Houston, esto sí que son problemas

Hace treinta años, los astronautas del Apolo XIII estuvieron a un paso de desaparecer en el Espacio. En recuerdo de su hazaña, te ofrecemos este repaso a las astronaves más gafes de la Historia del cine

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14 de abril de 2010

 Apollo 13

Apollo 13 (Ron Howard, 1995)

La nave: La decimotercera expedición del proyecto Apollo, la mayor iniciativa espacial de la NASA hasta el día de hoy. Debería haber sido el tercer vuelo tripulado en posarse sobre la Luna, tras los descensos del Apollo 11 (julio de 1969) y el Apollo 12 (noviembre de ese mismo año).

La (sufrida) tripulación: Con Tom Hanks como comandante, Kevin Bacon como piloto y Ed Harris dirigiendo el control de tierra, la Apollo 13 de celuloide tenía más estrellas dentro que fuera.

El problema de marras: Entre el 13 y el 14 de abril de 1970, una serie de fallos eléctricos y explosiones en los tanques de oxígeno estuvieron a punto de convertir al Apollo XIII en chatarra espacial. El alunizaje fue abortado, y los tripulantes tuvieron que maniobrar el vehículo hasta devolverlo a la Tierra. Sin desmerecer la gravedad de la peripecia ni el mérito de la película (nominada a nueve oscars, de los que ganó dos), hemos de decir que esta peripecia se queda corta si la comparamos con las que listamos a continuación.

La Estrella de la Muerte   

La Guerra de las galaxias (G. Lucas, 1977) y El retorno del Jedi (R. Marquand, 1983)

La nave: Una estación espacial del tamaño de un planeta pequeño, construída por un maligno Imperio Galáctico y dedicada a arrasar el Cosmos al por mayor… Sólo le falta un cartel gigante donde se lea “destrúyeme”, por si los héroes no se han enterado de algo. Tras ser eliminada una vez (en La Guerra de las galaxias) fue reconstruída con medidas de seguridad mejoradas, sólo para caer de nuevo a manos de los rebeldes.

La sufrida tripulación: Soldados de asalto y oficiales de la Marina Imperial, todos bajo la estrecha supervisión de Darth Vader. Con un jefe así, la disciplina está asegurada, pero es que además la Estrella de la Muerte ha recibido visitas del Gran Moff Tarkin (Peter Cushing) y del mismísimo Emperador Palpatine (Ian McDiarmid). Así mismo, como nos recordaba Kevin Smith en Clerks, un considerable número de trabajadores de la construcción en el papel de víctimas inocentes.

El problema de marras: Un fallo de ingeniería en su núcleo, que facilitó a Luke Skywalker hacer picadillo la primera versión con un certero disparo de su caza Ala-X. La segunda encarnación de este ingenio maléfico parecía invulnerable… Pero que si quieres arroz, Catalina: mientras el joven Skywalker resolvía su complejo de Edipo en el interior, Lando Calrissian (Billy Dee Williams) aprovechaba el mismo defecto para repetir la historia, culminando todo en una bonita explosión.

Discovery 

2001: Una odisea del espacio (S. Kubrick, 1968)

La nave: Sobrio y eficaz, el diseño de la Discovery era de lo más puntero cuando se estrenó 2001, y sigue siendo un ejemplo bastante plausible de cómo sería un vehículo dedicado a la exploración del espacio profundo.El mérito corresponde al escritor y científico Arthur C. Clarke (guionista) y al diseñador de efectos especiales Douglas Trumbull.

La sufrida tripulación: David Bowman (Keir Dullea) y Frank Poole (Gary Lockwood) podrían pasar a la historia como los cosmonautas más rutinarios y sosos del celuloide, si no estuviesen acompañados por otros navegantes espaciales en estado de hibernación, aún menos conversadores que ellos. Dirigiendo Kubrick, ¿qué te esperabas? ¿Alegres contrabandistas y chicos de pueblo con vocación de caballeros Jedi? Sí, claro…

El problema de marras: HAL 9000, un ordenador superpoderoso con graves problemas de personalidad y una voz (en inglés, Douglas Rain) capaz de sacar de quicio, por su inexpresividad, a un lama tibetano. Tras hacer una bonita escabechina entre la tripulación y ser desconectado por Bowman, único superviviente, HAL sería resucitado en 2010, Odisea dos (1984), una de las secuelas con menos fuste de las que tenemos memoria. Por supuesto, en esta nueva encarnación nuestra computadora psicópata favorita era un ángel de bondad.

Estrella Oscura 

Dark Star (John Carpenter, 1974)

La nave: Frente a los mastodontes espaciales que pueblan este informe, la diminuta y achaparrada Estrella Oscura parece un utilitario. Cosa que corresponde a su función, porque esta astronave se dedica a recorrer las galaxias en busca de estrellas defectuosas, agujeros negros y demás desechos peligrosos. Un camión de la basura cósmico, vamos.

La sufrida tripulación: Tratándose del debut del genial John Carpenter, es natural que los ocupantes de este vehículo sean desganados curritos espaciales, siempre fumando como carreteros y más preocupados por volver a casa que por convertirse en héroes. Entre ellos podemos ver al recientemente desaparecido Dan O’Bannon, futuro guionista de Alien, el octavo pasajero.

El problema de marras: Una bomba de antimateria provista de inteligencia artificial, con unos problemas existenciales que convierten a HAL 9000 en inofensivo, por comparación. La única forma de desactivar este maléfico ingenio es… Una sesión de psicoanálisis en gravedad cero.

Nostromo 

Alien, el octavo pasajero (R. Scott, 1979)

La nave: Con menos glamour que Belén Esteban en Sexo en Nueva York, la Nostromo es un carguero espacial dedicado al transporte de minerales… Y de formas de vida exóticas, aunque sus tripulantes no tienen por qué saber esto último.

La sufrida tripulación: Un atajo de profesionales mal pagados, mal alimentados y con muy malas pulgas nacidos de la pluma de Dan O’Bannon. Entre ellos destacan el navegante Kane (John Hurt), un chico con mucha vida interior (ver video más abajo), Ash (Ian Holm), científico eficiente pero de maneras algo robóticas y, sobre todo, la teniente Ripley (Sigourney Weaver), la tía más dura a este lado de la Vía Láctea. Sin olvidar a la gata Jonesy, probablemente el ser vivo más espabilado de a bordo.

El problema de marras: ¿Te suena la palabra “xenomorfo”? A los tripulantes de la Nostromo tampoco, pero no tardarán en aprender que se trata de un bicho alienígena de repugnantes métodos reproductivos y hambre insaciable. La criaturita irá devorando a nuestros chicos uno por uno, dando ocasión al director Ridley Scott para ensayar innovadores contraluces, efectos especiales punteros (para la época) y otras técnicas para meter el miedo en los cuerpos del público.

Libertad e Independencia 

Armageddon (Michael Bay, 1998)

Las naves: Dos transbordadores espaciales gemelos, adaptados para servir como plataformas nucleares contra meteoritos con malas pulgas.

La sufrida tripulación: Reclutados entre lo más florido y granado de las prospecciones petrolíferas y al mando del megamolón Harry Stamper (Bruce Willis) a bordo de este par de preciosidades podemos encontrar a tipejos de poco fiar (Steve Buscemi), ingenuos sin remedio (Owen Wilson), y a Ben Affleck como el inevitable chuloplayas enamorado de la hija del jefe, una Liv Tyler sinuosa pero más bruta que un arao.

El problema de marras: Un meteorito del tamaño del estado de Texas se dirige hacia la Tierra a velocidad absurda, y la única forma de detenerlo es… ¡Mandar a un equipo de mineros para que lo dinamiten desde dentro! Está claro que sólo al director de Transformers se le podía ocurrir una historia tan delirante, rematada con momentos de heroísmo over the top y baladas heavys de los Aerosmith.

Icarus II 

Sunshine (Danny Boyle, 2007)

La nave: Sobria y elegante en su diseño, sospechosamente similar al de la Discovery de 2001,la Icarus II tiene como objetivo detonar una bomba atómica en el corazón del Sol: resulta que, en el futuro, al Astro Rey le ha dado por apagarse dejando la Tierra a oscuras y muerta de frío. Por cierto, si quieres saber lo que le ocurrió a la Icarus I… Mejor pregunta en otra parte.

La sufrida tripulación: A diferencia de la Nostromo, y a semejanza de su antepasada la Discovery, la tripulación de este vehículo se compone de sesudos científicos con Cillian Murphy a la cabeza. ¿Estaría el futuro director de Slumdog Millionaire intentando enmendarle la plana a Kubrick? Qué va…

El problema de marras: Por si el colapso de nuestra estrella central fuera poco, resulta que el aislamiento, la larga duración del viaje y (suponemos) el calorcito hacen que la tripulación del Icarus II pierda progresivamente la cabeza a los sones de la música de Clint Mansell. A ésto debemos sumar la irrupción de un fanático religioso (Mark Strong) convencido de que el apagón solar es un designio de Dios, y que los hombres deben resignarse a su suerte, y todo eso…

Elysium 

Pandorum (C. Alvart, 2009)

La nave: Creada como una suerte de Arca de Noé cósmica, la Elysium contiene los últimos rastros de vida de una Tierra moribunda. Su misión: encontrar otro planeta habitable donde la Humanidad pueda prosperar. Cargándose, de paso, el medio ambiente de su nuevo hogar, como está mandado.

La sufrida tripulación: Un buen día, te despiertas y descubres que llevas ropas de astronauta. Después, un tío raro con la cara de Dennis Quaid te informa de que realmente eres un astronauta embarcado en un viaje de siglos por el Espacio, y que el proceso de hibernación te ha hecho perder la memoria. Si crees que eso son malas noticias, espera a ver lo que aguarda fuera de la sala de control…

El problema de marras: La larga duración de su trayecto ha convertido a la Elysium en una suerte de ecosistema, tan chungo como sólo un entorno cerrado y opresivo puede serlo. Para empezar, la mayoría de la tripulación y el pasaje han olvidado que están a bordo de una astronave, mutando a causa de la radiación y convirtiéndose en zombis caníbales. Para seguir, el desgaste de sus componentes ha convertido a la nave en una trampa mortal a punto de reventar (cosas de los reactores nucleares). Y para colmo está el pandorum, una suerte de vértigo espacial con efectos imprevisibles. Como, por ejemplo, amnesia y cambios de personalidad…

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