‘En buscar del Óscar’: El crítico que no veía las películas

Octavio Guerra ha creado un imaginativo documental en torno a la figura y al ingenio de Óscar Peyrou, crítico cinematográfico que dice analizar las películas sólo por el póster

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25 de marzo de 2019

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  • Hace unos años, la crítica Nuria Vidal publicó un libro cuyo título, La vuelta al mundo en 20 festivales, pecaba de modesto. Cualquier crítico sabe que, combinando festivales grandes, medianos y pequeños, es matemáticamente posible convertirse en un Phileas Fogg (o Willy Fog, para los menos leídos) del circuito festivalero y, siempre que se esté libre de ataduras familiares, como es el caso de Óscar Peyrou, no parar en casa más que para cambiar la maleta de verano por la de invierno. El problema es que Peyrou, que parece haber alcanzado ese nirvana de la cinefilia, arrastra su trolley por los pasillos de los aeropuertos del mundo con infinita melancolía, como si ya estuviera más que desencantado de su profesión… ¡Y para colmo alardea de criticar las películas sin molestarse en verlas! En el documental El busca del Oscar expone su particular método de análisis externo, ante la atónita mirada de personalidades de la cinefilia como Alejandro Díaz Castaño, director del Festival de Gijón, o el locutor Javier Tolentino.

    “Borges también criticaba libros que no había leído, igual que Oscar Wilde o Paul Valéry. En eso no hay nada nuevo”, confirma el propio Óscar Peyrou, que de Borges sabe mucho, porque este fue el mejor amigo de su tío, el escritor Manuel Peyrou, junto con Bioy Casares. Los tres solían comer juntos en casa de Manuel, y “casi nunca hablaban de literatura, solo hacían bromas y juegos de palabras”. ¿Y de cine? “Borges siguió yendo al cine, incluso cuando se quedó ciego, y hacía crónicas muy vividas de las películas que no podía ver. De todos modos, el 80% de una interpretación está en la voz”, contesta el penúltimo de los Peyrou, ya que el hijo de Óscar, Mariano Peyrou, también es un reputado escritor, que acaba de publicar novela, Los nombres de las cosas, en la editorial Sexto Piso. Óscar Peyrou, cuentista profesional que llegó a España desde Buenos Aires en 1976, acaba confesando que su singular método de análisis es una exageración de la realidad, y que en la película hay mucha ficción.

    “Sólo una vez, estando en Cannes con mi amigo Arturo Ripstein, este me preguntó si quería ver su película, El coronel no tiene quien le escriba, que presentaba a competición. Y yo le contesté: ‘¿Cómo la voy a ver, si soy amigo tuyo?’”, recuerda Óscar. “Así que hice la crítica, y se la mostré antes de mandarla, porque en aquel entonces yo era jefe de cultura en Efe. Me dijo: ‘Es la mejor crítica que me han hecho nunca’. Creo que la película de Octavio sale de ahí, de una broma, cuando dije algo así como que, para conservar la objetividad no había que ver las películas, porque una vez las ves ya te conviertes en un espectador subjetivo”. Octavio Guerra aclara que “lo de activar lo de no ver las películas era una provocación, y que no hay quedarse sólo con eso, porque solo es la capa más superficial del relato, que consiste en ir descubriendo la complejidad de Óscar. La película es como un espejo roto, que hay que ir recomponiendo”.

    Óscar Peyrou entiende, sin embargo, que algunos críticos se hayan podido sentir algo molestos: “Algunos se verán reflejados en mi personaje. Estuve 25 años yendo a Cannes, y todos los festivales importantes, y he visto de todo. Por ejemplo, Ángel Fernández Santos, yo mismo y otro más, éramos los únicos críticos de habla hispana que sabíamos francés, y en aquella época se subtitulaba en francés, y las francesas en inglés, que tampoco sabía nadie mucho. La mayoría no se enteraba de nada. Lo único que entendían era el relato inexpresivo de los traductores, que se escuchaba con unos cascos. Luego estaban los que salían a fumar el cigarrillo, y se perdían 20 minutos de película. Eran pocos al final los que las veían enteras”.

    Óscar y Octavio coinciden en que hay que tomárselo con humor, y que este aspecto de las críticas externas con el que arranca el documental es sobre todo “una metáfora”. Es decir, un troleo a lo Wismichu, para hacer una foto del momento presente, dominado por las Fake News, el auge del populismo, y todo lo demás. Octavio concreta que “estamos viviendo un momento del periodismo en el que no hay reflexión. No da tiempo a nada, lo único que importa es publicar lo más rápido posible. Óscar puede ser un fake o no, pero así son la mayoría de los políticos de nuestro tiempo: mienten constantemente”. “Sí –confirma Óscar– oyes a Casado, Trump o Bolsonaro mintiendo sin complejos, y a su gente le da igual, siempre y cuando su discurso confirme sus ideas preconcebidas”. No es novedad, pero no está de más repetirlo: vivimos una época en la que la verdad ya no importa lo más mínimo.

     

     

    Artefactos tan sugerentes como En busca del Óscar, que hacen de la constante ambigüedad su manera de ser, son el fiel reflejo de nuestro tiempo. Más que el “espejo roto” descrito por Octavio Guerra, para Óscar la película es un espejo intacto “en el que cada cual puede verse reflejado, y ver lo que quiera. También es una película con misterio, con muchos misterios, cuya respuesta sólo conozco yo, pero como soy una persona muy discreta no los voy a revelar”.

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