Esta película hará que te alegres de ser raro

Así es 'Aloys', la ópera prima de Tobias Nölle cuya extrañeza te va a fascinar

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30 de noviembre de 2016

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  • Bigote pálido, raya al lado, mochila al hombro y presencia sombría, Aloys Adorn es un tipo raro. Dentro de la mochila lleva una cámara de vídeo. Con la excusa de que es detective privado graba con ella todo lo que ve y luego repasa esas cintas solo en el sofá de casa, sobre la mesa los pies con calcetines y chanclas de velcro. Su cámara son sus ojos, la única conexión que tiene con el mundo exterior desde que su padre, de quien ha heredado casa y oficina, ha pasado a mejor vida. A él también le graba, muy quieto en el féretro siendo el único invitado al funeral. Esos zooms y los primeros planos mortuorios con los que arranca Aloys son el mejor resumen posible del extraño personaje que da nombre al filme. ¿Otra deprimente película de tipos raros o freaks? Todo lo contrario.

    “Creo que es muy importante que nos recordemos a nosotros mismos que está bien que nos sintamos diferentes, tener emociones extrañas, que no tienen por qué gustarnos las mismas cosas que a los demás, que no hay por qué vivir una vida preformulada”, contaba a Cineuropa Tobias Nölle sobre Aloys. La ópera prima en solitario de este director suizo, Premio Fipresci en la pasada Berlinale, coge carrerilla cuando a su protagonista le roban las famosas cintas de vídeo y una susurrante mujer entra en su vida a través de sugerentes llamadas telefónicas. La soledad que Nölle había tratado ya en Rene –corto ganador de un Leopardo de Oro en Locarno– y que domina la vida de Aloys Adorn se convierte con la irrupción de la escurridiza Vera (Tilde von Overbeck) en una de las experiencias cinematográficas del año.

    Casi siempre voz en off, esta suerte de Amélie con instintos suicidas se va colando en la vida del protagonista interpretado por Georg Friedrich. El actor de La pianista (2001) tuvo que pasar por dos o tres castings que, en palabras del propio Nölle, “fueron desastrosos”, hasta que el equipo de Aloys se convenció de que el intérprete era más raro aún que el personaje. “En estos tiempos en los que todo el mundo quiere ser visto y se hace fotos constantemente, en los que todos se inventan una segunda personalidad virtual mejor que la verdadera, me interesaba este hombre invisible que mira a través de su cámara y al que nadie ve”, contaba el director a Variety.

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    Vera aparece en la vida de Aloys invitándole a participar en una gymkana cuyo premio son las cintas de vídeo robadas y la cámara. “La primera vez siempre es dolorosa pero inolvidable”, dice su voz al otro lado del teléfono cuando él acepta jugar. Siguiendo sus instrucciones, el detective apoya la cabeza contra la pared de su oficina e imagina que detrás se encuentran. La música de Tom Hubier y Beat Jegen nos lleva también a nosotros, las chanclas de velcro sobre un insólito bosque de hojas crujientes. “Me interesaba ese gap existente entre el amor y lo que proyectamos sobre él –contaba el director a Cineuropa–. Quería explorar el poder de la imaginación, hasta donde nos puede llevar y cuándo empieza a reemplazar a la realidad, si puede acabar convertido en enfermedad o esquizofrenia”. “Todo lo que nos mueve está en la cabeza”, dice Vera con su voz de sintetizador. “Sea lo que sea lo que imaginamos, lo que permanece es la esencia”, contesta Aloys esperando cada nueva llamada, olvidando las cintas de vídeo, la cámara, el salón de su casa vieja, su trabajo de detective privado. Cada vez más allí que aquí, se deja arrastrar por las alucinadas conclusiones de su interlocutora hacia jardines botánicos que crecen en apartamentos abandonados y cordones de teléfono que se enredan en el musgo para, dejando atrás su vida gris de personaje extraño, culminar en una surrealista e hipnótica celebración de la rareza.

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