‘Foodie Love’: Isabel Coixet y HBO nos ponen los dientes largos

Tortilla de cruasán y anchoas con dulce de leche son algunos de los platos que degustan Laia Costa y Guillermo Pfening en la serie de la cineasta catalana

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06 de junio de 2019

Foto © Zoe Sala Coixet / HBO España

No hace falta que sigan empeñándose, no la van a convencer: el arroz con bacalao de los mediáticos cocineros, y hermanos, Torres (es en su restaurante barcelonés, reconvertido en set de rodaje, donde tiene lugar este encuentro) no formará parte de ninguno de los menús que comparten los protagonistas de Foodie Love, la serie que une los caminos de HBO y de Isabel Coixet.

“No soporto el bacalao, qué le vamos a hacer”, advierte la directora y arquitecta del proyecto, detalles gastronómicos incluidos. Ella ha elegido cada una de las delicatessen, cada uno de los locales, que sirven de marco para las citas de dos personajes que se han conocido en una app que, si aún no existe, debería estar ya en nuestros smartphones: “Una amiga que trabaja en el departamento de parques y jardines de Nueva York me habló de una aplicación para aficionados a la horticultura. Desde ahí imaginé una app donde la gente pudiera compartir la mejor croqueta o el mejor ramen fuera de Japón…”, explica.

Así que esta foodie confesa se inventó un argumento que une romanticismo, drama y toques de humor, y que por encima de todo quiere poner en valor la comida. Y se erige en diseñadora de una carta que quita el hipo y despierta el hambre: “Todo lo que comparten los protagonistas de Foodie Love forma parte de mis gustos personales en la cocina. De la tortilla de cruasán con jamón ibérico de Les Truites, que es un invento alucinante, a la anchoa con dulce de leche de La Pepita”, una tapa que Coixet elige para definir el tono de la serie. “Esa mezcla agridulce la explica bien”, afirma.

© Zoe Sala Coixet / HBO España

En Foodie Love, una editora y un matemático, encarnados por Laia Costa (Polseres Vermelles, Victoria) y el argentino Guillermo Pfening (Nadie nos mira), comienzan con un café, repiten con un cóctel, y continúan sus encuentros en locales y restaurantes de Barcelona, el sur de Francia, Roma y Tokyo. “Hablan, comen, piensan y follan”, dice Coixet.

“Son dos personajes muy complicados en una historia de amor muy simple; son muy cerebrales, siempre están dos pasos por delante de sí mismos, viendo si además están un paso por delante del otro, y eso les une en su complejidad”, añade Laia Costa. “Aunque la comida sea un personaje principal, en realidad es el contexto, la estructura tampoco es la de un restaurante molón por episodio. En realidad, a medida que su historia de amor avanza, se va dejando el mundo foodie cada vez más aparte”.

Para la actriz, instalada en Miami, este proyecto supone su regreso a casa tras participar en otra serie internacional, Devils (para Sky Italia) y después de varias experiencias consecutivas amarrada al cine indie norteamericano (Newness y Duck Butter, dos de esos filmes rodados por Laia Costa al otro lado del charco, y que no llegaron a nuestras salas, están disponibles en Netflix).

“Me apetecía mucho divertirme, estaba cansada, después de tres años sin parar, y me apetecía muchísimo llegar al set sin dramas. Aunque me hace gracia cuando decís que esto es un chollo: no sé cuántos actores se comerían cuatro boles de ramen a las 7 de la mañana”, exclama socarrona. Y es que en esta serie, los actores siguen a rajatabla aquel viejo consejo de nuestras madres: cuando te inviten a comer, no te dejes nada en el plato.

Con ocho episodios previstos de media hora, Foodie Love responde al espíritu disfrutón de su directora, que tira de agenda y apunta al carro a cómplices como Yolanda Ramos o a la actriz, cineasta y dramaturga francesa Agnès Jaoui, que aparecen en la serie. Y convence para hacer cameos a celebridades como Ferran Adrià o Haruki Murakami (“no quería decir una palabra ante la cámara; así que saldrá haciendo footing”, dice entre risas, a propósito del conocidísimo hobby del escritor japonés).

Tiempo de plataformas

Recién llegada al mundo de las series, Coixet reconoce que si no lo hizo antes no fue por falta de oportunidades. “Me habían sugerido adaptar alguna novela que no veía en ese formato. Me ofrecieron dirigir un par de capítulos de series como True Blood o Homeland, pero irme a Canadá con esas producciones en marcha, con los actores rodados y los decorados hechos, no me hacía sentir cómoda. Hasta me llegaron a ofrecer algunos episodios de Narcos, eso ya era lo último”, ríe.

A punto de estrenar en Netflix su último largometraje, Elisa y Marcela, y con este proyecto para HBO, Isabel Coixet se zambulle en el mundo de las plataformas digitales. “Creo que en este momento, si quieres seguir contando historias, te tienes que adaptar, sin más. No le doy muchas vueltas, soy muy práctica para este tipo de cosas. Cuando Netflix me propuso participar en la película, por ejemplo, dije que sí inmediatamente. Gracias a ellos, pudimos hacerla. Y aceptaron que pudiera estrenarse en algunas salas de cine”, argumenta la directora

De esta manera, Coixet le lleva la contraria a de monstruos sagrados como Christopher Nolan, Steven Spielberg o Pedro Almodóvar. Apunta Coixet: “Creo que es muy fácil hablar desde posiciones de privilegio, cuando eres un director consagrado puedes hacer lo que te dé la gana. Los demás nos tenemos que adaptar. Es como si dices que quieres que tus artículos sólo se publiquen en papel: no puedes… ¡si quieres seguir siendo periodista!”.

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