[Festival de San Sebastián 2017] La seducción del caos

James Franco como el peor director del mundo, un niño japonés somnoliento y perdido representa a la crítica de cine y los etarras de Borja Cobeaga comen pantxineta.

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28 de septiembre de 2017

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  • ¿De qué se habla hoy en San Sebastián? De la llegada de Jean-Pierre Léaud para presentar Le lion est mort ce soir, de Nobuhiro Suwa (nuestra candidata directa a Concha de Oro desde que se anunció su inclusión en la competición; ahora solamente nos queda verla para confirmar si el director de Un couple parfait ha vuelto a hacer una obra maestra). Y de lo bien que queda que el actor francés cierre los últimos días del festival mientras que los primeros los dominó Agnès Varda. Dos leyendas de la Nouvelle Vague arropadas el mismo año y sin causar mucho revuelo da una idea de las dimensiones gigantescas de este festival y cómo sus grandes eventos corren el riesgo de diluirse entre sí. Pero no vamos a negar que es lo que nos gusta: dejarse llevar por el torbellino de ese caos donde, a veces, lo difícil es sacar tiempo para ver películas.

    ¿Qué hemos visto? The Disaster Artist, donde James Franco escenifica con gracia y cariño el rodaje de The Room (2003), ese desastre fílmico perpetrado por el inefable Tommy Wiseau que es humanamente imposible ver sin una mueca de incredulidad y admiración continua. Por supuesto, esas dos sensaciones son las que guían la película de Franco, quien además de dirigir interpreta al estrafalario cineasta nefasto intentando reproducir al detalle su errático comportamiento, tics faciales y acento indiscernible. La transformación es tremenda, si bien para medir la calidad de la actuación habría que recurrir a criterios todavía pendientes de desarrollar: ¿cómo interpretar a alguien como Wiseau sin parecer caricaturesco cuando la persona real ya es en sí misma mucho más exagerada que cualquier personaje de ficción? James Franco afronta el desafío con templanza y más matices de los que, nos tememos, se valorarán al hablar de la película más divertida de la competición oficial, llena de cameos de Hollywood, narrada con ligereza y poblada por actores de la troupe de sospechosos habituales que ya conoces (Seth Rogen, Dave Franco, Alison Brie, Zac Efron…).

    Si bien el principal combustible de The Disaster Artist es la fascinación que genera The Room por su propia existencia (recomiendo encarecidamente ver la opus magna de Wiseau antes del filme de Franco para disfrutar del todo), el guion de Michael H. Weber Scott Neustadter (The Spectacular Now) no cae en el recurso fácil de la burla o la farsa biográfica, sino que pone el núcleo de la historia en la amistad entre Tommy Wiseau y Greg Sestero (interpretado por Dave Franco). Estamos más cerca de un bromance que de una celebración del impulso creativo por encima del talento a lo Ed Wood.

    También hemos visto La nuit où j’ai nagé, una de esas joyitas con las que el exigente público de Zabaltegi-Tabakalera disfruta de un festival paralelo más abierto a la exploración que la competición oficial (aquí se han visto las películas de Hong Sang-soo, Philippe Garrel, Joao Moreira Salles…). Se trata de una colaboración entre el francés Damien Manivel y el japonés Kohei Igarashi que desde fuera podía recordar a la que llevaron a cabo Nobuhiro SuwaHippolyte Girardot en Yuki & Nina. Una vez dentro de la sala, las similitudes se reafirman: también estamos ante una historia de huida infantil contada con candor y ternura. Aquí, el hijo de seis años de un pescador es incapaz de seguir durmiendo cuando su padre se marcha a la lonja; por la mañana, en vez de ir al colegio emprende una aventura solitaria en su búsqueda a través de los hermosos paisajes nevados del pueblo donde viven. Sin que se pronuncie ni una sola palabra durante la sucesión de planos cuadrados que cuentan la odisea del protagonista como si fueran viñetas de un manga de líneas claras y contemplativas.

    Puede que la simpleza de algunos recursos (notas de piano por doquier) desgaste la propuesta de La nuit où j’ai nagé antes de tiempo, pero la experiencia de ver a su resuelto protagonista avanzando somnoliento por montículos nevados mientras lucha por no quedarse dormido es imposible de disociar del estado metabólico de parte de la crítica y prensa a estas alturas de festival, ya sea con frío en el aire acondicionado de las salas o dirigiéndose tambaleante ante la enésima entrevista de la jornada en el hotel María Cristina.

    ¿Qué hemos comido? Caldo de pescado y Red Bull. Risotto con hongos y Red Bull. Bandejas de pintxos de chuletón y Red Bull.

    ¿Con quién hemos hablado? Dos entrevistas a pares muy majas. La primera, con Kantemir Balagov Darya Zhovnar; jovencísimos director y protagonista de la rusa Tesnota, la ópera prima que nos deslumbró en Cannes con la madurez narrativa, suspensión del tiempo y cuerpos en tensión puestos en juego para contar la historia de reafirmación personal de una chica de minoría judía en la frontera ruso-chechena. La segunda, con James Dave Franco, quienes son de esas superstars de Hollywood que no tienen reparos en dejarte curiosear dentro de la galería de fotos de su móvil.

    ¿Qué nos hemos perdido? La versión de Fe de etarras que Borja Cobeaga podría haber hecho a principios de esta década y no salió adelante. Porque la recuperación que ha terminado haciendo junto a Diego San José de su proyecto más ilusionante, bajo producción de Netflix y presentada en el festival pocas semanas antes de su estreno en la plataforma, ha acabado siendo un ejercicio muy descafeinado de comedia sin afilar, a pesar de las buenas interpretaciones de Ramón Barea Javier Cámara. Lástima del estupendo prólogo que se marcan discutiendo por la pantxineta: vaticinaba una película mucho mejor, que podría haber seguido la línea ascendente de Negociador.

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