[FICX 2018] ‘Madeline’s Madeline’: la mejor terapia de choque maternofilial del año

Josephine Decker lleva un paso más allá las historias de conflicto maternofilial, los relatos de iniciación y las cabezas de cerdo.

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17 de noviembre de 2018

Josephine Decker es una actriz, directora, guionista, montadora, directora de foto, técnica de iluminación, diseñadora de vestuario y, en resumen, una cineasta de la generación mumblecore que tuvo que aprender a hacerlo todo por su cuenta para llegar a la pantalla de cine. Unos años después, como su amigo y productor Joe Swanberg, son sus películas lo más celebrado de Sundance. Así ocurrió este año con Madeline’s Madeline, su tercer largo y una de las películas más especiales del año.

Más allá del retrato de un personaje fascinante y el descubrimiento de una actriz tan prometedora como la debutante Helena Howard, cuya energía y rango de emociones interpretando a Madeline son de esos escasos casos que justifican la existencia de premios de actuación, en Madeline’s Madeline se parte de dos moldes tan habituales en el indie de EE UU como los relatos de iniciación y las historias de tensión maternofilial para hacerlos saltar por los aires con una narración desbordada, cuarteada como su protagonista y pletórica de instantes tan sobreimpresionados como sus imágenes.

Madeline es una adolescente, Miranda July (¡demasiado tiempo sin verla para el talento que tiene!) su madre soltera y un grupo de teatro el único refugio que encuentra la joven en un día a día organizado en torno a sesiones de hiperprotección maternal, discusiones, cambios de humor y muchos antidepresivos. La directora del grupo teatral, Molly Parker, tiene unas ideas peculiares sobre el poder de la interpretación y la puesta en escena de nuestras emociones más profundas, y las pone en práctica haciendo que sus pupilos se mimeticen en animales o, en última instancia, preparen un montaje psicodramático como representación de los traumas y ansiedades de Madeline, su alumna favorita quiera ella o no.

Esta situación acaba derivando en una vampirización colectiva de la relación de Madeline con su madre, sus conflictos personales cada vez que rechaza comida o hay una plancha cerca. Al parecer, el propio desarrollo de Madeline’s Madeline nace de los ensayos y dinámicas de grupo que la propia Decker hizo con el reparto del filme, una espontaneidad en la (re)construcción del artificio que trasluce en varios momentos y, como el aire gurú de secta de la profesora de arte dramático, recuerda al primer bloque de Happy Hour (2015), la obra magna del japonés Ryûsuke Hamaguchi que también tomaba buena nota de las dinámicas teatrales de Jacques Rivette y, en especial, de la mezcla entre realidad, ficción, paranoia y exorcismo performativo de L’amour fou (1969).

En el caso de Madeline’s Madeline esa genealogía se queda en el proceso, que después Decker –como decía, también montadora– ha troceado y metido en una batidora para servir una progresión narrativa tras apresurada, extática y rugosa como los procesos mentales de la protagonista. Los colores saturados y planos pegados a la piel de los actores de la directora de foto Ashley Connor recuerdan al nervio de las primeras películas de los hermanos Safdie y dan una sensación de imprevista inmediatez que hace posible cualquier sorpresa argumental sin olvidar unos rayos de luz y concordia que aportan toda la emoción a una relación madre-hija conmovedoramente tierna bajo sus capas de complejidad química.

Recientemente han surgido grandísimas películas que abordan las relaciones maternofiliales desde un punto de vista personal y femenino, como Greta Gerwig en Lady Bird (2017) o Celia Rico Clavellino en Viaje al cuarto de una madre (2018), pero Madeline’s Madeline es la efervescente detonación plástica con la aportación del atrevimiento narrativo y la chispa visual que nos faltaban.

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