Elsa no tiene pareja, ni la necesita

Ante el inminente estreno de 'Frozen II', reivindicamos la soltería de Elsa. Sea heterosexual o lesbiana, ¿no tiene también derecho a estar sola?

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19 de noviembre de 2019

Contaba el productor Peter Del Vecho hace un par de años que, en un principio, Frozen. El reino del hielo (2013) iba a girar en torno a una profecía según la cual “un gobernante con el corazón de hielo destruiría el reino de Arendelle”. En esa versión, la todopoderosa reina Elsa era, ante todo, una amante despechada que, tras ser abandonada en el altar el día de su boda, congelaba su corazón para no volver a amar nunca más. Afortunadamente, aquella villana ‘clásica’ (en el peor sentido de la palabra) desembocó en una de las heroínas Disney más queridas y revolucionarias del estudio.

Más allá de su deslumbrante animación digital, la película dirigida por Chris Buck y Jennifer Lee fue ante todo una ruptura (o actualización) del canon arcaizante de una Disney empeñada en hacer de sus princesas damiselas en apuros, vinculadas a algún interés romántico. Lo ha mandado la tradición durante años, incluso en las apuestas más modernas: desde las dependientes Blancanieves, La Bella Durmiente, La Cenicienta o La Sirenita, hasta las noventeras BellaMulán, con más carácter pero aún así entregadas al amor ciego. Por fin, nada de eso importaba en Frozen. Lo más cercano a este cliché que encontrábamos (y se trataba más bien de una crítica al cliché) era el ‘enamoramiento’ de Anna, que había leído demasiados cuentos de hadas, con Hans, un príncipe maleante de oscuras intenciones.

Así pues, teníamos a una reina soltera que se bastaba y se sobraba en la vida, una princesa que acababa con sus pájaros en la cabeza de un plumazo, y la mayor historia de amor que puede haber en cualquier universo, real o ficticio: el de dos hermanas. Adiós a las monarcas clásicas, a los príncipes azules y a las perdices pasadas por arras y arroz para bodas. Hola a los viajes de autoconocimiento, a la reivindicación de uno mismo, al amor fraternal y a “soltar” el potencial de una historia en clave femenina. Hola a una Disney más madura, representativa y, por qué no, feminista.

 

Se soltaron la melena

Frozen fue un éxito de taquilla absoluto: los peluches de Olaf se vendían como churros mientras niñas de todo el mundo se colocaban la peluca blanca de Elsa para entonar Suéltalo o Hazme un muñeco de nieve. Y, con el éxito, llegó el debate sobre la sexualidad de la protagonista, que eso de que estuviera soltera al final de la producción quedaba raro. Ni interés romántico tenía durante los 98 minutos de metraje.

Entre esas pocas ganas de echarse pareja, ese arco argumental con hincapié en la superación de tabúes y ese Let It Go tan poderoso, la voz del fandom LGBT se hizo oír, considerando extraoficialmente a Elsa como la primera princesa lesbiana del estudio. En unos meses, los fans lanzaron una campaña en redes sociales pidiendo que Disney hiciera oficial la identidad sexual de la monarca de Arendelle, bajo el hashtag #GiveElsaAGirlfriend (“Dadle una novia a Elsa”).

Y, como si de una app de ligues se tratarse, pronto empezaron a salirle novias por todos lados. Los seguidores se anticiparon a los ejecutivos de la Casa del Ratón, adjudicándole a la joven reina una lista de presuntas que iba desde otras princesas creadas para la ocasión hasta Mérida. La protagonista de Brave (2012), recordemos, también fue en su momento objeto de una polémica a cuenta de su posible sexualidad.

Cuando la película de la arquera pelirroja de las Highlands llegaba a los cines estadounidenses coincidiendo con el Orgullo, críticos y analistas afirmaban que podría ser homosexual basándose en su soltería, sus pocas ganas de pasar por el altar y su ángulo feminista (“Dado que su carácter no está programado por su sexualidad, a diferencia de Ariel, Jasmin [Aladdin] o la Cenicienta, podría ser lesbiana”, se aseguraba). Características que un año después se repetirían en Elsa. Pero, nos preguntamos, ¿cómo va esto? ¿Princesa sin interés romántico y transgresora=lesbiana?

 

Ante todo, mujeres independientes

La conversación sobre la sexualidad de Elsa ha vuelto más fuerte que nunca con el inminente estreno de Frozen II, que llega este viernes a la gran pantalla. Quien escribe estas líneas aún no ha visto el filme, por lo que no sabe qué rumbo tomará la vida amorosa de la protagonista. Lo que aquí queremos plantear es una pregunta muy sencilla: ¿Por qué diantres tiene que tener Elsa una pareja? ¿Quiénes somos nosotros para obligarla a enamorarse, como si de no hacerlo estuviera incompleta? ¿No es esa la idea más machista del mundo? En plena era de movimientos como #MeToo y empoderamiento femenino (que ya iba siendo hora), ¿vamos a dar 50 pasos atrás y menospreciar a la mujer sin ataduras?

Este no en un artículo sobre si Elsa es heterosexual o lesbiana. Es más, ojalá Disney se atreva de una vez a poner un protagonista abiertamente gay en sus ficciones animadas (que es lo que realmente tendrían que hacer) y abogue así por una mayor representación e inclusividad en sus historias, sin miedo a represalias por parte de los lobbies conservadores. Pero ese es otro tema… Lo realmente importante aquí es que deberíamos dejar de buscar pareja a toda princesa o monarca que presuma de soltería porque independencia, empoderamiento y poder de decisión son valores que también tenemos que fomentar hoy en día.

Afortunadamente, la nuestra ya no es la Disney en la que una princesa necesita un beso de amor para despertar de un sueño profundo, ni la de una sirena que entrega su voz para estar con el hombre con el que se ha obsesionado. Tampoco la de una Bella con un agudo síndrome de Estocolmo o la de una Pocahontas enamorada de su colonizador. La de ahora es la Disney que se abre a la diversidad de género y raza con Tiana (Tiana y el sapo), Rapunzel (Enredados) o Vaiana.

Es la Disney de Elsa, una heroína autosuficiente, fuerte e independiente, capaz de salvar su reino sin despeinarse la coleta, una mujer con corona, pero sin necesidad de reyes ni reinas. Sin historias de despecho ni abandonos en el altar. Porque, como en la vida misma, los finales felices ya no se escriben en clave de boda, y esa enseñanza de Frozen es importante y reivindicable.

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