‘Grease’: Rock and Roll… and Sarandonga

Iba para subproducto y se convirtió en el musical más popular de la historia: celebramos el lanzamiento de su edición 40 aniversario para darnos una capa de brillantina.

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10 de mayo de 2018

Ningún biopic puede llegar a emular la biografía de Allan Carr. No habría suficiente caviar, champán, cocaína, ni chulazos. Se convirtió en el auténtico Rey de Nueva York y Emperador de Los Ángeles con una serie de fiestas que convertirían las de Gunilla von Bismarck en una baby shower. Eran tan excepcionales que pronto hubo que bautizarlas: en la Fiesta del Colchón Nureyev, el bailarín tenía un hombre desnudo dispuesto para tener sexo con él en cada una de las habitaciones (y en su casa de Beverly Hills, antaño propiedad de Ingrid Bergman, había muchas).

Carr era representante de actores y productor de teatro en Broadway, pero pronto descubrió que el secreto de las fiestas era añadirle un poco de rock’n’roll: Mick Jagger o Rod Stewart se codeaban con Salvador Dalí y Sidney Poitier. Normal que pronto le ofrecieran promocionar el estreno de Tommy, la ópera rock de The Who. Allan tenía un pie en Hollywood, y metió los dos cuando le encargaron promocionar una película de bajo presupuesto titulada ¡Viven!… y se convirtió en uno de los taquillazos del año. Aquello parecía fácil. ¿Por qué no meterse a productor? ¿Por qué no producir Grease?

Grease fue escrita por Jim Jacobs y Warren Casey en 1971, en medio de la moda de los musicales de peluquería (Jesucristo Superstar, Hair…). Hablaba de los chicos y las chicas maltratados por el sistema en Chicago con unas dotes de realismo que no acababan de encajar en el mundo de caviar beluga de Allan Carr. Mientras los mayores se torturaban con el trauma de Vietnam y películas como El cazador, los jóvenes querían fiesta (aquel mismo año se estrenó Desmadre a la americana, por ejemplo). Y Carr se la iba a dar.

“No sé de dónde saqué el dinero… ni la energía”, contaba Carr a People en 1998. A renglón seguido añadía: “Gran parte fue suerte”. Casi todas las decisiones de Carr, muchas de ellas tomadas más con la bragueta o el tarjetero que con la cabeza, estuvieron a punto de convertir el filme en un desastre. Quería que los T-Birds y las Damas Rosas fueran los hijos de la flor y nata de la sociedad yanqui con los que pasaba sus noches: del retoño del presidente Ford a la niñita de Lucille Ball, por ejemplo, con el aliciente de testar como entrenador al actor porno Harry Reems y que los Beach Boys interpretaran Greased Lightnin’.

La suerte, en forma de actor principal, fue poniendo a cada uno en su sitio. Y es que Carr se alió con el productor Robert Stigwood, otro hombre de Broadway que ambicionaba entrar en el mundo de Hollywood. Stigwood aportó la clave de bóveda del proyecto: un semidesconocido John Travolta con el que había firmado por tres películas, convencido de que sería la mayor estrella de la época. No se equivocó: con él filmó Fiebre del sábado noche y Grease. Casi nada.

Sandy, sin embargo, no acababa de aparecer. Probaron a Carrie Fisher, pero sonaba desafinada. Carr tiró de contactos: en una cena había conocido a una cantante australiana llamada Olivia Newton-John. Pero había problemas: no se consideraba actriz y tenía siete años más que Travolta (¡29!), por lo que le daba terror parecer vieja. Nada que la sonrisa de Danny Zuko no fuera capaz de solucionar…

En las entrevistas rodadas para los extras del 20 aniversario, Travolta declaró: “La razón por la que insistí en Olivia es que, en aquella época, todos los muchachos de EE UU querían que fuera su novia. Y yo pensaba lo mismo. Eso le daba verosimilitud a la historia”. Newton-John no era, sin embargo, la mayor del instituto Rydell, privilegio que recaía en Stockard Channing (Rizzo) que, con 33 castañas, era tres más vieja que el director, Randal Kleiser.

La elección de Kleiser demostraba que Travolta no se iba a limitar a lucir tupé. El realizador era un antiguo compañero de dormitorio universitario de George Lucas que había trabajado con el actor en El chico de la burbuja de plástico. Su experiencia en musicales, sin embargo, no pasaba de haber sido extra en las pelis de Elvis Presley. Por lo tanto, era un director ideal para los tejemanejes de Travolta: “Randal nunca había dirigido un musical y lo que hizo fue genial, nos dejó que lleváramos nosotros la batuta. Recuerdo que yo quería ceñirme al guion de Broadway, y él no puso pegas”.

Kleiser tampoco era tonto, y como ha deslizado al New York Post, pronto comprendió la nueva situación con Travolta: “Ahora tenía un séquito alrededor. De repente dijo que tenía un perfil bueno y uno malo. Solo quería que le rodara por el bueno”. Kleiser podía acceder a eso, pero ¿sustituir un perrito caliente por un primer plano de la estrella durante su interpretación del tema Sandy? ¡Eso sí que no! “Aquel perrito caliente era fantástico. No quería rodar un primer plano porque me encantaba el perrito caliente. Fue una guerra… pero gané”.

En otras batallas con otros miembros del equipo, sin embargo, Travolta salió victorioso: se apropió del número Greased Lightnin’ que, en teoría, debía cantar Kenickie (Jeff Conoway), para disgusto de la coreógrafa Pat Birch. Cierto es que Jeff estaba tan metido en su papel de adolescente hormonado que se dedicó durante todo el rodaje a su vida sexual, según contó Channing a Vanity Fair: “Nos reíamos con él porque, en la pausa de la comida, su tráiler siempre se bamboleaba”. Jeff era igual de apasionado con Stockard como Kenickie con Rizzo: “El chupetón que muestro en la peli era real. Me lo hizo él”. 

Tanto la actitud como la permisividad con John Travolta se debía a sus circunstancias personales. Justo antes de iniciar el filme había fallecido la actriz Diane Hayland, el amor de su vida. Travolta se volcó en el trabajo… y en las manos de una espiritualidad, digamos, peculiar. La escena de la carrera en el viaducto se saldó con una infección por aguas putrefactas para el director Randal Kleiser. Travolta se plantó en su camerino y… pretendió sanarle con la imposición de manos. “Estaba con fiebre y él venga a tocarme con su índice una y otra vez, y yo diciéndole que ya me notaba mejor… Como al día siguiente me bajó la temperatura, dijo que había sido gracias a él, claro”.

Con todo, el rodaje pasó sin mayores problemas, siendo la escena más dura el concurso de baile, rodada en el gimnasio real de un instituto durante los cinco días de una canícula californiana que hizo desfallecer a los actores. También fue el descubrimiento de que Newton-John era algo más que un florero: “No tenía que bailar, pero cuando se dieron cuenta de que podía poner un pie delante de otro, cambiaron la coreografía”, recordaba en 2008. Lo que la hizo sudar de verdad fue embutirse en el vestuario de la que ella bautizó como “Sandy 2”, la mariposa sexy del You’re The One That I Want: “Encontramos esos pantalones de lycra de los años 50. Me los tuvieron que enfundar casi con calzador, porque la cremallera estaba rota. Tuve que estar todo el día sin beber, ¡no podía quitármelos para ir al lavabo!”. 

Cuando llegó la hora del estreno, la ristra de periodistas haciendo cola para insultar al filme era parecida a la de los tartazos al entrenador Calhoum a final de curso. Pocos filmes han pasado a la historia con críticas tan ofensivas. Al mismo tiempo, el filme hacía dinero a una velocidad que ni el Greased Lightnin’. Hasta 2008 con Mamma Mia!, fue el musical más taquillero de la historia. Se calcula que lleva ganados unos 400 millones de dólares, lo que no está mal si tenemos en cuenta que solo costó seis. En la radio ocurría otro tanto: Grease y You’re The One That I Want fueron número uno, y Hopelessly Devoted to You número 3 en EE UU. Esta última, escrita especialmente para Olivia, fue la seleccionada para los Oscar, pero perdió ante un temazo disco como Last Dance.

Ni que decir tiene que en la virulenta recepción se mezclaba tanto el desprecio al estrafalario Allan Carr como la extrañeza de tamaño homenaje al horterismo: en las calles empezaba a atronar el punk con sus salivazos e imperdibles, y aquellos treintañeros que interpretaban a adolescentes recuperaban la música, la estética y la inocencia de los 50. Hollywood habría aprendido a hacer dinero no con el pasado, sino con un pasado soñado que nunca existió. La maquinaría de la nostalgia se había puesto a funcionar a pleno rendimiento. Y ya no se detendría hasta hoy.

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