Por qué ‘Goldfinger’ es la mejor película de James Bond

Considerado el mejor Bond de la historia, 'Goldfinger' fijaría para siempre algunos de los atributos de Bond: el coche, la música… y el humor.

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06 de abril de 2020

Hasta Goldfinger (o, según su título español, James Bond contra Goldfinger), Bond era Bond pero no era Bond. Me explico: hasta Godlfinger, Bond no conducía un Aston Martin DB5 con más accesorios que el campeón de un concurso de tuning; tampoco su aventura se iniciaba con un prólogo; ni se atronaba al personal con unos títulos de crédito en los que la voz de Shirley Bassey (¡¡esa voz!!), bramaba por primera vez al ritmo de los metales John Barry. También fue el primer Bond en tener una première por todo lo alto…

Lo cierto es que las cosas no empezaron del todo bien: a mitad de la producción se murió el papá de Bond, el escritor Ian Fleming, todavía con la sorpresa en el rostro de ver cómo su serio espía se había convertido en un personaje casi cómico. Terence Young, director de las dos primeras entregas, se hartó de filmar al servicio de su majestad y cambió a la realeza por la casquivana Moll Flanders.

Aun así, Cubby Brocoli tenía claro que la tercera de Bond iba a ser la buena: tendría el mismo presupuesto que las dos anteriores juntas y sería su puerta de entrada al mercado estadounidense. Para eso, necesitaba a un villano lo suficientemente inteligente como para poner en jaque al país más poderoso del mundo…

Porque sí, Peter Parker, que lo que tú quieras, que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, pero es justo que, sin un gran villano, un héroe no es nadie. Bond podía ser muy guay, y el Dr. No un bastardo de primera, pero hasta que 007 no se topó con el sádico Auric Goldfinger, la franquicia no cogió vuelo. Y sobraban los motivos. Qué tiparraco el tal Auric. Cuando asesinaba a una de las amantes de Bond (Shirley Eaton), lo hacía con un tormento de muchos kilates: embadurnándola en oro.

Imagen de tal poder icónico que acabaría por aparecer en la portada de la prestigiosa revista LIFE. La escena fue de lo más arriesgada y casi le cuesta la vida a la actriz, Shirley Eaton, a la que, efectivamente pintaron a pistola en presencia de un médico, pues había riesgo real de asfixia.

Tan bien les quedó el personaje encarnado por el alemán Gert Fröbe (protagonista, por cierto, de la española El cebo, de Ladislao Vadja), que el guionista Maibaum quiso “resucitarlo” en forma de hermano gemelo en la posterior Diamantes para la eternidad. El único que no acabó contento con el personaje fue el hombre que le dio nombre pues Goldfinger debe su bautismo al vecino del escritor Ian Fleming, un arquitecto y diseñador de bastante fama llamado Ernö Goldfinger.

Ernö se vio reflejado en la novela de Fleming y lo llevó a juicio. En un momento dado, se planteó la posibilidad de cambiar el apellido del personaje a Goldprick (polla de oro), pero la idea no prosperó. Debido a la popularidad de la cinta y a lo inhabitual de su apellido, al pobre Ernö le llamaban todo tipo de gamberros para tomarle el pelo. Fleming, al que le gustaban poco sus diseños y, sospechamos, todavía menos perder al golf con Ernö, debía estar encantado.

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Luego estaban los secuaces de Goldfinger: el mudo coreano Oddjob (Harold Sakata, cuyo nombre artístico de luchador profesional era Tosh Togo) y su afilado bombín volador como una estrella ninja, y (¡palabras mayores!) la “vengadora” Honor Blackman, lesbiana nada disimulada (“no malgaste su atractivo, soy inmune”, le dice a 007) a la que la masculinidad de Bond redimía a golpe de violencia de género y que (no se aceptan dudas) tenía el mejor nombre de villana de la historia de la saga: Pussy Galore (Chocho a gogo).

De hecho, ha sido resucitada en la última novela de James Bond, Trigger Mortis, de Anthony Horowitz. Honor ya era talludita para los estándares de Hollywood de la época pero, a sus 38 años, lucía una espléndida madurez en pantalones y puntiagudos sujetadores que realzaban su “poitrine” y la hacían competir en atractivo entre los hombres de la época el Aston Martin DB 5, por siempre jamás asociado a 007.

De entre todos los gadgets (ametralladoras, asientos eyectables y demás paparruchas), la que tuvo más éxito fue el más simple: el cambiador de matriculas. Cuentan que no fue una idea de Q, ni del talentoso diseñador de producción Ken Adam, sino del propio director, Guy Hamilton, harto como estaba de que los bobbies le pusieran multas por aparcamiento indebido en Londres. Por cierto, el bólido fue misteriosamente robado en 1997 y nunca recuperado.

Semejantes enemigos tenían que tener aviesas intenciones. Evidentemente, el plan de Goldfinger (la Operación Grand Slam) para conquistar el mundo no era perverso, era genial y, para los que no lo hayan visto, tan moderno que el de la hipster serie de televisión Mr Robot parece de aficionados: poner una bomba atómica en Fort Knox, la reserva de oro estadounidense, para acabar con la economía del planeta al convertir todo el oro en altamente radiactivo.

“El hombre ha escalado el monte Everest. Ha llegado al fondo del océano. Ha enviado cohetes a la Luna. Dividido el átomo. Ha obrado prodigios en todos los campos del conocimiento humano, ¡salvo en el crimen!”, obviamente, ya sabemos de quién aprendió Gru todas sus habilidades de supervillano.

Goldfinger (1964)

La Operación Grand Slam era lo general; en lo particular, Goldfinger quiso acabar con Bond castrándolo con un láser lentamente, con sus esbirros tardando más en darle matarile que Bella y Edward en consumar en Crepúsculo. Normal que como señala González Laiz, el tormento fuera parodiado en Austin Powers como “mecanismo mortal innecesariamente lento” (léase con voz de Florentino Fernández).

Tanto apuró que, según la autobiografía de Albert J. Luxford, responsable de los efectos especiales, a puntito estuvieron de derretir el miembro viril de Sean Connery en la escena de marras, pues a falta de láser, la plancha se derretía con una pistola soldadora.

Lo cierto es que Bond se merecía que le tocaran las gónadas. Pocas veces se ha mostrado James tan sobrado y chulesco como en Goldfinger, en especial en lo que al alcohol se refiere: nos habla del “decepcionante cognac” que le ofertan en una reunión laboral, pero lo que ya es de bofetada es su comentario de cama a la pobre Jill Masterson: “a una temperatura superior a los cuatro grados (el Dom Perignon del 53) es tan malo como escuchar a los Beatles sin taparse los oídos”. Los fab four y 007: el imperio británico renacía golpe de humor y pop.

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