Hace 15 años, ‘Spider-Man 2’ ya dijo todo lo que había que decir sobre el cine de superhéroes

Con el estreno de 'Spider-Man: Lejos de casa' a la vuelta de la esquina es buen momento para repasar los aciertos de uno de sus más ilustres antepasados.

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30 de junio de 2019

Dentro de unos pocos días se estrena una nueva segunda película de Spider-Man. La tercera-segunda película, para ser más exactos, e inevitablemente Lejos de casa será comparada de una u otra forma con los films anteriores. Los constantes reboots que ha atravesado en los últimos años el personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko han permitido esta peculiar coyuntura, y ya que nadie tiene muchas ganas de acordarse de Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro, el principal referente con el que ha de lidiar resulta ser el Spider-Man 2 de Sam Raimi, de cuyo estreno en España se cumplen ahora 15 años.

Desde entonces las cosas han cambiado mucho, pero se ha llegado a cierto consenso de que el hombre araña se halla en uno de los momentos más dulces de su historia. Su personificación a manos de Tom Holland, que le ha devuelto a sus años escolares, es uno de los puntos fuertes del Universo Cinematográfico de Marvel, mientras que fuera de sus márgenes, en Spider-Man: Un nuevo universo, los espectadores han podido asistir a una de las visiones más hermosas del superhéroe. La película de animación estrenada por Sony Pictures, más allá de sus aciertos estéticos, se beneficia de una comprensión absoluta de la mitología del trepamuros, y no es raro que alguien la considere como lo mejor que se ha hecho nunca con el personaje.

Ya que Un nuevo universo cuenta con un Spider-Noir doblado por Nicolas Cage, quiénes somos nosotros para cuestionar este estatus, pero es inevitable percibir este film, junto con la versión de Tom Holland, como inspiradas extensiones y puestas a punto de un discurso que ya enarbolaba de forma completa la película protagonizada por Tobey Maguire en el año 2004. Obviamente, Un nuevo universo lo llevó a una perfección formal inseparable del cómic en el que había nacido y el MCU consiguió amoldarlo a su poderosa maquinaria industrial, pero todo estaba ya en Spider-Man 2.

Porque antes del pelazo de Andrew Garfield, antes de volver al instituto y antes de darle el relevo a Miles Morales, Spider-Man 2 fue la película que mejor entendió al personaje. Así como, también, la encargada de conducirlo a una de las primeras cumbres del cine de superhéroes.

LOS PRECEDENTES 

La primera película protagonizada por Spider-Man se estrenó en el año 2002, después de que los éxitos de X-Men y Blade dieran cuenta del atractivo que los tipos con mallas estaban recobrando, luego de la debacle de Batman & Robin. Dirigida por un Sam Raimi sin ganas de limitar su estilo característico a la gran productora que respaldaba el proyecto, la aproximación que ofrecía Spider-Man era estupenda y todo un derroche visual, pero se quedaba bastante lejos de la perfección.

¿Los motivos? Pues básicamente los mismos que un espectador posterior, curtido en el boom superheroico, podría achacar a cualquier historia de orígenes. Spider-Man se veía obligada a transitar un camino prefijado repleto de checks, algo que podía tranquilizar a los fans (cuyo posible desagrado de todos modos no era tan aterrador en 2004 como lo es hoy en día), pero que lastraba el ritmo de la película. Viéndose en la necesidad de retratar los años de instituto, la muerte del tío Ben, la llegada al Daily Bugle y otros tótems de la génesis arácnida, la narración del film era sumamente ortopédica, paliada habilidosamente por la inventiva de su director y, de forma inesperada, por el mejor J. Jonah Jameson posible. Es decir, el de J.K. Simmons.

El film, más allá del “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad” que se repetía de forma machacona, no podía respirar ni llevar su temática más allá del siguiente punto de giro anticipado ceñudamente por los lectores. Cosa que a la larga dio igual, porque Spider-Man fue un éxito en taquilla y se anunció que tendría secuela seis días después del estreno. Su título original era The Amazing Spider-Man, y sus responsables intuían que, esta vez, tendrían una película autosuficiente entre manos.

Spider-Man 2 ya se encontraba en el ADN de la primera película. Incluso estaba planeado que el Doctor Octopus apareciera en el film inaugural y se uniera al Duende Verde en su cruzada contra el trepamuros, pero los guionistas pensaron con buen tino que otra historia de origen era lo único que faltaba para que la historia se les fuera totalmente de las manos. La idea, por tanto, era que todo continuara más o menos igual para seguir desarrollando coherentemente los elementos de la primera entrega, y a la hora de enmarcarlos en un argumento que así lo permitiera Raimi fijó como referentes Superman II, dirigida por Richard Lester en 1980, y el número 50 de The Amazing Spider-Man titulado Spider-Man no more!

La secuela de Spider-Man resultó ser tan satisfactoria como continuista. Ni siquiera se aplicaban del todo en ella los principios de “más de lo mismo pero más espectacular” que suelen regir estas continuaciones, puesto que apenas había personajes nuevos, el supuesto villano no aparecía hasta pasada la hora de película y, por si fuera poco, la mayor parte de las escenas de acción respondían a un patrón muy específico: demostrar lo penoso que era todo esto para Peter Parker.

LA LETRA PEQUEÑA DEL CONTRATO

Lo que más sorprende de una película como Spider-Man 2, dejando de lado cómo hayan podido envejecer sus efectos digitales (no demasiado bien, ya que pasamos por aquí), es lo comprometida que está en todo momento con lo que quiere contar. Cada secuencia, cada diálogo y cada decisión de puesta en escena están al servicio de la temática, y hay numerosas ocasiones en las que, estudiadas de forma individual, pueden determinar por sí solas el sentido unívoco de la película.

Ejemplo inmejorable es la primera escena, desplegada tras unos créditos que sólo precisaban de la apabullante música de Danny Elfman para ser geniales, pero es que además tenían que hacer un recap de la película anterior a través de unas ilustraciones preciosas. Dicha escena comienza con un primer plano del cartel de Mary Jane (Kirsten Dunst) siendo contemplado por un obnubilado Peter Parker montado en moto, y que a causa de esta distracción casi se choca con el jefe de la pizzería para la que trabaja. Ya entonces se presenta el conflicto y se reduce a sus esencias: el deseo (estar con la chica del anuncio) frente al deber (el tipo de la pizzería) y las desgracias en las que deriva su confrontación (el cuasiatropello).

Gran parte del metraje de Spider-Man 2 está dedicado a contemplar a Peter Parker lidiando con una vida diaria al borde del colapso, revolviéndose agónica entre aquello que le gustaría y aquello que sabe que debe hacer. Peter tiene que seguir yendo a la universidad para no decepcionar al Dr. Connors (Dylan Baker). Peter también debe hacerse cargo de su familia, puesto que a su tía May (Rosemary Harris) están a punto de embargarle la casa. Tiene que repartir tiempo entre un amigo traumatizado que le necesita (Harry Osborn encarnado por James Franco), conseguir pagar el alquiler para no ser desahuciado, y conservar su puesto como fotógrafo en el Bugle. Y, por si fuera poco, ha de ser Spider-Man. No le queda otro remedio.

Esta angustiosa rutina no sólo sirve para dispensarle una empatía absoluta a cualquier tipo de espectador (sobre todo si este resulta ser freelance), sino que además ayuda a darle a Spider-Man 2 un tono muy distintivo, de tragicomedia poderosamente romántica. Porque, por encima de todos estos embolaos, Peter sigue enamorado de MJ, pero es consciente de que con una vida como la suya sería incapaz de mantener una relación sentimental estable.

La película, por tanto, se regodea en someter al personaje de Tobey Maguire a todo tipo de tropelías; no sólo emocionales sino también físicas. Entre que el rostro de palo de Peter presencia cómo le roban las copas en una barra libre, le vacilan los porteros de un teatro (impagable el cameo de Bruce Campbell) y medio campus le pisotea sin contemplaciones, Spider-Man 2 ocasionalmente echa el resto y nos provee además de momentos de exquisito valor simbólico, como la escena que encuentra al protagonista en una lavandería.

Ahí Peter saca su ropa tras esperar un rato pensando en Mary Jane, y se encuentra con que el traje de Spider-Man ha desteñido el resto de prendas, teniendo todas ellas ahora un color rosado. Expresando, de una forma tan amarga como humorística, cómo ser el dichoso trepamuros está contaminando su vida y a todos los involucrados en ella.

Spider-Man 2 es una película llena de ideas, pero todas ellas sirven a un propósito concreto: dibujar el encarnizado combate de las responsabilidades frente a los deseos, y cómo puede llegar a perturbar la indecisión de no saber qué elegir. En su expresión más definitiva, dentro del film, tenemos lo que acaba ocurriendo cuando Peter pierde sus poderes, pero también tenemos lo que sucede con el Dr. Otto Octavius, interpretado de modo formidable por Alfred Molina.

EL ROSTRO EN EL ESPEJO

Con el permiso de Venom, el Dr. Octopus ha sido ampliamente considerado como la némesis de Spider-Man en los cómics; por eso mismo no deja de ser curioso que su rol en la película de Raimi se reduzca prácticamente a una subtrama. Una que, no obstante, forma parte indivisible del armazón temático de Spider-Man 2, por suponer una eficaz contrapartida de lo que le ocurre al protagonista. Como Peter, la pérdida de un ser querido le ha conducido a una situación extraordinaria (concretamente, la muerte de su esposa Rosie, de la que también se siente culpable) y, como Peter, ha de decidir entre sus impulsos egoístas y el bien.

El momento en que decide es el mismo en el que se convierte en el Dr. Octopus y se confirma como un reflejo oscuro del protagonista, pero ya antes de su transformación ha tenido ocasión de enunciar esta dicotomía ante el mismo Parker. En la charla que mantiene con él antes de que todo se vaya al carajo, Otto dice que “los dones hay que utilizarlos por el bien de la humanidad” para poco después pasar a asegurar que “ocultar el amor puede volverle a uno enfermo”. Peter, obviamente, cree que ambas cuestiones son incompatibles, pero el equilibrio que parece haber alcanzado Otto (teniendo tanto una mujer que lo ama como la posibilidad de ayudar a la gente y disfrutar con ello) propicia un rápido acercamiento.

Otto, así, es dibujado como un mentor para el protagonista, una decisión bastante novedosa que, una vez visto el buen resultado de Spider-Man 2, tendría réplica en la serie de animación de 2017 y en el magnífico juego de PlayStation 4 desarrollado por Insomniac Games el año pasado. Cuando pierde a Rosie, Octavius se ve empujado a guiarse por los deseos que fomentan la inteligencia artificial de sus brazos mecánicos, y pretende reconstruir su máquina no por el bien de Nueva York, sino por el de su propio ego.

Es, en líneas generales, lo mismo que sucede con Peter. La ansiedad causada por estas preocupaciones acaban derivando en que pierda sus poderes, y dado que su compromiso con las enseñanzas del difunto tío Ben ya estaba por los suelos, decide verlo como una oportunidad para guiarse exclusivamente por lo que quiere hacer. Al ritmo de Raindrops Keep Falling on my Head, Peter no se pierde una clase, puede planear una relación duradera con MJ (aun cuando esta ya se haya comprometido con otro) y, consecuentemente, ha de observar cómo a su alrededor siguen ocurriendo cosas malas sin que él haga nada. Porque no tiene poderes pero, también, porque está cansado de hacerlo.

Pero el mundo necesita a Spider-Man, y a medida que lo comprende puede ser capaz de hacerle ver a Octavius su equivocación, que hace unos minutos era la suya propia. Este entendimiento se materializa en la que posiblemente sea la escena más memorable de la película, cuando ha de ayudar a su tía May a hacer la mudanza de la casa de la que finalmente le han echado. En dicha escena May libera a Peter de la culpa por la muerte de Ben (que le había confesado minutos antes), y de repente ser Spider-Man deja de ser una limpieza de conciencia por el trauma de su tío.

Para convertirse en algo distinto. En lo que siempre debió ser. Segundos después de que May le quite esa carga, aparece un niño llamado Henry que también les ayuda a empaquetar sus cosas, y desvela su preocupación por el hecho de que Spider-Man se haya podido marchar. “Niños como Henry necesitan héroes”, dice May, y reflexiona sobre por qué alguien como Spider-Man puede inspirar de esta forma a tanta gente.

La razón es la valentía. “A veces para hacer lo que es correcto debemos renunciar a lo que queremos, incluso a nuestros sueños”. Y una vez Peter lo interioriza, ya puede volver a ser nuestro amigo y vecino.

“A POR ELLOS, TIGRE”

Spider-Man 2 es una obra tan sofisticada que no sólo consigue que cada uno de sus elementos sirva a un propósito global, sino que también puede darse el lujo de jugar en otros ámbitos de complejidad como podrían ser el metalenguaje o la resignificación. A lo primero obedece, por ejemplo, esa música callejera que canta terriblemente mal el tema clásico de la serie de Spider-Man de los 60, mientras que de lo segundo podemos disfrutar en las ocasiones que el film de Raimi tiende puentes visuales con la primera película. Para, acto seguido, demolerlos.

El momento en que Peter trata de recuperar sus poderes y se pega un trastazo calibre dieciséis es un eco paródico de la escena de la primera Spider-Man donde aprendía a usarlos, mientras que el cierre del film, con Spider-Man balancéandose por Nueva York, se ofrece como un giro amargo a la exaltación superheroica del film anterior. Esto se debe a que lo último que vemos de Spider-Man 2 no es al personaje titular haciendo el cabra por el espacio urbano, sino el rostro de Mary Jane comtemplándole en la lejanía tras haber abandonado a su novio en el altar, en pos de una relación que sabe que no va a ser fácil. Y de ahí su mirada, que ofrece asimismo una rima con el plano del cartel que abría la película dos horas antes.

Su asombrosa inteligencia consigue sacar oro de la inagotable mitología del personaje, y su cuidado argumento, desarrollado sin prisa alguna, le permite ir pulsando tecla por tecla todo lo que hace de Spider-Man el superhéroe favorito de cualquier persona con un poco de respeto por sí misma. La tragedia profundamente humana que lo circunda es omnipresente, pero también se deja llevar por los momentos de heroísmo y de exaltación del individuo de a pie que contiene el personaje, como cuando tras la pelea en el tren los ciudadanos de Nueva York le identifican como uno de ellos, aseguran que no le contarán a nadie su identidad secreta, e incluso tratan de defenderle de Octopus (sale mal).

Toda esta sabiduría, sin embargo, no libra al film de ciertos defectos como podrían ser unos diálogos a los que les faltan reescrituras a porrillo o, sobre todo, un calamitoso Tobey Maguire, capaz de convertir cada escena de hondura dramática en un descarte de Forrest Gump. No obstante, la película trasciende todas estas fallas a fuerza de una narrativa muy cuidada, por la que hay que agradecerle el esfuerzo tanto al guionista Alvin Sargent como a la puesta en escena intuitiva y disfrutona de Raimi, incapaz de no caer en ciertos excesos que redondeen la simpatía de la propuesta, como cuando se marca una escena terrorífica en el hospital y la culmina con Octopus gritando “Ahora nadie podrá detenerme”, poseído por un inesperado espíritu cartoon.

Su afán por la concreción es tal que nunca se ve en la necesidad de ser rompedora o visionaria, sino que se limita a jugar con lo que tiene, y en el camino logra de propina medirse con otros hitos posteriores del género, como la dignidad urbana en tiempos de crisis de El caballero oscuro (ya esbozada en la citada escena del tren), o la importancia espiritual del ser superheroico de Logan (con ese momento en que May vende sin piedad los tebeos que Peter leía de niño). Y, al mismo tiempo, nunca deja de ser tan lúdica y medida como las mejores películas del Universo Cinematográfico de Marvel. Porque lo tiene todo.

En su visceral análisis de la psicología de Peter Parker y de su condición de ser humano frente a lo superheroico, Spider-Man 2 llega incluso a aproximarse a las mejores escenas de Un nuevo universo. Pues, si en esta teníamos un funeral donde todos los asistentes exhibían máscaras de Spider-Man, aquí nos encontramos con otra escena igualmente avasalladora capaz de resumirlo todo.

Es la que tiene lugar antes del tercer acto, cuando Peter, sin poderes de ningún tipo, siendo más que nunca cualquiera de nosotros, arriesga su vida para salvar a una niña de un incendio. Demostrando por qué nos gustan tanto los superhéroes, y por qué no hay quien acabe con su fiebre 15 años después del estreno de Spider-Man 2.

Porque el heroísmo anida en cualquiera de nosotros y, en efecto, todos podemos ser Spider-Man. Con el matiz de que sólo los más valientes se sobrepondrán a sus deseos personales y a las dificultades, y podrán acabar siéndolo.

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