Goya 2020: Toda la gloria para Pedro Almodóvar

El manchego se reconcilia con la Academia alzándose con siete galardones, entre ellos el de mejor director, mejor película para 'Dolor y gloria' y actor para Antonio Banderas

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26 de enero de 2020

El Apocalipsis había llegado a Málaga pero no en forma de temporal e inundaciones sino de número musical. Solo un milagro podría hacernos olvidar esa historia de nuestro cine bailada y cantada con la que arrancó la gran noche del cine español en el Palacio de Deportes José María Martín Carpena de Málaga. Ni siquiera el monólogo inaugural de Andreu Buenafuente y Silvia Abril, igual de inspirado que el del año anterior a pesar de sus chistes a Pedro Sánchez –¿eran chistes o le estaban haciendo la pelota?– lograrían borrar de nuestra mente esas escenas de Bienvenido Mr. Marshall, Viridiana El día de la bestia con aspiraciones de ser West Side Story. Ni eso ni las sillas de plástico del patio de butacas.

Pero el milagro llegó. Desde Galicia. Benedicta Sánchez, nominada a mejor actriz revelación a sus 84 años, demostró sobre el escenario la que significa la palabra “riquiña” llevándose la primera estatuilla de Lo que arde. Un premio tan bien dado como el de Teresa Font, montadora mítica de Fanny Pelopaja, Jamón, Jamón o El día de la bestia que volvió a casa con su segunda estatuilla por Dolor y gloria.

La gala iba a buen ritmo (no es broma) y muy bien repartida: dirección artística para Mientras dure la guerra (Juan Pedro de Gaspar), canción original para Intemperie (Javier Ruibal) y música original para Dolor y gloria –Alberto Iglesias rompió su propio récord, 11 cabezones–. Pero entonces llegó el galardón al mejor guion adaptado y la sala de prensa arqueó las cejas a una. ¿Intemperie? No por los hermanos Remón, dramaturgos y cineastas imprescindibles, ni por la novela de Jesús Carrasco, sino por el premio a una película que ya sorprendió al colarse entre las nominadas.

Todo volvió a la normalidad (manchega y piscinera) cuando Pedro Almodóvar salió a recoger el premio a mejor guion original y le dio, de paso, unos consejos de escritura de guion a Pedro Sánchez. Fue muy cordial. Tanto como Silvia Abril bailando a Beyoncé –Who run the World? Girls– y Enric Auquer, mejor actor revelación por Quien a hierro mata, dedicándole el premio a los antifascistas del mundo. ¡Es lo que se lleva!

Llegaron unos premios técnicos merecidísimos. El que reconocía la labor tan enxebre de Mauro Herce fotografiando el fuego en Lo que arde, el que distinguía el complejo sonido de La trinchera infinita,  y los efectos especiales de El hoyo. Llegó el turno entonces de una buena idea, la de acercar el cine español a sus (cada vez más lejanos) espectadores a través de figuras tan apreciadas como Ona Carbonell, James Rhodes o Carles Puyol. No tanto, todo sea dicho, como el chiste del mejor actor de reparto de Deliveroo.

Entre tanto cineasta comprometido… ¿Ninguno se acordó de denunciar la situación de los falsos autónomos sin derechos laborales que les llevan el sushi y las pizzas en bicicleta? Tampoco ninguno tuvo un cariño para los damnificados malagueños por el temporal Gloria, a excepción del presidente de la Academia Mariano Barroso, cuyo discurso fue certero, conciso y de los más oportunos que se recuerdan. Habló de lo que se celebra nuestro cine fuera y homenajeó a todos esos profesionales ajenos a los focos y, sin embargo, imprescindibles.

Amenábar cogió carrerilla –actor de reparto para Eduard Fernández, dirección de producción, maquillaje y peluquería y  diseño de vestuario–. Santiago Segura ganó el premio al mejor entregador de Goyas de la noche –”a estas horas esta gente ya está traspuesta”, dijo con más razón que un santo– y la estupenda Buñuel en el laberinto de las tortugas se alzó con la estatuilla a la película de animación. Muy merecido el premio a Los Miserables, mejor película europea, y no tanto el de su homóloga iberoamericana, La odisea de los giles. La cuota de discurso social de la gala llegó con el documental ganador, Ara Malikian, una vida entre cuerdas.

El homenaje a Marisol emocionó por su ausencia (y no tanto por los números musicales, ¡basta ya!); de la misma manera que Julieta Serrano –mejor actriz de reparto por Dolor y gloria– lo hizo por su innegable presencia. Ganó la única mujer nominada a mejor dirección novel –Belén Funes por La hija de un ladrón–, algo, sin embargo, imposible en la categoría de mejor dirección a secas porque todos los premiables eran hombres. Belén Cuesta le brindó su segundo Goya a La trinchera infinita y Antonio Banderas, álter ego de Almodóvar en Dolor y gloria, subió a recoger el galardón más predecible de la noche, lo que nos recordó que aún quedaba su número musical (santo dios). Y, por cierto, detengámonos un momento en esa manía de hacer que Penélope entregue un premio después de no dárselo a ella. Está feo.

Al corazón de Banderas le damos el alta definitiva por aguantar intacto a los premios que culminaron la gala: mejor película para Dolor y gloria y mejor director para Almodóvar. Al manchego le debemos no solo uno de los mejores filmes del año sino un final inmejorable para la gran noche de los Goya: un discurso en el que pidió al Gobierno y al Estado que defiendan el cine de autor. ¡Bravo! Ese sí que era el milagro que esperábamos.

 

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