[Festival D’A] ‘Las hijas del fuego’: Nuevo Porno Argentino

Albertina Carri, la más punki del Nuevo Cine Argentino, se ha marcado una road movie porno feminista que puede tanto complacer como incomodar. Dependiendo del punto de vista

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02 de mayo de 2019

Eros y Thanatos siguen siendo los grandes tabués en lo que respecta a la reproducción de la realidad, sin simulacros, en el cine. Si, por motivos obvios, los actores no se prestan a morir en plan snuff movie para dar total veracidad a su fallecimiento de ficción, tampoco son muchísimos los que aceptan practicar sexo real para imprimir mayor realismo a una escena de amor. Entre otros motivos, suelen tener en cuenta las consecuencias para su carrera futura, ya que el estigma sigue latente, y resulta perjudicial. Y sin embargo, cada X tiempo, aparece una película con escenas de sexo real en el circuito festivalero, o, como es el caso, un filme porno cuyo interés va más allá del mero intercambio de fluidos.

En 2018, otras dos películas argentinas se propusieron derribar tabués, desnudando a la tercera edad: si en la austera La cama, de Mónica Lairana, una pareja de sexagenarios intenta tener sexo el día de su última mudanza, en Mujer nomade, de Martín Farina, la filósofa punk Esther Díaz lo da todo, a sus 79 años, con un tatuado 40 años menor que ella. En cualquier caso, ahora toca Las hijas del fuego, de Albertina Carri, que no va tanto en esa línea, pero va bastante más allá.  

La realizadora más punki del Nuevo Cine Argentino ya había experimentado con el porno en Barbie también puede estar triste (2002), un corto de animación stop-motion que arrancaba con Barbie y Ken fornicando. Ambos muñecos estaban dotados con atributos que no se vendían en las jugueterías, así que sus intercambios eran algo más que simples frotamientos. Carri dirigió aquel corto poco antes de alcanzar un gran reconocimiento con Los rubios (2003), creativo documental en donde investigaba la desaparición de sus propios padres, ambos montoneros, y secuestrados por el régimen cuando ella no tenía más de cuatro años.

Si la Barbie del corto encontraba el amor y el consuelo en los brazos de Teresa, su asistenta Carri se casó con la activista Marta Dillon poco después, allá por 2005. Juntas fundaron una productora llamada Torta, que en argot bonaerense significa lesbiana. Y 17 años después de que, con aquellos devaneos en la mansión rosa, Barbie se liberase del yugo de Ken, Carri ha vuelto al porno. Pero en formato largo, y con personajes de carne y hueso. Sólo con mujeres. Nada de hombres.

Una road movie lésbica y feminista, que empieza con el reencuentro horizontal de una pareja. Una es submarinista, la otra directora de cine. Acto seguido (nunca mejor dicho) las dos chicas se embarcan en un viaje en camioneta por la Patagonia a bordo de una camioneta a la que se van subiendo, con una lógica expansiva poliamorosa o pansexual muy participativa, mujeres de toda índole, más o menos alejadas de los estándares físicos de lo que la directora llama “el porno hegemónico”.

Cabe decir, abonando la tesis del estigma, que la mayoría de las actrices que entran en acción no son caras conocidas, aunque también hay apariciones especiales de Sofía Gala (Alanis), que ejerce de pasiva Madame de un burdel sadomaso; Erica Rivas (Relatos salvajes), de mujer maltratada, o la veterana Cristina Banegas (Infancia clandestina), que cocina hongos alucinógenos para todas. Entre tríos y orgías al sol, la propia directora reflexiona en off sobre la película en curso, para terminar con un plano fijo de otra mujer que, mirando a cámara, se masturba durante lo que parecen 10 largos minutos.

las hijas del fuego 2

No se sabe si, después de tanto intercambio desenfrenado, el placer está en el Yo, o si el plano es el reflejo de esa mujer que, rebelada contra el patriarcado (y la heterosexualidad normativa), ha encontrado una forma de porno a la medida de sus propias fantasías. Seguro que ambas cosas. La película acaba con una declaración de principios: La mujer es dueña de su placer.  

Las hijas del fuego es una celebración hedonista del placer lésbico, a la par que un manifiesto práctico, reactivo, contra el porno de toda la vida, ya se sabe que pensado para el hombre y cosificando a la mujer. Dejando aparte a los pornógrafos profesionales, que verán el filme como algo exótico (dentro de la cada vez más amplia oferta del género), y a los que necesitan de una coartada, más o menos intelectual, para catar algo de sexo en vivo, Las hijas del fuego encontrará a su público, sobre todo, entre el feminismo más radical. Pero también interroga al resto de la cinefilia. No sólo sobre cuestiones de género, sino a su vez como un artefacto original, nunca visto hasta el momento. Eso sí, los que prefieren dejar el sexo a la imaginación, y correr un tupido velo rosa por la pantalla cuando esta empieza a calentarse, mejor que ni se acerquen a la sala, porque se van a sentir muy, pero que muy incómodos.

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