‘Están vivos’: La película que necesitas ver antes de las elecciones

La obra maestra de John Carpenter sobre capitalismo, alienígenas y gafas de sol molonas es el filme ideal para tu jornada de reflexión.

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04 de noviembre de 2019

Esto de tener elecciones cada cuatro días, con sus secuelas en forma de hartazgo y desgaste, se está convirtiendo en una costumbre en España. Menos mal que el cine nos ofrece remedios para casi todo en esta vida: si los avatares de la política se te echan encima, y si encontrar diferencias entre los candidatos te cuesta cada vez más, tenemos la película perfecta para aliviar tus tribulaciones. ¿De cuál hablamos? Pues de cuál va a ser: de Están vivos, la obra maestra de John Carpenter sobre simulacros, simulaciones, alienígenas encubiertos y gafas de sol molonas.

Estrenada el 4 de noviembre de 1988, Están vivos se rodó con un presupuesto casi de risa (3 millones de dólares, unos 6,5 millones ajustados a la inflación) y llegó a las carteleras sin que nadie esperase gran cosa de ella. Al fin y al cabo, Carpenter había empalmado varios fracasos comerciales de aúpa (La Cosa, Golpe en la pequeña Chinaque le obligaron a regresar a las trincheras de la serie B con El príncipe de las tinieblas (1987), un filme, por lo demás, esplendoroso. Para colmo, el director prescindió en esta película de Kurt Russell, su actor fetiche, reemplazándolo por ‘Rowdy’ Roddy Piperun luchador de catch sin apenas experiencia dramática. ¿Qué podía esperarse de semejante excentricidad?

De este modo, podemos imaginar las caras de los expertos cuando Están vivos se encaramó al número 1 de los rankings estadounidenses el fin de semana de su estreno. La cinta aguantó poco en esa posición, pero durante sus primeros tres días en taquilla acumuló casi cinco millones de dólares, amortizando de sobra sus costes y ganándose titulares en la prensa especializada. Si se hubiera estrenado solo una semana más tarde, compitiendo con la primera entrega de Muñeco diabólico, su sino habría sido muy distinto.

Especulaciones aparte, Están vivos estaba destinada a ser un filme de culto. Vamos, que la cinta se habría ganado legiones de fans aunque hubiese ido directa a los videoclubes. Inspirándose en un relato del escritor Ray Nelson y en la obra de su admirado H. P. Lovecraft (aunque este último, la verdad, nunca fue tan cachondo como él), John Carpenter había planeado esta película como su colleja definitiva a las políticas de Ronald Reagan y, en general, al conformismo materialista que impregnaba EE UU durante los años 80. El plan le salió tan bien que las lecciones de su cinta son todavía aplicables al día de hoy.

“Ellos viven. Nosotros dormimos”

Todo esto está muy bien, pero ¿por qué recomendamos ver Están vivos antes de pasar por las urnas? Un poco de paciencia, que enseguida te quedará claro.

Como recordarás, la película está protagonizada por un vagabundo, interpretado por Roddy Piper, al que los créditos bautizan con el escueto nombre de “Nada”. Tras sufrir en carne propia los aspectos menos amables del capitalismo (entre ellos, una brutal redada de la policía), Nada encuentra unas gafas de sol que le ofrecen, digamos, una perspectiva nueva sobre el mundo.

Según descubrimos en una escena memorable, las gafas de marras ayudan a ver más allá de las fantasías proyectadas por los mass media y las convenciones sociales. Las fotos de las vallas publicitarias, los rótulos de las tiendas, los titulares de la prensa, se ven reemplazadas por mensajes en imperativo con órdenes como “Obedece”, “Cásate y reprodúcete”, “No pienses” o, directamente, “Consume”. Esto, que ya es perturbador de por sí, se ve acompañado por un hecho aún más alarmante: vistas a través de esas lentes misteriosas, algunas personas (generalmente, celebridades y figuras de autoridad) aparecen como criaturas de aspecto cadavérico… o, más bien, alienígena.

Así pues, la intención ideológica de Están vivos se ve venir a kilómetros: de los filmes de Carpenter puede esperarse que sea inteligentes, pero no que sean sutiles… ni que sean aburridos. Sin ir más lejos, el hecho de que el mundo ‘real’ desvelado por las gafas de sol sea en blanco y negro fue un pullazo del cineasta contra el magnate audiovisual Ted Turner, empeñado por entonces en colorear películas clásicas. Asimismo, más allá de su mensaje, este filme no deja de ser una película de acción llena de socarronería y humor negro, que también presenta algún que otro atrevimiento formal pese a la costumbre carpenteriana de rodar rápido, barato y sin florituras.

Por ejemplo, el cineasta aprovechó la experiencia de Roddy Piper en la lucha libre para escenificar una memorable pelea de seis minutos, sin apenas cortes, entre su personaje y el de Keith David. La cual, además, también funciona como alegoría del proselitismo político y el despertar de la conciencia de clase. Si Carpenter no existiese, está claro que habríamos tenido que inventárnoslo.

Se nos ha acabado el chicle

Desde su estreno, los análisis sobre Están vivos han sido legión. En 1988, los críticos que se la tomaron en serio bascularon entre elogiar el descaro de su alegoría política y deplorar lo que juzgaban como poca calidad formal (por supuesto, se equivocaban en esto último). Después, sus big name fans más llamativo han sido el artista Shepard Fairey y el filósofo Slavoj Zizek, quien la ha empleado para explicar el concepto marxista de ideología: puedes comprobarlo en el vídeo de abajo.

Por supuesto, no todos estos análisis han sido del gusto del director. Carpenter se llevó un monumental cabreo en 2017 cuando descubrió que los neonazis estadounidenses interpretaban su filme a la luz de sus teorías racistas y conspirativas. “Están vivos es una película sobre los yuppies y el capitalismo salvaje”, tuiteó el cineasta en 2017 para despejar las dudas (o, más bien, las interpretaciones capciosas) de los espectadores menos inteligentes.

Lo cierto es que Están vivos resulta hoy más válida que nunca. De hecho, si Carpenter la hubiera escrito en la época actual (con sus influencers, su sobreestimulación, su crisis perpetua y sus alertas medioambientales), sospechamos que le habría salido menos jocosa y más apocalíptica. De cara a lo político, en concreto, su mensaje tiene una relevancia inquietante, porque nos insta a recordar que muchas de las opciones que se nos presentan sirven, en el fondo, a los mismos intereses, los cuales no vienen del espacio exterior, sino más bien de consejos de administración. Además, el filme señala (por si a alguien se le hubiera olvidado) la forma en la que dichos intereses usan a las minorías y los desfavorecidos como cabezas de turco.

Así pues, haznos caso. Cuando llegue la próxima jornada de reflexión, procúrate una copia de Están vivos, arrellánate en el sofá y disfruta con sus imágenes, su desvergüenza y su mala leche. Seguro que al día siguiente te presentas en el colegio electoral con las gafas de sol bien caladas sobre la nariz y un lema en la mente: “Estoy aquí para mascar chicle y patear culos… y se me ha acabado el chicle”. 

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