El mejor making of de ‘Speed’ es una obra de arte

¿De dónde salió el avión que revienta el bus de Keanu Reeves y Sandra Bullock en 'Speed'? Su increíble historia se cuenta en esta pieza del Museo Nacional de Arte Reina Sofía.

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16 de marzo de 2016

Sabed que la tierra hará una madona de la Bomba / que en los corazones de los próximos hombres nacerán más bombas / bombas magistrales envueltas en armiño / todas hermosas / y se dejarán caer de golpe sobre los gruñones imperios de la tierra / feroces con sus bigotes de oro.

speed

Cuando en 1958 se hubo atenuado el ensordecedor pitido existencial de Hiroshima y Nagahaki, las detonaciones inaugurales de la era nuclear, Gregory Corso escribió BOMB, una oda a la bomba que terminaba con esos versos. Unos cuantos años y cientos de miles de explosiones después, en 1994, Dennis Hopper, en su papel de Howard Payne, villano de Speed, le reprochaba al héroe desactivador interpretado por Keanu Reeves que no entendiera “lo bello que es esto. Una bomba tiene que explotar. Ese es su propósito. Tu vida está tan vacía porque la pasas impidiendo que la bomba sea ella misma”.

A pesar de los diálogos reescritos por Joss Whedon, lo cierto es que la química de aquella película no pasaba por el affaire entre Jack (Reeves) y Annie (Sandra Bullock), la unidimensional pareja protagonista, sino por los circuitos programados por el terrorista y la adrenalina que liberaban en el espectador. Unos circuitos que, conviene recordar, no sólo eran explosivos. También eran audiovisuales. Su escondite era una sala de realización desde la que pinchaba cámaras y activaba detonadores. En la época más electrizante de la televisión por cable, Payne seguía la acción del autobús gracias a la cobertura informativa en directo, alternando la monitorización de su plan con los deportes que echaban en otros canales, dejándose llevar por distintos entretenimientos como lo hacía el resto de estadounidenses en sus casas.

El clímax de la película fue un autobús lanzado contra un avión, explotando contra él como pocas cosas han explotado en la historia del cine. Definitivamente la líbido de Speed era pirotécnica y su money-shot era chatarra y fuego. Junto a la escena del autobús antigravitatorio en la autopista, ese fue el punto álgido del filme. Una imagen icónica del Hollywood de los 90. Y como casi siempre en Hollywood, la realidad se revistió de glamour y travistió de escapismo. Siete años después otros dos aviones, en este caso lanzados contra dos edificios, se convirtieron en el terrible icono de la siguiente década, confirmando lo que aquel entretenido simulacro hollywoodiense había adelantado. El terrorismo era el gran espectáculo mediático de nuestra era. La telerrealidad definitiva.

Y DESPUÉS DE LA BOMBA, ¿QUÉ?

Hito Steyerl es una videoartista alemana que imaginó el siguiente proceso, inspirándose en su descubrimiento del aeropuerto de Mojave en el que se rodó la explosión de Speed: 1) un avión de pasajeros cuyo mantenimiento, en plena crisis económica, deja de ser rentable y pasa a formar parte de un cementerio de aeronaves de California que, al estar relativamente cerca de Hollywood, suministra aviones que acaban 2) explotando en películas. Pongamos que en Speed. 3) Sus fragmentos son recogidos y 4) enviados a China, donde 5) son reducidos y reciclados en aluminio, material que se destina a 6) hacer DVD’s en los que luego 7) se imprimirá la película en la que el avión explotaba. Un esquema económico-existencialista en el que el espectador ve el avión explotando en un soporte derivado del mismo avión que explota.

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En esa idea se basa In Free Fall (2010), una obra mediante la que el clímax de Speed se mira desde una perspectiva posterior a las hecatombes terrorista de 2001 y económica de 2008. En sus investigaciones de la materialidad de la imagen digital, en parte basadas en datos reales y en parte en pulsiones estéticas y obsesiones personales y políticas, Steyerl abre puntos de fuga a narraciones lineales. En la tradición de los mejores críticos de arte, cine y literatura, cuenta historias a partir del arte de contar historias.

El making of y las curiosidades de Speed están a un click y en ellos se recogen las cuestiones habituales: que si qué había hecho Keanu Reeves rapándose el pelo con lo bien que lo tenía en Le llaman Bodhi, que si, afectado por la reciente muerte de River Phoenix, no estaba en situación de hacer los stunts, que si al final los hizo e incluso se arriesgó con algunos para los que en principio no estaba autorizado, que si retocaron por ordenador el salto del autobús, que si Ellen DeGeneres iba a hacer el papel destinado a Bullock, que si todo lo demás. Steyerl opta por un relato alternativo y, a partir de La biografía del objeto del escritor constructivista Sergei Tretyakov, propone en In Free Fall un making of que se remonta mucho más atrás que el rodaje de la película. Va como sigue:

Tretyakov escribió su ensayo en 1929. Ese fue también el año de la gran crisis económica y el año con más siniestros aéreos de la historia, algunos de los cuales correspondieron a la preparación de Los ángeles del infierno (1930), el clásico de Howard Hughes en el que el propio director y magnate hizo de aviador. En 1939 Hughes adquirió la compañía de aviones TWA —túa, para los españoles que la usaron— dentro de la que impulsó, en 1956, el modelo 4XJYI / Boeing 707-700. En los años 70, después de haber sido amortizado en vuelos comerciales de pasajeros, la TWA vendió dicho modelo a Israel, que lo usó entre otras cosas para transportes estratégicos en la guerra de Yom Kipur, siempre según Steyerl. También fue Air Force One israelí durante un breve periodo. Luego pasó a ser expuesto en el museo militar de Hatzerim para finalmente ser vendido de vuelta a EE UU en 1978. Habiendo consumido todos sus ciclos económicos, el aparato, uno de los que componían la flota original de Hughes, acabó en el depósito de aviones de P & M Aircraft, que almacena y vende aviones obsoletos para su posterior transformación en chatarra. La gente de 20th Century Fox se puso en contacto con Mike Potter, dueño de la empresa y antiguo piloto de la TWA. Le propusieron grabar una explosión para una película llamada Speed. Cogieron el 707 en desuso, le arreglaron la chapa, vaciaron su parte central, la llenaron hasta arriba de explosivos y tres, dos, uno, a tomar por culo todo en 35 mm y sonido envolvente. La madona. Potter sacó 3.000 dólares de la industria china del aluminio. 8.000 de la industria norteamericana del cine. Los responsables de la película recaudaron 350.448.145 dólares. 

Con esa esquinada cronología Steyerl dio un crédito a Howard Hughes por Speed.

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En una primera toma de contacto, las digresiones de esta discípula de Haron Farocki pueden parecer aleatorias, investigaciones políticas que acaban por ser experimentación plástica como en un diagrama de Mark Lombardi en el que se alterna rigor y delirio y en el que todo encaja un poco porque todo es un poco todo. Pero en el conjunto de los vídeos de Steyerl se forma un sedimento conceptual, aparece un patrón. Se ve con claridad en su historia más recurrente. Andrea Wolf fue una compañera de juventud con la que la artista dio sus primeros pasos como cineasta aficionada y que, bifurcaciones de la vida, pasados los años se enroló en la resistencia kurda, acabó siendo capturada en un fuego cruzado con el ejército turco y ejecutada de inmediato en el campo de batalla. El rastreo de esa muerte en investigaciones constantes pero nunca concluyentes se ha convertido en el principal motor del trabajo de Steyerl. En la conferencia Is the Museum a Battelfield? (2013) podemos encontrar lo más parecido a la conclusión. Steyerl viajó al lugar de la muerte de Wolf en Çatak (Turquía), vio los casquillos de las balas marca General Dynamics que habían acabado con su vida y, siguiendo ese rastro, llegó al Art Institute de Chicago, patrocinado, entre otras, por esa empresa armamentística. En el museo Steyerl encontró uno de sus propios vídeos y pudo mirarse a sí misma a los ojos, aturdida por el karma de todo aquello.

Las explosiones de Hiroshima y Nagashaki fueron tan rotundas que no sólo dividieron el mundo en dos bloques enfrentados sino también la futura colección permanente del futuro Museo Reina Sofía en dos partes, pre y post 1945, repartidas entre la segunda planta y la baja, primera y cuarta, respectivamente. En la tercera, la de las exposiciones temporales, se encuentra el que en estos momentos es el cine más pequeño de Madrid. Ocho cómodas plazas iluminadas por leds azules destinadas a ver, una y otra vez, la explosión de Speed desarrollada y comentada por Steyerl.

El Reina Sofía está dedicando a la artista una retrospectiva, Duty Free Art, que podrá visitarse hasta el próximo lunes 21 de marzo en Madrid, por lo que no podemos dejar pasar el recordatorio a nuestros lectores y proponer el siguiente plan: Speed + In Free FallPuede parecer un simple programa doble para pasar una tarde de fin de semana pero hágannos caso: en Steyerl las imágenes funcionan como una onda expansiva cuyo eco resuena y resuena. Tendiendo al infinito.

Tendiendo a uno mismo.

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