El largo y triunfal camino que va de ‘Supersalidos’ a ‘Súper empollonas’

La comedia adolescente ha cambiado mucho (y para bien) desde 2007, y la principal muestra es la magistral opera prima que acaba de estrenar Olivia Wilde.

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28 de julio de 2019

En una escena memorable de las muchas que contiene Infiltrados en clase, los polis Schmidt (Jonah Hill) y Jenko (Channing Tatum) vuelven al instituto haciéndose pasar por estudiantes. Años antes, Jenko era el típico bully descerebrado de pelo perfecto y habilidad para los deportes, y ahora encara esta suerte de regreso a la adolescencia como una oportunidad de conservar el privilegio que perdió al hacerse adulto. Por eso llega con la mochila colgada de un brazo, dice que el cambio climático “se la suda“, y golpea a la primera de cambio a un chico negro y gay.

La reacción de la gente de su alrededor no se hace esperar, y Jenko, tras pasar por el despacho del director, es instantáneamente marginado por los alumnos. Mientras que Schmidt, todo un pardillo en sus propios días high school, es aceptado sin problemas e inicia una relación con la chica más guay de la clase, interpretada por Brie Larson. Con quien a continuación desarrolla un encantador romance con extra de intercambio de chistes por whatsapp, y ausencia de escenas incómodas propiciadas por su abrasador deseo de sexo.

El instituto que dibujaba el guión del propio Jonah Hill y Michael Bacall (quien ya asimiló parte de las dificultades adolescentes en Scott Pilgrim contra el mundo) era muy distinto al que hasta ahora habíamos visto en las películas. La homofobia, el racismo y la indolencia con respecto a cuestiones sociales eran castigadas. El bully era un personaje ridículo, condenado al ostracismo. Y el friki no tenía que demostrar de alguna forma épica que tenía “buen corazón” para triunfar en el amor; bastaba con que, para variar, tratara bien a las mujeres.

Era un instituto enormemente distinto a aquel donde se ambientaba, apenas un lustro antes del film de Phil Lord y Chris Miller, la historia de Supersalidos.

Dios bendiga a la traducción española

La crítica norteamericana al completo ha ensalzado Súper empollonas, opera prima de Olivia Wilde de reciente estreno en España, como una de las grandes comedias del año. También, en directa consecuencia, como una de las grandes comedias adolescentes que se han hecho últimamente, y no han faltado las comparaciones con la mencionada Supersalidos, que Greg Mottola dirigió en 2007 sobre un libreto de Seth Rogen y Evan Goldberg.

Es fácil entender por qué, y de hecho la traducción en castellano de Booksmart como Súper empollonas obedece a un background que ni el propio film intenta eludir. La obra de Wilde se centra en dos amigas, Molly (Beanie Feldstein) y Amy (Kaitlyn Dever), que en su último día de instituto descubren que han malgastado su adolescencia por centrarse únicamente en estudiar, y deciden marcarse una juerga épica antes de empezar su carrera universitaria. A partir de ahí, el caos.

Las motivaciones de Jonah Hill y Michael Cera en Supersalidos eran algo distintas y más en consonancia con los postulados de la exitosa American Pie (1999): aprovechar esa última noche para perder la virginidad. No obstante, las consecuencias eran similares, y como Molly y Amy se veían envueltos en una noche scorsesiana donde tenían roces con la ley, las drogas duras y un catálogo de excéntricos personajes. Esa noche los protagonistas afianzaban su amistad y, como no podía ser de otra forma en un coming of age, se preparaban para ser adultos.

El parentesco entre Supersalidos y Súper empollonas es notable, y mucho más acentuado cuando reparamos en que Beanie Feldstein es hermana de Jonah Hill, y el carácter arisco y verborreico de sus personajes es bastante similar. Con la diferencia, claro, de que el personaje de Seth es un misógino obsesionado con dibujar penes en cualquier sitio que pilla y con emborrachar a una mujer lo suficiente como para poder tirársela. Y es una diferencia importante.

Tanto, que no deberíamos caer tan fácilmente en la trampa de meter a Supersalidos y Súper empollonas dentro de un mismo saco, o de deshacernos en máximas del estilo de “sin una no existiría la otra”. Aunque, a la hora de trazar una posible trayectoria de la llamada Nueva Comedia Americana, sea inevitable percibir la relación, y descubrir que, efectivamente, un tipo llamado Judd Apatow tiene mucho que ver con todo esto.

Ahora le toca a ellas

Súper empollonas es una comedia sensacional donde el humor se despliega a partir de situaciones de lo más variado: sea incomodidad, referencias pop o consecuencias de la inmadurez de sus personajes. Dentro de esto, y dado que la camaradería femenina también juega un papel determinante, es inevitable erigir a La boda de mi mejor amiga (2011) como principal referente, así como la inmensa explosión de “películas de amigas” que sucedería a este gran éxito dirigido por Paul Feig y producido por el todopoderoso Apatow.

Por supuesto, ni era la primera vez que Feig y Apatow se preocupaban por el punto de vista femenino (en 1999 ambos habían desarrollado un personaje espléndido, encarnado por Linda Cardellini, en Freaks & Geeks), ni la comedia estadounidense lo había dejado completamente de lado hasta ahora. Al fin y al cabo en 2004, e igualmente dentro del instituto, se había estrenado Chicas malas con una historia prodigiosa de Tina Fey.

No obstante, la crítica recibió con tanta condescendencia el film de Lindsay Lohan que no le quedó otro remedio que ser una obra de culto, lejos del éxito sin paliativos que sí supondría La boda de mi mejor amiga. Los años que mediaron entre la despiadada Chicas malas y la película protagonizada por Kristen Wiig fueron los mismos en los que Apatow consolidó su imperio cómico, cimentado en un estilo y un discurso sumamente reconocibles.

En películas como Virgen a los 40 (2005), Lío embarazoso (2007) o Paso de ti (2008), “la comedia no habla de la adolescencia, sino de su perpetuación fuera de sus márgenes naturales”, como comentaba Jordi Costa. Estos manbabies (reducidos a sus esencias en Supersalidos) fueron alumbrando films más introspectivos y ambiciosos, mientras tipos como Adam McKay o los jefazos de The Lonely Island se cachondeaban de la masculinidad insegura de personajes que también tenían mucho que ver con el hombre apatowiano.

Obras capitales como Hermanos por pelotas (2008) y Los otros dos (2010), ambas de McKay, o Flipado sobre ruedas (2007), con ese ser de luz que es Andy Samberg, despojaban de cualquier dignidad al hombre inmaduro y acomplejado, e iban allanando el camino para un imprescindible relevo. Apatow, con buen ojo, puso dinero para La boda de mi mejor amiga y logró uno de los grandes hitos, tanto artísticos como económicos, de su carrera.

A partir de ahí, la comedia gamberra con mayoría femenina invadió la cartelera norteamericana, y un año después de la película de Feig vieron la luz productos como Dando la nota, escrita por Kay Cannon, Despedida de soltera o, también producida por Apatow en un registro más solemne y hipster, la serie Girls. El mismo Apatow, consciente del filón que había desenterrado, dirigió en 2015 su primer y único film con un guión que no había escrito él. Aunque, amparándose en el genio de Amy Schumer, no había nada que temer.

Y de repente tú no se centraba tanto en la camaradería femenina como en el derribo de los clichés románticos, donde ya habían incidido obras anteriores pero nunca con el cerebro vitriólico de Schumer a cargo de la demolición. Con una protagonista abiertamente desagradable y unos sorprendentes personajes masculinos (como el tipo musculoso de gran corazón al que da vida un genial John Cena, o la aportación de LeBron James), el cambio de paradigma era claro.

Películas tan entonadas como Hermanísimas (con Tina Fey sintiéndose como en casa tras mostrar el camino con Chicas malas), Una noche fuera de control (2017) o Cazafantasmas (2016), con Paul Feig volviendo a hacer de director de orquesta, denotaban la confianza de Hollywood en esta nueva visión cómica. De esta se extrae precisamente el nombre de Susana Fogel, una de las guionistas que firma Súper empollonas. El año pasado Fogel dirigió y escribió El espía que me plantó con el protagonismo de Kate McKinnon y Mila Kunis, y la clara intención de dar un retrato veraz de la amistad femenina por mucha acción y violencia que le circundase.

La película de Olivia Wilde se ofrece como una amalgama que sabe tomar lo mejor de todas estas propuestas, pero además es capaz de trascenderlas añadiendo un ingrediente especial. Uno que ha tenido su propio y épico camino. Y es que Súper empollonas, por encima de su valía como dispensador de gags, es un retrato espectacularmente cercano y sensible de la adolescencia.

Al (doloroso) filo de los diecisiete

Un cambio humorístico de esta hondura, ganando en sofisticación y variedad a medida que más gente distinta se hacía un nombre en la comedia estadounidense, iba a encontrar uno de sus exponentes de mayor posmodernidad y locura en el díptico que forman la ya citada Infiltrados en clase Infiltrados en la universidad (2014). Donde un solo chiste, como el de las secuelas inagotables que clausuraba la segunda parte, podía culminar todos los guiños pop que pudieran haber hecho antes los nerds de Judd Apatow.

Al mismo tiempo que, en el cariño mostrado por los personajes y el ojo clínico con el que saludaba las nuevas dinámicas escolares (sobre todo la primera entrega), daban pie a comedias muy conscientes de la actualidad que vivían y de la necesidad de entender el entorno de sus criaturas. Actitud que es fácil conectar con el espléndido momento que vive hoy en día el cine teenager, cuyo paso a relatos más valientes y comprometidos podría encuadrarse en torno a películas como The Diary of a Teenage Girl (2015).

Este formidable film de Marielle Heller no sólo comparte con Súper empollonas la ocasional combinación de animación y acción real, sino también su propósito de ir más allá del jovial atolondramiento. Ese que podíamos encontrar en las películas más festivas de John Hughes, en la frívola Fuera de onda (1995) o en esa Ya no puedo esperar (1998) con la que el film de Wilde comparte aún más características argumentales que con Supersalidos, pero que ahora daba paso a una introspección que no descartaba el dolor y la amargura en el proceso.

La constitución de una ficción adolescente bajonera y de meditado realismo, cultivado anteriormente con mayor o menor fortuna en films como Submarine (2010) o Aquí y ahora (2013), fue refrendada con el monumental éxito crítico que obtuvo Lady Bird en 2017. La película de Greta Gerwig se hacía eco del baño de realidad a lo El guardián entre el centeno por el cual la joven de turno aprendía a valorar la humildad y la sabiduría de los mayores que la rodeaban, pero aún estaba por llegar la pieza cumbre de este movimiento.

Eighth Grade, la gran obra maestra del año pasado, era mucho más amarga e incómoda si cabe que la odisea de Saoirse Ronan, y además venía firmada por Bo Burnham. Este humorista defiende un discurso alejado del ombliguismo masculino de la factoría Apatow pero también de los venenosos tratados falocéntricos de Adam McKay, abogando a cambio por la apertura a nuevas visiones que no ahonden en la diferencia o en el otro a la hora de ensamblar los chistes.

La película protagonizada por Elsie Fisher no era tanto una comedia como un drama agridulce. Y aún así, los momentos más claramente humorísticos provenían de forma directa de la empatía hacia su desdichada protagonista. La empatía, que es la palabra clave para acabar de comprender la importancia de Súper empollonas (en lo que ahondaremos ahora), y que se extraía igualmente como una noción básica dentro de lo que proponía #SexPact. Dirigida, porque todos están conectados en la Nueva-Nueva Comedia Americana, por la misma Kay Cannon de Dando la nota.

Este film de 2018, que pasó enormemente desapercibido en la cartelera, supone una mezcla de la profundización en los traumas adolescentes con la comedia gamberra de Judd Apatow. Por un lado, porque le da a sus tres chicas un objetivo similar al de Seth y Evan en Supersalidos, paralelamente a hacerles compartir protagonismo con unos preocupados padres entre los que se encuentra John Cena (a quien obliga, por normas de la casa, a beber cerveza a través del culo).

Por otro, y más importante, porque invierte un gran esfuerzo en retratar los sentimientos de estas adolescentes, contando (al igual que Súper empollonas) la pérdida de la virginidad de una chica homosexual con sumo cuidado y buen gusto. Con la diferencia de que Amy, en el film de Olivia Wilde, sabe que es lesbiana desde el principio y su sexualidad no forma parte de ningún conflicto. Porque, a estas alturas, no es necesario.

Porque, en efecto, Súper empollonas no podría haberle tomado un pulso más fiel a su tiempo.

Dónde nos ha llevado todo esto

Supersalidos palidece frente a Súper empollonas desde el punto de vista cómico (por mucho que chistes como lo de McLovin no vayan a envejecer jamás), pero sobre todo lo hace desde el discursivo. La película de Mottola hallaba su auténtico valor en la honestidad con la que se describía la amistad de sus protagonistas y en el pesimismo con el que afrontaba la adultez (reflejado en los policías de Seth Rogen y Bill Hader). No obstante, su versión del coming of age era una individualista que se limitaba a la asunción de responsabilidades en pos del desarrollo personal.

No es un modo de enfocarlo exclusivo de Supersalidos (la trilogía del Cornetto de Edgar Wright maneja presupuestos parecidos y además lo hace con una mayor ambivalencia), pero el estar acompañado de ese tufillo a lo Farrelly que impregnan varios de sus gags no ayuda a querer defender su estatus de clásico moderno. Y es que la madurez que propone Súper empollonas es una mucho más amplia y abierta que, paradójicamente, conecta antes con los adolescentes ochenteros del cine de Hughes que con los desdichados treintañeros de Apatow.

Películas como El club de los cinco (1985) o Todo en un día (1986) nos invitaban a entender que no estábamos solos y a compartir nuestras dudas con alguien, aprendiendo que ninguna de las personas que nos rodeaban tenía una sola cara, ni debía ser juzgada en base a una única impresión. El arranque de Súper empollonas se adscribe al descubrimiento de que todas las personas con las que Amy y Molly no se han querido relacionar en el pasado por considerarlas simplonas, de repente, resultan ser tridimensionales.

“Se me dan que te cagas las pajas, pero también saqué un sobresaliente en selectividad”, le dice a Molly una de sus compañeras de clase, destruyendo todos sus esquemas y propulsándola a la noche de locura que narra Súper empollonas, y que estará repleta de hallazgos de este estilo. Muchos de sus chistes se basan desde entonces en romper las expectativas creadas y retorcer los clichés del sistema de los que Jenko, en Infiltrados en clase, quería volverse a beneficiar. Pero ya no es posible.

No hay personaje en Súper empollonas que sea plano. No hay descubrimiento sobre su psicología que no despierte una carcajada, y al mismo tiempo cause un efecto perceptible en las protagonistas (probablemente, también en la audiencia). Y sí, el legado de Apatow está presente de algún modo, incluso podemos percibir una rima directa entre los clímax de ambos films con coche incorporado, pero la comedia viene de un sitio totalmente distinto. Así como viene su corazón.

Un corazón que, a base de asimilar identidades, sensibilidades y compromisos, es enorme y milagroso. Un corazón que, en pocas palabras, a Súper empollonas no le cabe en el pecho.

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