[FICX 2019] ‘No creas que voy a gritar’: 450 películas para superar el desamor

El francés Frank Beauvais acude al cine como consuelo y condena, refugio y prisión, formando un caudaloso collage con centenares de películas. Palpita y duele.

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17 de noviembre de 2019

Una parte de nosotros se desgaja cuando alguien sale de nuestra vida; pérdida que puede sentirse físicamente en el propio cuerpo. Un rostro en blanco y negro se quema y consume en la primera imagen de Ne croyez surtout pas que je hurle (Just Don’t Think I’ll Scream). Encabeza lo que será una sucesión de cientos (¿miles?) de planos procedentes de toda la historia del cine que el director Frank Beauvais organiza en un collage torrencial, irrefrenable, que se amolda a un monólogo interior donde relata su propia experiencia de la pérdida.

Tras romper con una pareja, el director se recluyó en un pueblo de montaña en Alsacia. Apesadumbrado y deprimido, se encierra en casa y dedica sus días a ver cine compulsivamente. Noches de insomnio, vino, hachís y películas descargadas de internet. Así hasta llegar a unas 450, de las que ha tomado imágenes descontextualizadas, en su mayoría planos detalle, virtualmente irreconocibles (buena suerte, detectives del copyright). Con ellas organiza un torrente de pensamiento, dubitativo y melancólico, en el que hay sitio para reflexiones emocionales, pesadumbre ante la muerte de Prince o los atentados de Niza.

No, el tono de la película no es muy alegre que digamos. Pero tampoco lo es el tiempo que nos ha tocado vivir. Pese a estar ante un collage de imágenes, muchas de ellas agresivamente hermosas (la predilección de Beauvais por el giallo y el cine pulp europeo ayuda), esta no es una celebración de la mirada cinematográfica, sino más bien una exploración de sus límites como bálsamo.

¿De verdad las películas que ve el director le distraen de sus preocupaciones o las fosilizan? En la línea de otro monumento del found footage autoanalítico con la voz quebrada como era Stand By for Tape Back-up, de Ross Sutherland, este filme toma recuerdos audiovisuales colectivos para articular una depresión personal que, como la educación sentimental o las botellas de vino, también puede ser compartida.

Como ocurre en las piezas de Christoph Girardet y Matthias Müller, identificar los referentes cinematográficos es lo de menos. De hecho, Beauvais prácticamente se encarga de que sea difícil hacerlo. Aquí no importan los rostros de las estrellas, sino las figuras, la imagen fílmica fuera de cualquier contexto referencial.

Esa falta de asideros, casi una constatación fúnebre del cine por el cine, fotogramas quemados en la pira de nuestras retinas, contribuye a que el refugio que busca el director en las películas que deglute acabe pareciéndose más a esa soga que retuerce la conciencia después de cualquier noche de excesos.

Pero más ahoga la propia vida, ¿no? Mientras queden fuerzas para afrontarla, al menos es bonito que por el camino nos ofrezcan consuelos a 24 fotogramas por segundo.

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