero sigue sintiendo lo mismo”. 

¿Dónde está la ley?

Aunque algunas películas (la tronchante But I’m a Cheerleader, para empezar) se han burlado de ellas, las ‘terapias reparativas’ no son cosa de broma: tanto Christopher Dean como Gabriel J. Martín coinciden en señalar lo dañinas que resultan para sus víctimas. De ahí que, además de estar desautorizadas por muchas organizaciones de psicólogos y psiquiatras, hayan sido objeto de medidas legales. 14 estados de EE UU prohiben su aplicación a menores de edad, y en España son cuatro las autonomías  (Valencia, Murcia, Andalucía y la Comunidad de Madrid) que las vetan expresamente. Mientras medidas legislativas de más alcance se hacen de rogar, uno siempre puede quedarse con la ironía de ver cada cierto tiempo titulares sobre cómo alguno de sus practicantes o defensores, bien ha sido sorprendido in flagranti con un trabajador del sexo, bien ha decidido dejarse de zarandajas y vivir su sexualidad abiertamente. “Mi primer terapeuta, que estaba casado y tiene tres hijos, acabó saliendo del armario”, cuenta Christopher Dean. “Él y yo montamos un grupo de Facebook para antiguos compañeros: es nuestra propia terapia para recuperarnos de lo que nos han hecho”.

Identidad borrada se estrena el 5 de abril.

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