[Sitges 2016] Día 4: De actrices en conflicto, brujas en el bosque y mascotas especiales

La semana central de Sitges arranca, como suele ser habitual en estos días intermedios, en tierra de nadie. Aunque hay donde rascar.

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11 de octubre de 2016

Dos nombres propios del género (y fuera de él), cada uno por motivos muy distintos, como son Paul Schrader y Adam Wingard, son los platos fuertes de un día de transición. Veamos si alguna sorpresa levanta un día aparentemente relajado.

Always Shine

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Una mezcolanza de thriller psicológico estilo años noventa y experimento indie que se beneficia, sobre todo, de la estupenda interpretación del dúo de actrices protagonistas, Mackenzie Davis y Caitlin Fitgerald. Especialmente la primera está tan estupenda como en Halt and Catch Fire, gracias a un papel camaleónico y del que no se puede decir demasiado si no se quiere desvelar el puñado de secretos que guarda la película (que el espectador avisado por las citas a Persona y Mujer blanca soltera busca de algunas críticas no tendrá problemas en anticipar). El punto de partida, no obstante, tiene pocos misterios: dos jóvenes actrices, muy amigas y muy competitivas -cada una a su manera-, coinciden en una casa aislada, donde dejarán salir una buena cantidad de secretos y mentiras que se tenían guardados. Hasta que la situación explote.

Paradójicamente, cuando llega esa explosión que se anticipa desde que las vemos interactuar, malhablada y expansiva una, tímida y pasivo-agresiva otra, Always Shine y el guión de Mawrence Michael Levine dirigido por Sophia Takal se desinflan parcialmente. Always Shine es mucho más interesante como thriller psicológico que como experimento de horror indie, y la fuerza que desprende está en la aguda descripción de dos mujeres asfixiadas por los roles que se supone que deben cumplir para satisfacerse a sí mismas. Cuando llega el montaje abrupto, la música asonante y las elipsis demenciales, la película se vuelve mucho más personal, pero salvo por la interpretación de Davis, pierde en impacto dramático.

Carnage Park

El prolífico Mickey Keating (Pod, Ritual, Darling), especialista en rendir homenaje a variantes del género de horror del pasado por la vía de la aplicada clonación, se rinde a los encantos del survivalismo desértico con una película que rebosa guiños a La Matanza de Texas (especialmente a su secuela y a las inolvidables minas de su tramo final) y a los cazurros desérticos de Las colinas tienen ojos. El cazurro de Keating, sin embargo, es un veterano de la guerra de Vietnam (otro tropo del género desde la aparición del mítico autoestopista desquiciado en la fundacional película de Tobe Hooper) que disfruta soltando a sus víctimas enmedio del desierto y disparándoles desde una colina.

Poco hay en Carnage Park que vaya mucho más de ese punto: un delincuente recién salido de un atraco en compañía de una rehén (Ashley Bell, a la que recordamos de El último exorcismo) entran a toda prisa en este circuito de trampas mortíferas, y sabemos bien cómo va el resto, aderezado con colores virados al amarillo tierra, plagios desvergonzados del estilo Tarantino, banda sonora pop y agradecidas explosiones de violencia con un excelente trabajo de maquillajes prácticos. Bell da vida a una excelente final girl con un equilibrio perfecto entre la vulnerabilidad histérica y un decidido empuje cuando las cosas se ponen feas. El resultado no es especialmente original, pero gracias al soberbio trabajo de sonido y montaje, este respetuoso tránsito por caminos polvorientos y mil veces recorridos se hace muy llevadero.

Dog Eat Dog

La secuencia inicial de este tremebundo exceso de Paul Schrader resume bastante bien sus problemas y sus virtudes, con la presentación del personaje más imprevisible de este amplio catálogo de improbabilidades, Mad Dog (Willem Dafoe, en las antípodas expresivas de otras colaboraciones con Schrader como Aflicción). Es un politoxicómano que, en un arrebato de furia aniquila a la mujer con la que está viviendo y su hija, en una escena teñida de colores chillones que podría recordar a un Nicolas Winding Refn fuera de sus casillas pero que, con su atmósfera de sitcom y sus referencias pop alucinógenas y guiños a la cultura de la televisión a lo que recuerda realmente es a Asesinos natos. Una película fundacional e imprescindible para entender el cine moderno, pero que ya ha cumplido veinte años. Schrader parece querer demostrar que es un enfant terrible… con lustros de retraso.

Todo discurre bajo esa sensación en esta historia de tres delincuentes de gatillo fácil (Dafoe, a quien se suman un Nicolas Cage ya convertido en su propio meme -como lo definió en Twitter el propio Schrader- y Christopher Matthew Cook) y que se embarcan en un secuestro que tiene todos los números para acabar mal. Schrader es un cineasta que quiere impactar e incomodar a la exigente platea de hoy, pero citando a Stone, a Tarantino (con conversaciones llenas de referencias pop en un coche) y un poco a sí mismo -a cuando era joven, claro-. El resultado es algo incómodo, con esa sensación de que ha informado a todo el mundo, delante y detrás de la cámara, de que pongan los potenciómetros del exceso al once. Sin necesidad, sólo para demostrar que él también puede. Aunque por la vía destroce la sucísima y admirable novela original de Edward Bunker.

Blair Witch

De entre las muchas cosas que puede aspirar a ser Blair Witch hay algo que, claramente, no puede conseguir por mucho que lo intente: ser como su precedente. El componente fundacional de El proyecto de la bruja de Blair, el descubrimiento sobre la marcha de unos recursos expresivos y la intención de convertirlo en un hoax mucho antes de la aparición de la cultura del meme tal y como la conocemos hoy son ingredientes que, sencillamente, no se pueden replicar ante un público que ya ha perdido la inocencia. Así que, partiendo de ahí (que podría parecer lógico, pero no hay más que remitirse a los recientes remakes de clásicos del fantástico de los ochenta para comprobar que quizás no salta tanto a la vista como creemos), Adam Wingard y su guionista habitual Simon Parrett toman la más conservadora pero también más efectiva de las posibles direcciones: una actualización / secuela que suba el ruido y la potencia, sepa reconocer los valores del original e innove con moderación.

La reverencia de Blair Witch a la primera parte de la historia es constante: es una secuela fiel de aquella historia, y esta vez es el hermano de la protagonista original quien se adentra en el bosque en busca del rastro de la desaparecida hace años. De nuevo (sin más justificación que una idea que ya se comprobó hace unos años, cuando aún era original, que atrae el mal fario: el rodaje de un documental) se emplea la estética de cámara al hombro, pero modificada con cámaras minúsculas a la altura de la oreja, alguna cámara de vigilancia nocturna y un dron. Ninguna de ellas proporciona una subversión de las reglas originales (como sí hacía, por ejemplo, la magnífica VHS 2), pero permite más movilidad y espectacularidad. En ese sentido, la película triunfa con el extraordinario clímax, un prodigio de diseño de producción orientado al susto barato y a la carrera por pasillos desvencijados y que si hay justicia, debería marcar el punto final para las películas de metraje encontrado entendidas desde el punto de vista clásico. Carece de la convicción y del nervio del original pero, en cierto sentido, este subgénero no se puede hacer mejor que en Blair Witch.

Pet

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La nueva película de Carles Torrens tras Emergo pretende ser un estudio íntimo de un par de personajes al límite: Seth (Dominic Monaghan) es el tímido psicópata que se enamora casi a primera vista de Holly (Ksenia Solo), a la que encierra en una jaula de perros en un sótano para que, bueno, para que aprenda a quererle. Ya sabemos cómo son estos dementes carismáticos. Pero este arranque propio de torture porn pronto se revela como la puerta hacia personalidades muy distintas y que harán que la trama dé unos cuantos giros. El principal problema es que esa transformación en una película diferente tarda en llegar (Seth pasa su buena media película en plan stalker inquietante pero, en el fondo, encantador), y para cuando Torrens se saca de la manga todos los trucos del psychothriller con giros de guión de impacto (testigos que mienten, personajes imaginarios, cambios injustificables de personalidad), la película está tan asentada en los tropos del suspense romántico tirando a negruzco que los cambios no funcionan del todo.

Ni siquiera las interpretaciones de Monaghan y Solo son destacables, ya que sus recursos como intérpretes quedan sepultados por un guion que se quiere pasar de ingenioso y solo se pasa de tramposo. Es cierto: los giros son en algún caso rumbosos e impactantes, pero para cuando llegan, el espectador ha desconectado completamente de una historia que pretende acabar con los tópicos sobre el amor

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