Fernando Colomo, pintor de cámara

Aprovechando el estreno de 'Isla bonita', su última película, buceamos en la faceta artística menos conocida del director

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28 de noviembre de 2015

Un poster francés de Besos robados, de Truffaut, da la bienvenida en el recibidor de la casa nueva de Fernando Colomo (Madrid, 1946). A efectos de precisión debería ser el cartel de Los 400 golpes el que se viese nada más entrar en su apartamento de la madrileña Casa de las Flores –morada, por otra parte, del poeta y cónsul Pablo Neruda–, porque la ópera prima de François Truffaut fue la responsable de que Colomo decidiese dedicarse al cine. “Pero el poster que me encontré en una tienda de antigüedades de París fue este”, recuerda encogiéndose de hombros el director (¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?, Bajarse al moro) y productor (Ópera prima), cuya última película, Isla bonita, supone una acertada opción de la cartelera en estos días fríos. Protagonizada por sí mismo y rodada en Menorca, Isla bonita es una vuelta a las películas improvisadas y libres con las que Colomo se hizo un hueco en el cine a finales de los 70. Pero este no es un artículo sobre su filmografía. Ni siquiera sobre carteles de cine, a pesar del componente artístico. Sino de la faceta más desconocida del director: la de pintor.

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“Aprendí a dibujar por correspondencia, en un curso de AFA –recuerda Colomo que también estaba suscrito a revistas de cine como Cinestudio y Film Ideal por 12 pesetas–. Hice los diez primeros meses y aprendí toda la técnica, hasta que me di cuenta de que las cartas de motivación que me mandaban, en las que me decían que tenía un futuro prometedor en el dibujo, eran fotocopias”. Había aprendido las nociones básicas del dibujo pero tardaría mucho tiempo en dar el salto a la pintura. “Yo quería estudiar Bellas Artes y luego dar el salto al cine, pero acabé haciendo arquitectura y trabajé durante cinco años como arquitecto municipal. He podido hacer cerca de mil casas”, cuenta el director que se pagó con aquellos ahorros los primeros cortometrajes (Usted va a ser mamá, Pomporrutas imperiales…) que le valieron un hueco en el cine de la época. Pero que también, de alguna manera, le hicieron aparcar la pintura.

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“No volví a pintar hasta que mi hijo tenía tres años y ahora tiene 27”, cuenta Colomo sobre su primogénito, también pintor, cuyo estudio de pintura se encuentra en una habitación al final de la casa. “Llevaba ya unas cuantas pelis pero me entraron ganas de aprender a pintar óleo. Me apunté a clases en el estudio de Carmela Santamaría. Era la típica clase en la que había dos jubilados, tres adolescentes y yo”, se ríe el director. Allí aprendió a pintar, a dejar atrás el dibujo, a dominar las manchas, las luces y las sombras tan importantes en sus cuadros terrosos en los que priman las marinas y los personajes sentados. “Me gusta tanto Sorolla que tengo dos libros iguales que me compré por despiste –reconoce cuando le señalamos al pintor valenciano como una posible referencia–. Posiblemente sea, con Velázquez, el que tiene más facilidad, mayor oficio”. También le gustan a Colomo Edward Hopper y David Hockney. “Edward Hopper es más clásico pero ha hecho de intermediario entre la pintura y el cine”, cuenta.

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Aunque su exposición más importante hasta la fecha es la de la galería Kreisler, Colomo le guarda especial cariño a la que supuso su bautizo como artista, en el año 68 mientras estudiaba arquitectura, cuando en una galería en Málaga le dieron una escoba para que barriese las colillas de la gente que fumaba durante su inauguración. “Vendí tres cuadros, cubrí gastos y hasta gané algo de dinero, pero tenías que haber visto el catálogo. No tenía ni fotos”, recuerda. Nada que ver con la segunda muestra de su obra, celebrada entre diciembre de 2009 y enero de 2010, en la que el actual presidente de la Academia de Cine, Antonio Resines, le compró uno de los cuadros. A Juan José Millás le debe uno por escribirle aquel catálogo y también a Carmen Maura.

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Hace tiempo que Fernando Colomo no pinta. “Para pintar hay que tener cierta estabilidad –explica–. Para hacer cine, no hace tanta falta al ser un trabajo de equipo, el director no se puede permitir ser abúlico”. Además, el parón ha coincidido con un cambio de su propio estilo. Junto a la puerta de la casa de Colomo cuelga un cuadro de esta última serie, el detalle de un jardín en picado cuyas hojas se enredan unas con otras proyectando las mismas luces y sombras. Enfrente, descansa el poster de Besos robados desde el que Jean-Pierre Leaud nos despide con un beso en la frente.

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