Ext. Noche. Lluvia. Visitamos el rodaje de ‘El guardián invisible’

Fernando G. Molina ('Palmeras en la nieve') y Marta Etura, al frente de la adaptación del best-seller de Dolores Redondo que ha transformado el Baztán

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30 de mayo de 2016

Hoy no tienen txantxigorris en Malkorra. Los turistas salen de la pastelería centenaria de Elizondo y emprenden la vuelta a casa tristes sin sus tortas de manteca de cerdo. El txantxigorri no es el dulce típico del valle del Baztán pero los viajeros prefieren ese pastel resultante de la matanza del puerco a la tradición verdadera, el famoso chocolate con almendras allí bautizado urrakin egiña. No es el único detalle de que algo extraño sucede en este apacible pueblo navarro. Hace tres años empezaron a llegar a la zona peregrinos preguntando dónde vivía una tal Engrasi. ¿Cómo se apellida Engrasi?, contestaban los lugareños desconcertados ante su desconocida vecina. Ahora ya no lo hacen. Saben que la mujer más famosa de Elizondo en realidad no existe. Y aún así, apuntan con el dedo indicando dónde está su casa. La que para ella creó la escritora Dolores Redondo en El guardián invisible, primera parte de la exitosa Trilogía del Baztán.

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A escasos metros de la pastelería Malkorra, un tropel de cineastas han tomado el puente de Giltxaurdi para llevar a la pantalla la novela negra que acumula ya un millón de lectores en todo el mundo. Cámaras, furgonetas, un sonidista concentrado, claqueta, y acción. Agazapado tras el combo, Fernando González Molina observa cómo Marta Etura atraviesa el río Baztán con rostro sombrío. La actriz de Celda 211, que repite la toma tres o cuatro veces hasta que el director la da por buena, es la elegida para interpretar a Amaia Salazar, la pragmática policía foral que vuelve a Elizondo para investigar los siniestros crímenes de unas niñas que están conmocionando a su pueblo natal. Y que, una vez allí, debe enfrentarse al pasado tormentoso que culminó con su marcha años atrás.

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El camino que une Elizondo y Pamplona es una sucesión de campos, cielos enfrascados, bordas y caseríos. Vacas y lachas –una raza ovina propia de la zona– pastan bordeando el zigzag de la carretera. El valle es un pantone de verdes. Aunque luce el sol cuando llegamos a nuestro destino, el viento que sopla huele a lluvia. Allí nos recibe el equipo de El guardián invisible, en una de las calles principales de Elizondo, la capital del Baztán, en la tercera semana de un rodaje que durará aún seis semanas más. Atrás quedan otras localizaciones –los alrededores, el Parque Natural del Señorío de Bertiz, el embalse de Leurtza, el hotel Baztán, Lesaca, la antigua carretera de Belate…–. “Veníamos mentalizados de que iba a ser duro. Hemos estado bajo el agua el ochenta por ciento del rodaje y sabemos que es lo mejor que le podía pasar a la película. Todo ese esfuerzo sin duda merece la pena porque se verá en cada plano”, cuenta Marta Etura consciente de que la atmósfera oscura y lluviosa es la mejor manera de convertir en thriller la novela de misterio de Dolores Redondo.

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Oscuridad, lluvia, misterio… No es casualidad que los derechos de El guardián invisible sean del productor de Millennium. Hace cuatro años que Peter Nadermann los adquirió en el festival de Cannes, un año después de que la novela se vendiese a diez países en la Feria de Frankfurt. Hasta enero de 2013 no se publicó en España la primera parte –Legado en los huesos, la segunda, se publicó en noviembre y Ofrenda a la tormenta al año siguiente– y Fernando González Molina, el responsable del éxito de Palmeras en la nieve, la descubrió poco después. “Estaba trabajando en otro proyecto cuando encontré la novela en un aeropuerto. Leí ‘Navarra’ y ‘policía foral’ y dije ‘¿en serio? ¿de verdad hay una novela sobre esto? Devoré los tres libros en cuestión de semanas y enseguida llamé a Mercedes Gamero [productora de A3Media Cine] y le dije que había leído una novela que tenía mucho que ver con lo que yo quería hacer pero que en la portada decía que los derechos los tenía Peter Nadermann. Y resultó que el productor acababa de llamarles porque quería hacer la película en castellano”. No era la única buena noticia. Nadermann había accedido a rodar en Elizondo y el valle del Baztán, más que una localización, un personaje clave de El guardián invisible. “Es la primera promesa que le arranqué a Nadermann –recuerda orgullosa la escritora Dolores Redondo–. Me lo traje aquí porque sabía que no lo iba a entender si no lo veía con sus propios ojos. Le llevé a recorrer todos esos caminos embarrados que aparecen en la novela, a ver el río, a comer chuletón…”. Afortunadamente, el productor de Millennium aceptó. De esta manera, igual que había sucedido con la novela, la película podría aspirar a conquistar a un público internacional sin dejar estar amarrada a Navarra.

La preproducción fue muy rápida para rodar antes de que acabase el invierno y el reparto se formó, aparentemente, sin demasiadas presiones. “Como siempre, sobre todo en las últimas películas que he hecho con Eva Leira y Yolanda Serrano, ha sido un trabajo básico de ver a muchísima gente y elegir a los mejores para cada personaje. Si los mejores son conocidos o no conocidos, son actores profesionales o no, se convierte en secundario”, cuenta Fernando G. Molina para el que siempre fue fundamental que parte del reparto fuese navarro, vasco o del norte. El resultado es bastante variado, desde actores vascos que llevan toda la vida en el teatro y que nunca han hecho cine hasta actores de cine muy conocidos como Pedro Casablanc, Susi Sánchez, Ramón Barea o Elvira Mínguez, pasando por el caso de Nene, monologuista que debuta como Jonan, el compañero policía de Amaia Salazar. Pero sin duda este fue el papel más discutido.

CINEMANIA 002 EGI - @Manolo Pavón

Un millón de ejemplares vendidos, un millón de lectores en todo el mundo, un millón de cabezas imaginando a Amaia Salazar. Desde luego, todo un reto para los que tenían que decidir qué actriz la iba a encarnar. “Fernando entendió enseguida que lo importante en la actriz que interpretase a Amaia Salazar no era su físico”, explica Dolores Redondo sobre el personaje principal de la serie que ideó en la mesita de los deberes de sus hijos pequeños. Lo más importante de Amaia Salazar, y lo que define a su personaje, según su creadora, es el peso de su pasado, la carga que lleva desde que se marchó de Elizondo y que reaparece ahora que vuelve a investigar los crímenes truculentos de adolescentes al lugar en el que todo ocurrió. “Lo que importaba era que la actriz que la interpretase tuviese ese peso en la mirada –prosigue la autora–. No es fácil de interpretar eso, o se tiene o no se tiene… Todos sabemos que cuando se han pasado por ciertas cosas los ojos ya no brillan igual y no se sonríe de la misma manera”.

“Intento no pensar en la responsabilidad de interpretar a un personaje tan querido por los lectores de la trilogía”, le quita importancia Marta Etura. Para esta actriz, donostiarra como Dolores Redondo, el mayor reto consistía precisamente en dar vida a una mujer de tantos contrastes, una profesional eficaz que ha llegado lejos en su profesión pero que tuvo una infancia muy dura porque su madre no la quería. “Eso te puede generar una herida incurable –argumenta la actriz–. Por eso, cuando ella vuelve al lugar en el que se originó esa herida la debilidad se va colando en su fortaleza”.

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Y una vez más, el lugar en el que se originó la herida, el valle del Baztán, inseparable de El guardián invisible. No sólo por sus paisajes, en cuyos bosques de fuertes hayas y suelo de helechos aparecen los cadáveres de las adolescentes desaparecidas, según describe Dolores Redondo: “con la ropa rasgada, las manos dispuestas en actitud virginal y sobre el vello púbico rasurado, un pastelillo típico de la zona llamado txantxigorri: manteca, harina, huevos, azúcar, levadura y chicharrones fritos para hacer una torta, una receta ancestral”. También por su mitología. Casada con un navarro, la escritora de la Trilogía del Baztán, supo identificar en esta tierra un contexto perfecto para la trama criminal que conformaría su segunda novela. “Al ser vasca, las historias del lugar me las han contado de pequeña. Yo creo que mi abuela, que es quien me contaba esas historias, creía de verdad en las brujas y en las criaturas del bosque”, afirma la escritora. En El guardián invisible tienen el mismo peso la investigación de Amaia Salazar que la Diosa Mari, las brujas o el Basajaún [literalmente, el señor del bosque], una especie de criatura que cuida del bosque. “Amaia sentía en aquel bosque presencias tan palpables que resultaba fácil aceptar una cultura druida, un poder del árbol por encima del hombre, y evocar el tiempo que en aquellos lugares y en todo el valle la comunión entre seres mágicos y humanos fue religión”, narra Dolores Redondo al comienzo de la novela.

Una magia, o antigua religión, que se extiende también por las calles de Elizondo, en cuyas casas las fachadas todavía muestran eguzkilores para impedir la entrada a brujas, genios y rayos. Un pueblo que, en el pasado, enterraba a sus bebés sin bautizar alrededor de la propia casa para que sus espíritus les protegiesen. Resulta fácil imaginar a la escritora, paraguas en mano, con su cámara de fotos inmortalizando los rincones por los que luego pasearía turbada Amaia Salazar. Desde la plaza de los Fueros atravesando la calle Santiago hasta la orilla septentrional del río Baztán en la calle Braulio Iriarte, llamada así en honor al indiano de Elizondo que fundó en México el imperio de La Coronita. Contemplando el palacio Arizkunenea o entrando a tomar un café en la taberna Txokoto. Y de ahí, pasando por el Museo Etnográfico Jorge Oteiza-Colección Ciga, Amaia llegaría a la casa de su tía, la Engrasi por la que de pronto preguntaban los turistas.

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Sí. Los turistas. Fue poco después de la publicación del primer libro. En 2013. Turistas de toda España, también extranjeros, aparecieron de pronto en Elizondo con ejemplares de El guardián invisible bajo el brazo. Querían que les explicasen el camino hasta la casa de la tía Engrasi [hoy un apartamento rural], al cementerio en el que Anne es enterrada, la comisaría foral o al restaurante Santxotena, para sentarse a comer en la mesa preferida de Amaia y su marido James y degustar la deliciosa comida tradicional de la zona. Ante la afluencia de curiosos, Juan Mari Ondicol, fotógrafo del Diario de Noticias de Navarra, y Bea Ruíz de Larrinaga crearon una empresa de visitas guiadas de El guardián invisible. Fue hace tres años y no han dejado de recibir gente. “La gente que viene quiere verlo todo, exista o no exista”, cuenta Bea Ruíz que actualmente realiza cuatro visitas cada fin de semana. “Este valle engancha, por el paisaje y su historia, sin duda esto le pasó a Dolores Redondo cuando buscaba localización para su novela”, cuenta Juan Mari Ondicol que ha visto llegar a Elizondo todo tipo de turistas, incluidas esas monjas fans de la novela negra. “Para nosotros es un honor que el valle haya servido de inspiración a Dolores Redondo –explican Teresa y Maite Santxotena, dueñas del restaurante favorito del marido de Amaia Salazar–. Estamos muy contentos porque esto ha sido un empuje para el pueblo muy bueno”.

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“A mí con Elizondo y el valle ya me une una cuestión de cariño, con la gente de aquí. Y me gusta que la gente venga, que conozca el valle, que estas visitas ayuden al pueblo –cuenta Dolores Redondo–. Es que es un tipo de visita que todos deseamos en el lugar en el que vivimos, la visita literaria, un visitante culto que visita tu pueblo porque se ha enamorado de algo que ha leído”. Pero… ¿qué sucederá cuando se estrene la película? “Yo espero y deseo que la película, al igual que la novela, ayude a conocer este lugar. Es un lugar mágico, precioso y con una energía muy concreta que esperamos estar retratando en la película. Es un sitio especial”, afirma Fernando González Molina sobre la transformación de un lugar que el cine puede llevar aún más lejos. Por ejemplo, el obrador de la familia de Amaia ya tiene una nueva localización. Si en el libro, Mantecadas Salazar se encontraba al lado del Txokoto, en la película decidieron colocarla en la verdadera panificadora del pueblo, a la que le colgaron un cartel con el emblema familiar que el pueblo ha pedido que dejen allí una vez acabado el rodaje.

MantecadasSalazar

Pero sin duda la mejor prueba de cómo la ficción de El guardián invisible se ha infiltrado en la realidad de Elizondo son los pastelitos que Dolores Redondo colocó en los cadáveres de las niñas asesinadas y ritualmente colocadas en el bosque. “Un día llegó un grupo de turistas preguntando si teníamos txantxigorris”, recuerda el jefe pastelero de Malkorra Pello Alaña–. “No se vendía, el txanxigorri era una torta que se hacía en las casas de labraza, cuando mataban al cerdo. Pero los turistas no dejaban de venir así que tuvimos que buscar una receta antigua y volver a hacerlos”. Hace tiempo que los cocinan de nuevo y que los turistas pueden acercarse a Malkorra a comprar sus txantxigorris antes de regresar a casa. El único riesgo es que, como hoy, los hayan vendido todos.

Txantxigorris

El guardián invisible se estrenará a comienzos de 2017.

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