Fernando Fernán Gómez revienta la zarzuela

Cuarenta años después, se reestrena '¡Bruja, más que bruja!', su revisión paródica de la opereta española. ¿'Amanece que no es poco' te pareció surrealista? Pues espera a ver esto

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11 de julio de 2016

“Señor, danos una brizna de locura que nos libre de la necedad”. Con esta cita de Shakespeare encabezaba Fernando Fernán Gómez su primera película como director, Manicomio, en la que acometía, entre otras cosas, la locura de adaptar a Gómez de la Serna. El año era 1954 y el cineasta acaba de cumplir 33 años. Como actor, había hecho de cura, de soldado y de marino, y ya la gente le paraba por la calle: “Ese es el que se muere en Botón de ancla”, decían al señalarle. Esto es, que para cuando se decidió a dirigir ya conocía bien España, ese país suyo que nunca se molestaría demasiado en conocerlo a él.

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A Fernán Gómez el sentido trágico de lo español le pirraba. O quizás aquello de los espejos cóncavos/convexos. Así que, pronto, pasó de los experimentos y de las geniales comedias (La vida sigue y La vida alrededor) a fabricar obras maestras del cine. Hay que estar muy entero para mirar a la cara a España, que te salgan dos películas como El mundo sigue y El extraño viaje, y no salir corriendo de este país para nunca regresar. Los nacidos a partir de los 70, pobres ilusos que vivíamos engañados por la cáscara del boom, nos asomamos horrorizados a la España que retrata Fernán Gómez en estas dos películas. El pueblo de El extraño viaje y Chueca (antiguo barrio de Maravillas), con sus gentes mezquinas, catetas, feas, y sus calles sin pavimentar, no es el país que nos prometieron en los 90, el de Cobi y la Expo. Pero resulta que cuando rascas un poco (y más sí hay crisis) te sale a manchurrones esa otra España detrás.

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El mundo sigue fue prohibida tropecientos años. Es decir, 52. ¿Quién la recuperó? ¿El Ministerio de Cultura? No. ¿El ICAA? Qué va. ¿La Filmoteca? Tampoco. Una pista: esto es España, donde todo funciona por leyes consanguíneas. No fue gracias a ninguna institución pública sino a Juan Esterlich, hijo del productor de la película, y a la distribuidora Sherlock –especializada en reestrenos de películas como El festín de Babette, Cinema Paradiso, El cartero y Pablo Neruda…–, que el verano pasado pudimos contemplar en pantalla grande esta joya desgarradora sobre dos hermanas, como dos Españas, que se llevan a matar. La censura persiguió siempre a Fernán Gómez de forma chapucera, cortando, prohibiendo y estrenando de mala manera sus películas. “Siempre he creído que [El extraño viaje] se rodó porque alguien tenía que leer en su día el guión y no lo hizo”, decía sobre su otra gran obra maldita, igual de tremendista que la anterior, pero esta vez con cierta sorna que hubiera entusiasmado a Valle-Inclán. La sorpresa fue que, en su reestreno, El mundo sigue atrajo al cine a 72.000 espectadores con sólo tres copias en Madrid y Barcelona. Una pena que el maestro ya no estuviese aquí para verlo.

El Nuevo Cine Español poco quiso saber de él, más allá de Ana y los lobos, de Saura, en la que hacía de loco. Así que unos cuantos encargos mediante (Los palomos, Un señor de Murcia, Mayores con reparos…) y algún traspiés (La querida), a Fernán Gómez se le fue clavando cada vez más la espina de hacer una película que fuese muy suya. De esta guisa llegó a 1976 el hombre que decía que es más difícil hacer una película que hacer una buena película. Y si El mundo sigue había sido un regalo a sí mismo por su vigésimoquinto aniversario como artista, ¡Bruja, más que bruja! tuvo que ser su manera de celebrar las bodas de oro. Si la hizo fue porque encontró a un productor que leyó en el tratamiento de guión: “zarzuela rural” y no se espantó. Se llamaba Juan José Daza y es el responsable de que hoy ¡Bruja, más que bruja! se reestrene. “La película se adelantó a su tiempo. Por eso cuando A Contracorriente reestrenó El mundo sigue a mí se me ocurrió que podía proponerles que hiciesen lo mismo con esta, que llevaba un tiempo dormida”, nos cuenta el productor y distribuidor ya retirado.

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Capricho genuino, Bruja más que bruja surgió de una vieja obsesión del director: ¿Por qué en las películas americanas pueden cantar y aquí no? “Quería ser una parodia, una sátira de la zarzuela –recordaba–. Es una reflexión sobre lo que ocurriría si se fundiese el mundo de la realidad con el de la zarzuela en un ambiente tan español como el de un pueblo”, decía el director. Perico Beltrán –“el bohemio equivocado”, como le llamaba su amigo Fernán Gómez–, puso la letra de este tremendo documento inspirado en un caso real difícilmente creíble: sobrino mata a su tío por casarse con su prometida y luego acusa a la bruja del pueblo. Quién mejor que él, escritor de El extraño viaje y Calabuch, que había sido actor de zarzuela y que solía decir cosas geniales –“que ser guionista en España era como ser torero en Inglaterra”, por ejemplo– para abordar este esperpento con música. Amanece que no es poco, échate a un lado. “Nadie quería producir ¡Bruja, más que bruja! porque pensaban que supondría una ruina económica absoluta”, recordaba Juan José Daza que, guiado por el talento de Fernán Gómez, se animó a financiar el 60% de esta mientras que Emma Cohen y el director capitalizaron su sueldo. Con 12 millones de pesetas, un presupuesto medio bajo para la época, la película se rodó durante cuatro semanas en San Agustín de Guadalix. “La escena más cara es la de la orquesta sinfónica, en los créditos finales, que costó casi un millón de pesetas –recuerda Daza–, pero era de las que más le apetecían a Fernán Gómez”.

En su película número diecisiete, el propio director interpretaba al tío cornudo y asesinado, un cacique de la España profunda, bruto, machista y necio. Francisco Algora era su sobrino y Emma Cohen, pareja sentimental del director durante 37 años, la querida por los dos. En un pueblo parecido al de El extraño viaje, se sucedían los hechos auspiciados por una bruja, vestida como tal e interpretada con guasa por Mary Santpere. Y, claro, todos cantaban. Bueno, cantaban en playback la música compuesta por Carmelo Bernaola que, según sus propias palabras, “era capaz de ponerle música hasta a una guía de teléfonos”. “Bernaola grabó las canciones con sopranos y tenores. Y sobre la grabación los actores movían la boca haciendo playback”, explica el productor. ¡Bruja, más que bruja! comienza con una cartela mientras una orquesta afina: “Deseamos advertir al respetable público que no es intención de los poetas creadores de la presente historia recomendar a los espectadores que imiten la conducta de los personajes que en ella intervienen”. Por si acaso. Y luego, ¡zas! Paso a unos créditos súper modernos que, zooms y planos congelados mediante, culminan en una excesiva e inolvidable imagen en la que Paco Algora atiza un hachazo a Fernán Gómez. Nadie ha expresado el analfabetismo y la superstición de la España profunda con tanta finura y modernidad.

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“Yo hice ¡Bruja, más que bruja! cuando la gente veía la zarzuela como algo muy respetable –contaba Fernán Gómez–. Yo quería que fuera una película muy fea y muy mal hecha, pero que hubiera divertido mucho al espectador. Y esto, no lo conseguí. Hay, me parece, 7 u 8 personas, no más, a los que les parece una película magnífica y curiosísima, pero como te digo, son 7 u 8, y entre ellas, 2 son franceses”. He aquí otra de las singularidades del cine de Fernán Gómez: la indiferencia con la que el público acogía sus películas. “Se puede resumir muy brevemente lo que es esta película. Es un error manifiesto desde el punto de vista comercial, terreno en el que yo siempre he caído en unas tremendas ingenuidades”, contaba sobre su segunda película, El mensaje (1955). Tenía razón. Quitando La venganza de Don Mendo, Mi hija Hildegart y La vida por delante, lo de la taquilla y Fernán Gómez fue un amor imposible. Y Bruja, más que bruja no fue una excepción: “Fue una película que pasó sin pena ni gloria. Se estrenó mejor que las otras de Fernando pero salimos a lo comido por lo servido. Eso sí, en los cines de los pueblos no la querían”, cuenta el productor para el que la razón de esto se encuentra en el contexto en el que se estrenaban estas películas. “Estamos hablando de los años 50 y 60, él quería sacarle punta a la sociedad del momento. Nunca encontraba su público, era demasiado tenebrista, fustigaba a la sociedad de su época”.

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“A muchas gente le parece que he tratado de hacer un musical, como Oklahoma!, por ejemplo, y que no me ha salido porque soy muy torpe, no entiendo de música y los españoles medios de los pueblos son más feos que los norteamericanos de Oklahoma”, decía el director de esa parodia de zarzuela cuyo hit máximo, interpretado por Francisco Algora –“¡Qué alegría, qué alegría, el saber que mi tío se moría!”– debería ser la canción del verano de 2016. Reflejo deformado de una realidad tremenda, para 1976, en pleno despelote de la Transición, Fernán Gómez, probablemente había entendido que no había otra forma de contar España que tomándosela a risa. “Señor, danos una brizna de locura que nos libre de la necedad”, que diría Shakespeare.

¡Bruja, más que bruja! se reestrena el 22 de julio.