Emilio Gutiérrez Caba, un actor soberbio con alma de historiador

Charlamos con el intérprete de 'La caza' o 'La comunidad' sobre ‘El tiempo heredado’, el libro en el que rinde tributo a las actrices de su familia

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03 de marzo de 2020

Emilio Gutiérrez Caba es un actor secundario en El tiempo heredado (Ed. Aguilar), el libro con el que rinde tributo a las mujeres de su familia. Desde su tía abuela Leocadia Alba Abad y su abuela Irene Alba Abad, el intérprete de clásicos de nuestra cinematografía como La caza o Nueve cartas a Berta, traza una historia del teatro español a través de su saga familiar.

Organizadas en parejas, menos su sobrina nieta Irene Escolar, las actrices van abriéndose paso en el árbol genealógico del actor con un talento mayor al de los hombres y que las hace merecedoras del protagonismo del libro. El tiempo heredado recuerda a la madre de Gutiérrez Caba, Irene Caba Alba, y a su tía Julia Caba Alba, a quien recordamos en títulos como Plácido, Novio a la vista o El malvado Carabel. Y, por supuesto a sus hermanas, Irene y Julia Gutiérrez Caba, dejando al autor del libro como un mero lazo que ata esta intrahistoria del teatro español tan femenina.

Además, El tiempo heredado sirve como recorrido cotidiano por la historia reciente de España, un camino que Emilio Gutiérrez Caba ha recorrido con vocación de historiador en los últimos cuarenta años. Pero, para los que se queden con ganas de saber más sobre el intérprete y sus más de 105 películas –según él mismo nos cuenta–, hay esperanza. Acaba de terminar de escribir unas memorias de su paso por el cine español, Actores en proceso, que espera publicar el año próximo.

¿Cuándo comenzaste a documentarte para escribir el libro?
Cuando empecé a documentarme no fue para escribir el libro sino porque tenía curiosidad por ciertos aspectos de mi familia que yo no conocía. Faltaba mucha documentación en mi casa, programas de teatro, fotografías… Cuando tenía 30 años empecé a activar esta búsqueda a partir de datos un tanto confusos de tradición oral que me había contado mi hermana Irene. Me fui metiendo poco a poco en la investigación yendo a bibliotecas, hemerotecas, archivos municipales, llamando a los sitios más insólitos. Y luego en las librerías de ocasión de golpe encontraba unos programas de teatro o de cine. Hasta que irrumpió la informática en mi vida y pude hacer una base de datos. Con esa base de datos me di cuenta de toda la información que me faltaba, que he ido recopilando en los últimos cuarenta años. El libro llegó después.  


Irene y Leocadia Alba

Hay un trabajo de historiador detrás.
Sí, porque en estos cuarenta años visitando archivos, bibliotecas o hemerotecas he adquirido unos conocimientos de investigación teatral que no tenía. He investigado en la Biblioteca Nacional, en la hemeroteca municipal de Granada, en la hemeroteca de Burgos, en el archivo municipal de Pamplona, en Bilbao, Barcelona, Valencia. A mí me ha gustado mucho la historia siempre y la investigación me ha parecido apasionante. De pronto descubres una cosa en un sitio y piensas que en otro sitio vas a encontrar lo mismo y no te encuentras nada. O al revés. Piensas que no vas a encontrar nada y descubres algo que no esperabas. Por ejemplo, en Pamplona, en el archivo del ayuntamiento, al que no fui con demasiada fe, me encontré con que un señor había dado la orden desde 1880 de que todas las compañías de teatro y de circo, de variedades y corridas de toros, dejaran un programa de sus actuaciones.  

¿Siempre quisiste poner el foco en el trabajo de las mujeres de tu familia?
Desde que empecé la investigación me pareció evidente que las que habían partido el bacalao en casa habían sido las mujeres, en todos los sentidos. En algunos casos lo que habían hecho los hombres había sido interesante. Por ejemplo, mi abuelo era un hombre que adoraba a mi abuela y que era muy entrañable, pero no alcanzaba el nivel de excelencia actoral que alcanzó ella. En el caso de mi padre, ocurría lo mismo. Mi padre era muy buen actor pero no conseguía lo que conseguía mi madre cuando se subía a un escenario. Decidí que el libro tenía que reivindicarlas a ellas y organizarlas en pares, aunque mi sobrina nieta es ella sola. Yo me incluyo como lazo de la historia familiar. 


Julia Gutiérrez Caba.

Parece un talento, el actoral, que se hereda más en las mujeres que en los hombres.
No es que en mi casa se fomentara el amor por el teatro. Hay que tener en cuenta que en mi casa el teatro era un modus vivendi y que, a pesar de que les gustaba mucho y eran muy rigurosos con su trabajo, eran artesanos del teatro, no eran artistas. El teatro era una forma de ganarse la vida. Te das cuenta de que todo depende de las circunstancias vitales, que lo que mueve a los actores del siglo XXI es otra cosa distinta a lo que les movía en el siglo XIX. Comparativamente no tiene nada que ver. 

¿En tu casa se hablaba explícitamente del oficio?
No. Poco. Yo fui un niño de la posguerra. Entonces había muchos silencios en casa sobre muchas cosas. Sobre todo, del pasado. La muerte de mi abuela había causado mucho dolor y estuvo muy presente siempre. Marcó mucho la vida de mis padres y se hablaba poco de ella. Se hablaba pero de una manera muy soslayada. Y luego, el entusiasmo por el teatro no era un entusiasmo brutal. Era relativo. Hay que tener en cuenta que en aquella época casi todas las comedias eran contemporáneas y el vestuario del día se lo tenían que pagar ellos. De ahí la importancia de que una comedia gustara o no, porque si no a los quince días tenían que comprarse otra ropa. Eso creaba una especie de desaliento. Las zozobras eran muy distintas a las que pueden vivir los actores hoy en día.  

Y además, en unos años de la historia de España tremendos. 
Sí. Yo no viví la guerra civil y no presencié las privaciones que sí pasó mi familia, pero sí que me afectó la posguerra. El chocolate, por ejemplo, lo conocí con seis o siete años. Los plátanos los vi en Canarias por primera vez cuando tenía 10 años. Recuerdo ir a jugar al Paraninfo de Ciudad Universitaria. Era como un viaje dentro de la ciudad. Yo tendría cuatro o cinco años pero recuerdo con horror ver aquellos edificios totalmente arrasados, todo en ruinas. Siempre le preguntaba a mi madre que qué había pasado y mi madre me contaba que había habido una guerra en la que habían ganado unos a otros. No contaba más. El Paraninfo entonces estaba cubierto de arena y yo jugaba allí con la recomendación de mi madre de que no diese patadas a cosas metálicas, porque había muchos proyectiles.  

Tu tía, la magnífica actriz Julia Caba Alba era la que te llevaba al cine.
Sí. Mi tía me recogía en casa, me compraba una media noche de jamón y luego me llevaba a los cines de estreno de la Gran Vía, que eran los cines de lujo. Eran copias nuevas y se veían genial. Eso era entre semana. Pero los fines de semana yo iba al cine San Miguel, al lado del mercado de San Miguel, y al de Postas. Pero al Carretas no íbamos porque tenía mala fama. Íbamos dos o tres veces al cine por semana.  

¿Dirías que nace con tu tía tu pasión por el cine?
No. Mi pasión por el cine nace de manera distinta. En el 57, cuando muere mi madre, la situación en casa económicamente era muy mala. El sueldo de mi padre y mi hermana Julia [Gutiérrez Caba] no llegaba al de mi madre. En el 58 mi padre me propuso o estudiar ciencias, que era lo que tenía salida, o que me pusiese a trabajar. Entré a trabajar en unos laboratorios de cine como auxiliar de revelado y me encontré con muchos de los que luego han sido mis compañeros, solo que entonces los revelaba. Revelé, por ejemplo, Sonatas de Bardem. O Viridiana, de cuyo revelado tuve que hacerme cargo porque el técnico al que le habría tocado estaba enfermo. Nos ocupamos la actriz Maria Luisa San José y yo. Y cuando se monta la que se montó con el premio en Cannes, ella estaba aterrorizada porque se dijo que todos los que hubiesen trabajado en la película iban a ser excomulgados. Otra de las anécdotas curiosas que recuerdo es un pase con la censura de La dolce vita. Le metieron tantos tajos que cuando me pidieron que les diese mi opinión les dije que yo no la estrenaría. Hubiese sido incomprensible.  

Qué suerte, ver La dolce vita antes que nadie.
No solo esa. Por ejemplo, vi la famosa película que se le atribuye a Alfonso XIII que era porno. Esa película, en 35 mm y muda, la copia de seguridad podríamos habérnosla llevado cualquiera de los que estábamos trabajando en el laboratorio. Pero más allá de las anécdotas, yo ahí fue donde me aficioné a la fotografía. Cuando rodamos Nueve cartas a Berta hablaba con Fernando Arribas, el segundo de cámara, de la película que estaba utilizando, de lo más técnico del cine. 

¿Es en los laboratorios cuando te planteas ser actor?
No. Eso ocurre luego. Yo salgo del laboratorio y entro en el Instituto de San Antonio. Ahí tengo la suerte de dar con un personaje que tenía un aula de teatro como complemento de la asignatura de literatura. Hacíamos dos o tres obras al año y ahí es donde yo empiezo a ver que el teatro es otra cosa. A mí los textos teatrales que había conocido hasta entonces no me decían nada, excepto los de Miguel Mihura. Pero allí descubro a Lope de Vega, a Calderón… Ahí me empiezo a apasionar con la interpretación. 

Eres uno de los nombres del Nuevo Cine Español. ¿Tenías la sensación de estar participando en un cine nuevo?
Sí. Los guiones de aquellas películas no tenían nada que ver con los guiones de películas que había leído antes. Sabíamos que participábamos en el Nuevo Cine español porque eran directores que acababan de salir de la Escuela Oficial de Cine. Cuando se hace Nueve cartas a Berta los que visionan la primera copia son Saura, Borau, Summers, están todos los intelectuales de la EOC. Sabíamos que era un cine distinto al que se hacía en la época por la temática y cómo se rodaba.  

Tu tía Julia había salido en películas que eran, de alguna manera, precedentes de este nuevo cine.
Sí. Había salido en Plácido, en Novio a la vista con mi madre…  

¿Con qué título de aquellos en los que participó tu tía te quedarías?
Mi tía ha hecho cosas fantásticas. Intervenciones muy cortas pero mágicas. El papel de Plácido me gusta mucho y una película que se titula Aeropuerto, de Luis Lucia. En ese sketch está brillante. 

Volviendo al Nuevo Cine Español, siempre me ha dado envidia que eran películas que tenían su público aunque fuesen de autor.
Bueno, entre La caza y Nueve cartas a Berta la que más gusta al público es La caza. Pero luego La caza ha pasado de representar la violencia, la guerra civil y el enfrentamiento entre hermanos, a reflejar la violencia del ser humano, la ferocidad, de una manera más universal. En cualquier caso, las dos películas no fueron éxitos de taquilla pero sí marcaron un modelo de cómo había que rodar ese nuevo cine y formaron a técnicos maravillosos como Teo Escamilla o Luis Cuadrado. Pero ojo, también se hicieron películas espantosas en aquella época. Por ejemplo, una en la que yo actué, Sábado en la playa. En el libro de memorias cinematográficas que acabo de escribir cuento que es tan mala que hasta la fotografía de Luis Cuadrado es mala. Escribiendo ese libro me he dado cuenta de que de las películas del principio de mi carrera tenía mucho que contar y de las del final, no tanto. 

¿Cómo se ha repartido tu amor por el cine y por el teatro?
Depende de a lo que se enfrentara uno. A veces gustaba uno más u otro. Lo que pasa es que el teatro ofrecía una continuidad que el cine no te ofrecía. Nosotros preferíamos siempre posponer un poco el cine para hacer teatro. Pero ha habido temporadas en las que solo he hecho cine. Del 75 al 80 solo hice cine y televisión, por ejemplo. 

De hecho, echando un vistazo a tu trayectoria parece que nunca has dejado el cine.
Él no me ha dejado nunca. Me ha dejado alguna vez, pero lo que no hacía un año lo hacía al siguiente. De forma que yo en este momento debo de tener 104 o 105 películas rodadas y mi tía Julia [Gutiérrez Caba], que es la que más ha rodado de todos, tiene 128. Estamos en el segundo escalón, de subcampeón. Solo me puede alcanzar mi sobrina Nieta [Irene Escolar]. 

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