[Goya 2017] Rodrigo Sorogoyen: “La visita del Papa enfrentó a las dos Españas”

Hablamos con el director de 'Que Dios nos perdone' sobre la JMJ, Antonio de la Torre y los seis premios a los que está nominada su tercera película

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01 de enero de 2017

En noviembre, un puñado de cineastas miraba con esperanza el estreno de Que Dios nos perdone, premio al mejor guión en el Festival de San Sebastián y película recientemente nominada a seis estatuillas en la 31 edición de los Premios Goya. La hazaña de su director, Rodrigo Sorogoyen, no había pasado desapercibida en una industria en la que faltan talentos treintañeros detrás de las cámaras. En 2013, el director de 8 citas consiguió, con una película financiada por crowdfunding y protagonizada por Aura Garrido y Javier Pereira, lo que casi todos los directores esperan cuando se embarcan en un proyecto de bajo presupuesto: que el resultado suscite la llamada de un productor. Tras las Biznagas que Stockholm logró en el Festival de Málaga y su reconocimiento en los premios Goya y Feroz, fue el productor de El hijo de la novia o El secreto de sus ojos quien descolgó el teléfono para preguntarle a Rodrigo Sorogoyen si tenía algún guión en la despensa. Esa historia que esperaba su momento era Que Dios nos perdone.
 
 
Con Cien años de perdón, Tarde para la ira, El hombre de las mil caras y, ahora, Que Dios nos perdone, 2016 pasará a la historia como el año del thriller en el cine español. ¿Crees que esta coincidencia de títulos es casual?
No puede haber sido casual. Algo de azar habrá, pero creo que lo que hay son ganas de contar un tipo de historia, un tipo de personajes. Tarde para la ira y Que Dios nos perdone comparten una misma rabia. Es cierto que Raúl [Arévalo] la escribió hace mucho tiempo. Pero que se le esté dando foco a este tipo de pelis tan violentas implica quizás que los que confían en ellas comparten esa necesidad de contarlas.

Las dos retratan también un Madrid sucio y caótico… ¿Crees que la ciudad ha cambiado desde que empezasteis con el proyecto?
Yo no veo que haya cambiado pero quiero pensar que algo sí lo ha hecho. Voy a la Puerta del Sol y es la misma de entonces. A pie de calle no se nota el cambio, a niveles más elevados sí que debe de haber una sensibilidad mayor. Sí noto en las conversaciones con la gente, en lo que dicen los medios, que hay una mayor concienciación.

No hay muchas películas que retraten Madrid como lo hace Que Dios nos perdone…
Entiendo que la gente que hace películas en sus ciudades no están enfadados con ellas, que les apetece retratar lo bonito, lo agradable. Esta peli nace de un clima muy jodido. De los paseos que daba de mi casa a la de Isabel [Peña, coguionista] para trabajar. Un día me encontraba con un señor que se comía un muslo de pollo del Kentucky Fried Chicken recogido del suelo, otro día había dos tíos discutiendo a grito pelado… Pensaba: “¿Pero qué es esto?”. A ese ambiente sórdido se le añade de pronto la visita del Papa. En el fondo, entraron en contradicción las dos Españas. Madrid se convirtió en dos bandos. Gente encantada con que viniese el Papa [a la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada entre el 16 y 21 de agosto de 2011], una parte de Madrid que lo recibió feliz, a él y a toda esa multitud que invadió la ciudad. Y otro bando que era un estado laico que no quería que eso ocurriese, o que lo hubiese querido de otra forma.

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Pero este clima en la película sólo sirve a la atmósfera…
Eso es. No hay una crítica institucional o política. Una vez que teníamos este fondo, pensamos: “Ahora, ¿de qué va la peli?”. Intentando ser originales y jugando también a lo clásico, creamos una pareja de policías y un asesino en serie. Queríamos un thriller costumbrista.

¿Escribisteis el guión pensando en Antonio de la Torre y Roberto Álamo, los protagonistas?
Antonio de la Torre estaba desde el principio. Para mí, es el mejor actor del país, lo creo de verdad. Aquí hace de tartamudo, un personaje casi Asperger y sin empatía, así que imagínate el reto. Como estaba desde el principio, trabajamos mucho el personaje. Roberto Álamo también era mi primera opción, además sabía que los dos se conocían y tenían buena química juntos.

Tanto en Stockholm como en Que Dios nos perdone se vislumbra una mirada dura sobre la realidad, poco propia de tu generación.
Sí. Yo soy un tipo positivo, me parece una buena actitud para convivir con los demás, pero quizás no la mejor para creer que el mundo es así. Como generación, lo hemos tenido todo y ni nos planteábamos las cosas, pensábamos que siempre nos iba a ir bien. Mis películas, en este sentido, muestran una realidad un poco más incómoda. Yo ya estoy anestesiado con Que Dios nos perdone pero hay gente que se sorprende mucho de lo violenta y dura que es.

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Que Dios nos perdone no hubiese sido posible sin Stockholm, una película que rodaste en tu casa, con tus amigos, y que financiaste por crowdfunding.
Es algo soñado, una aventura que no tendría por qué haber salido tan bien. Haces una peli con poca pasta, le gusta a más o menos gente, pero se puede quedar ahí la cosa.

De todas las películas de bajo presupuesto o financiadas por crowdfunding, quitando a Carlos Vermut, la tuya es la única que ha conseguido que un productor levante el teléfono y te pregunte si tienes un guión.
Exacto. Menos mal que existe Gerardo Herrero [se ríe]. Y ahora he recibido otras llamadas, un par de productores interesados. Pero ya tengo la siguiente película apalabrada con Gerardo Herrero, un guión que volvemos a escribir Isabel y yo. Si todo va bien, rodaremos en abril. Es un thriller de corrupción política, de un político corrupto, pero contado desde lo cotidiano.

Has dicho alguna vez que no siempre ibais a escribir thrillers, pero vais camino de hacerlo, ¿no?
No. Tengo escrita una peli a lo Cesc Gay, una peli pequeña de personajes, un drama romántico tipo En la ciudad. Una peli para hacer con mi productora, con la que hicimos Stockholm, pero se me han puesto los dientes largos con el Festival de San Sebastián. Quiero hacer pelis más potentes que concursen allí.

Tú has conocido todas las posibilidades de hacer una peli en España. Antes de hacer Stockholm dirigiste 8 citas, una película dentro de la industria.
Sí, tenía 25 años, estaba recién salido de la ECAM y no tenía ni idea de nada. Estuve a punto de no aceptar. Yo había hecho un corto que era como 8 citas pero en drama, cuatro historias de cuatro parejas en cuatro momentos distintos. El corto era malo pero el concepto molaba. Peris Romano [codirector de la película], que era mi compañero de piso entonces, lo vio y sugirió hacer un largometraje en comedia para que fuese más comercial. Y a él le debo mi primera peli, porque él tenía los contactos. Vendimos el guión. Yo curraba entonces de camarero y no tenía un duro, así que venderlo ya fue un subidón. Y, de pronto, nos avisan de que la película se va a hacer. Estuve un mes pensándome si lo hacía o no. No era mi primera opción para un debut. Yo creo que los directores soñamos con un debut más glamuroso. Pero también había mucho respeto por mi parte, porque no sé qué pintaba yo dirigiendo una película. Además, en la escuela de cine había estudiado guión, no dirección. Pero luego pensé : “Tengo que hacerlo, es como un máster pagado. Por muy mal que salga voy a aprender un montón”. Y no me arrepiento.

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Era una época en la que no costaba tanto financiar películas como ahora.
Sí. Era una peli barata, además. No barata como las pelis baratas de ahora, pero barata para la época. Se dijo que la película se hacía y se hizo, a los tres meses estábamos a punto de rodar. Para mí, fue difícil, aunque poco a poco me fui soltando. Delegué mucho en Peris y tuve la suerte de que actuaban amigos que me hicieron sentir más seguro. Estaban Raúl Arévalo, Cecilia Freire, Javier Pereira, María Ballesteros…

Habías estudiado la carrera de Historia…
Sí, y mientras estudiaba hacía cursos de guión y de dirección. Cuando terminé la carrera hice los tres años de la ECAM en guión. Tenía claro que quería ser director pero el guión me gustaba mucho y me sigue gustando.

¿Cómo es el trabajo con Isabel Peña, tu coguionista?
¿No viste que le pedí matrimonio [artístico] en San Sebastián, en la gala de clausura, cuando nos dieron el premio a mejor guión? La verdad es que cada vez veo más difícil escribir yo solo, por lo fácil que es trabajar con ella. Si yo fallo, ella está; y al revés. Nos conocimos en la ECAM, ella estaba en un curso menos pero es una tía que llama mucho la atención, siempre me pareció interesante. Entré a currar en televisión y buscaban guionistas chicas, así que la recomendé. Hizo una prueba y la cogieron. Empezamos a convivir en la serie, y, cuando me puse a escribir Stockholm, mi intuición me dijo que mejor si lo hacía con ella y no solo o con otro tío. Escribimos Stockholm, que, al principio, era un corto. Después vino Que Dios nos perdone; luego, la de Cesc Gay y, además, tenemos otra que está a medio hacer que es como mi gran peli, ojalá se haga, mitad thriller mitad intimista. Empieza siendo un thriller y a la mitad se agota, es como Stockholm al revés. Y, para terminar, está esta política que acabamos de escribir. Cada vez nos conocemos más y es más fácil trabajar juntos. Cuando le pedí matrimonio fue una manera de decirle: “No te vayas”.

¿Qué es lo que más te gusta del oficio de director?
Con lo que más disfruto es cuando estás rodando, cuando dices “acción” y sucede la magia. Pasa dos o tres veces en un rodaje. Pero ahí es cuando dices: “Por esto soy director”. Todo lo demás ya lo sabes y, si no lo sabes, te lo han dicho. Lo demás son quebraderos de cabeza, negociar con todo el mundo, renunciar a muchas cosas, y el azar. A veces te salen las cosas bien y a veces mal. Cuando ya no hay nada más que negociar, entre el “acción” y el “corten”, de pronto ocurre… Iba a decir que ocurre justo lo que tienes en la cabeza. No, ocurre algo más bonito. Gracias a un actor o a un fotógrafo o al dire de arte… Eso es lo que me fascina del cine, que todas las disciplinas, que todos los seres humanos que trabajan ahí, consigan que ese plano, que ese travelling o que ese actor funcionen y que ocurra la magia.

¿Recuerdas algún momento en el que haya sucedido esa magia en Stockholm y en Que Dios nos perdone?
En Stockholm, la escena de la discusión de las llaves no estaba en el guión, la escribimos durante el rodaje. Yo tuve una crisis, porque de pronto pensé que no había clímax en la película. Escribimos una pelea antes del epílogo de la terraza. El lenguaje visual, que había ido saliendo a lo largo del rodaje, era de planos cada vez más fijos. Y ese clímax es un plano fijo muy teatral, de ocho minutos, un plano fijo no muy bonito. Hicimos siete tomas con presión, porque Javi [Pereira, coprotagonista con Aura Garrido] se tenía que ir al teatro. Hicimos muchas tomas pero, antes de irse, Javi dijo: “Una última”. Y esa es la que usamos al final, que es en la que están los dos genial. En momentos como ese sientes que has hecho cine. En cuanto a Que Dios nos perdone, diría que la escena en la que María Ballesteros le lleva el gazpacho a Antonio de la Torre. Fue lo último que rodamos. Las primeras cuatro semanas de rodaje fueron muy duras pero las cuatro siguientes fueron mucho más fáciles. Estaba yendo muy bien esa escena, así que decidí rodarla en plano secuencia. Disfrutamos muchísimo. Repetimos por tener más tomas, pero ellos dos estaban muy bien en todas. Ahí me sentí más director, en el sentido de que tomé una decisión arriesgada pero intuyendo que iba a salir bien.

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