‘El irlandés’: Así han sido las colaboraciones de Robert De Niro y Al Pacino a través de los años

Antes de coprotagonizar la última película de Martin Scorsese, los dos grandes actores de su generación han tenido otras oportunidades de trabajar juntos.

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01 de diciembre de 2019

Ocurrió en 1969. Tras una holgada carrera en el teatro Al Pacino, de 29 años, acababa de debutar en el cine con un papel secundario en Yo, Natalia, melodrama dirigido por Fred Coe que la crítica de entonces había desdeñado por blando y cursi. Eran tiempos complicados para el cine estadounidense, avecinándose una revolución creativa e industrial que defenestraba films tan inofensivos como aquél que protagonizaba Patty Duke lamentando no ser una mujer lo suficientemente guapa. Los tiempos de Bonnie y Clydeestrenada en 1967, y de Easy Rider, que el mismo año en que Al Pacino bajaba por la 14th Street del East Village constataba la irrupción del Nuevo Hollywood.

Robert De Niro, de 26, había entendido mucho mejor los tiempos que corrían, y por eso había hecho sus primeros pinitos en el cine bajo la tutela de un director tan combativo como Brian De Palma. Para cuando se cruzó con Al Pacino aquel memorable día de 1969, ya había interpretado a un norteamericano traumatizado por la guerra de Vietnam, John Rubin, a su debut en SaludosPoco después volvería a ser Rubin en su secuela Hola, mamá (1970), también de De Palma, y luego de unos cuantos años encarnaría a la versión definitiva del personaje para su amigo Martin Scorsese. Sólo que su nombre, en esta ocasión, era Travis Bickle.

Estos hitos aún quedaban lejos cuando Robert De Niro y Al Pacino se cruzaron aquella noche en Nueva York e intercambiaron algunas palabras. Frecuentaban los mismos locales, compartían conocidos, y estaban muy familiarizados con la carrera del otro. Ambos estaban empezando, y se desearon suerte. “Tenía algo. Cierto carisma, una mirada. Creí que iba a llegar lejos”, pensó Pacino entonces.

Cincuenta años después, los actores más importantes de su generación han coincidido en El irlandés, estrenada recientemente por Netflix. Es la cuarta vez que comparten película, pero les hubiera gustado compartirla muchas veces más.

Padre e hijo en El Padrino. Parte II

Era inevitable que el trabajo facilitara en algún momento que volvieran a cruzarse, y así sucedió. Dos años después de aquel fortuito encuentro, Pacino y De Niro se reencontraron en el cásting de El Padrino (1972), una superproducción que Paramount le había encargado (y ya se estaba arrepintiendo de ello) a un joven Francis Ford Coppola. Al contrario de lo que ocurriría en otras ocasiones durante sus respectivas trayectorias, esta vez no optaban por el mismo papel: Pacino quería ser el protagonista, Michael Corleone, mientras que De Niro hacía la prueba para ser su hermano Sonny.

Coppola se sintió fascinado por el rostro de Pacino (calmado, de una belleza mortecina que parecía contener una tempestad por estallar) y le dio el papel de inmediato pese a las reticencias de los productores, que no querían a un tipo tan desconocido y de tan baja estatura encabezando la costosa adaptación de Mario Puzo. Pacino tendría oportunidad de demostrar lo que valía cuando protagonizara la escena del asesinato a Sollozzo y McCluskey y cerrara unas cuantas bocas, pero De Niro no tuvo esa opción; el papel de Sonny fue finalmente para James Caan. Afortunadamente, De Niro interpretaría a un personaje similar, Johnny Boy, en Malas calles (1973). La película que daría inicio a una larga y feliz colaboración con Scorsese.

La mayor parte de los realizadores de este Nuevo Hollywood compartían amistad, y los pasos iniciales en las carreras de Pacino y De Niro pueden ser fácilmente comprendidos a partir de este entramado de relaciones. De Palma recomendó a De Niro para protagonizar Malas calles, y Scorsese le hizo ver a Coppola el error que había cometido no contratando al intérprete en su momento (sin desmerecer, por supuesto, el colosal trabajo de Caan). Para esa El Padrino. Parte II (1974) que Paramount ansiaba tras el éxito de la primera, Coppola podría reparar su falta, y recurrir a De Niro como garante del plan tan ambicioso que tenía para dicha secuela.

Y es que El Padrino. Parte II debía oficiar tanto de segunda parte, retomando la historia del Michael Corleone interpretado por Pacino, como de precuela de la anterior, contando a partir de flashbacks la historia del Vito Corleone que Marlon Brando había encarnado en el film inicial, y cuya versión juvenil ahora estaba en manos de De Niro. Fue El Padrino II, por tanto, la primera película que coprotagonizaron los actores de El irlandés, y en sus propias palabras el film que hubo de cambiarles la vida.

Ambos fueron nominados al Oscar, pero aunque se trataba de la segunda vez que Pacino optaba a la estatuilla por su papel de Michael, fue De Niro quien se alzó con ella. Cosa curiosa, por encarnar el mismo papel que a Marlon Brando le había dado el premio dos años antes, pero esto no deja de ser lo de menos: además de ser una de las mejores películas de la historia del cine, El Padrino II se beneficia de dos talentos actorales en explosión, y de muy distinto rango.

Donde De Niro asimila el icónico trabajo de Brando para llevarse el personaje a su terreno (inyectándole una mirada vengativa que nunca percibimos del todo en el Vito original), Pacino apuntala todo lo que hizo de Michael Corleone un personaje tan fascinante, jugando con la contención y los estallidos de rabia de un modo hipnótico.

Sin embargo, Pacino y De Niro no compartieron una sola escena en El Padrino II. No podía ser de otra forma, ya que sus personajes se hallaban en líneas temporales diferentes, y la visión más cercana de ellos dos juntos la tuvimos en un plano que fundía, durante escasos segundos, pasado y presente. Michael frente a su madre, temiendo estar a punto de perder a su familia y preguntándose qué haría su padre en su situación, mientras se dibujaba a un lado la figura de Vito, habiendo aceptado completamente entregar su vida al crimen.

Fue un único plano que, por supuesto, dejó al público con ganas de más, y contribuyó a dar tímida forma a uno de los mitos más arraigados (pero finalmente refutados) de la historia del cine: que Pacino y De Niro no se tragaban.

Policía y ladrón en Heat

Porque sí, es totalmente falso: Robert De Niro y Al Pacino se llevan estupendamente. No tienen una relación lo que se dice estrecha (nada sorprendente, dadas las enormes diferencias en su carácter), pero en los largos años que hace que se conocen sí que han quedado para tomar algo y conversar en cuanto les ha surgido la ocasión. Al fin y al cabo, desde que hicieron El Padrino II sus carreras han transcurrido en paralelo, y en los años posteriores estuvieron a punto de volver a aparecer juntos en alguna que otra película.

Apenas dos años después de la obra maestra de Coppola fueron tanteados para protagonizar Novecento (1976), de Bernardo Bertolucci, pero por cuestiones de agenda Pacino acabó siendo sustituido por Gérard Depardieu. Lo mismo ocurrió en Glengarry Glen Rose (1992), esta vez con Ed Harris tomando el relevo de De Niro, o Sed de poder (1984), de donde ambos acabaron cayéndose a favor de Eric Roberts y Mickey Rourke.

Al mismo tiempo, los protagonistas de El irlandés se vieron compitiendo una y otra vez por los mismos papeles, a causa sobre todo del perfil análogo que los identificaba: ambos italoamericanos, neoyorquinos, con gusto por personajes de moral ambigua y facilidad para la violencia. De Niro desarrolló entonces su carrera bajo el ala de Scorsese, obteniendo un segundo Oscar por Toro salvaje (1980) y volviendo a desempeñar el papel de gángster en Érase una vez en América (1984), Los intocables de Eliot Ness (1987, de nuevo con De Palma) y Uno de los nuestros (1990).

Los 21 años que transcurrieron entre El Padrino II y Heat (1995), su siguiente película juntos, también sirvieron para que Pacino y De Niro fueran distanciándose a la hora de abordar sus papeles. Mientras De Niro, con alguna excepción que otra, se mostró siempre contenido y prefirió los personajes taciturnos, Pacino desarrolló una afición por los caracteres extremos, que le permitieran moverse a una distancia muy escasa de la sobreactuación.

El precio del poder, dirigida por De Palma en 1983, supuso la apoteosis de este cambio en el estilo, que de repente lo emparentaba más con un actor de la escuela Nicolas Cage que con el intérprete de férreo autocontrol que habíamos visto en Serpico (1973) o Tarde de perros (1975), ambas de Sidney Lumet.

¿Estaba arrojando Pacino su carrera a la caricatura? Con la distancia del tiempo es posible verlo de esa forma, pero llegados los 90 el favor de los críticos no se llegó a ver afectado por ello: de hecho el intérprete de A la caza (1980) sólo obtuvo finalmente el Oscar gracias al circo que montó con Esencia de mujer (1992), rodada un año antes que la magnífica Atrapado por su pasado

En este drama criminal, también dirigido por De Palma, Pacino ofreció un recital de gran sensibilidad como Carlito Brigante, alejándose momentáneamente de esa tormenta de furia y muecas en la que se había convertido su carrera… y que precisamente había animado a Michael Mann a ficharle para Heat.

El director de Collateral concibió los personajes de Neil McCauley y Vincent Hanna como opuestos no sólo desde el punto de vista de la ley (De Niro era el ladrón y Pacino el policía), sino también desde el propio carácter, determinado por los actores que los encarnaban. McCauley era tranquilo, desapegado y frío, mientras que Hanna era nervioso, apasionado e histriónico.

El modo en que Heat (puede que la mejor película policíaca de los años 90) construía una relación de respeto a partir de ambos era refrendado por los dos grandes astros que Mann se apañó para reclutar… aunque apenas dispusieran de tiempo juntos en pantalla.

Heat no jugaba con las líneas temporales, pero igualmente las tramas de De Niro y Pacino funcionaban de modo autónomo. McCauley encontraba algo parecido al amor y planeaba su último golpe mientras el equipo de policías comandado por Hanna perseguía a su banda: dos narrativas que confluían únicamente en otros tantos instantes. El último de ellos tenía lugar en el aeropuerto y narraba una persecución y posterior tiroteo donde McCauley y Hanna apenas compartían un solo plano. El primero, y el más famoso, los encontraba tomando un café y conversando con total tranquilidad. Incluso Hanna (que Pacino confesaría que interpretó como si estuviera constantemente puesto de cocaína) mantenía la calma entonces.

Durante apenas cinco minutos, McCauley y Hanna contraponían sus filosofías de vida y descubrían que tenían bastantes cosas en común, y la secuencia hacía gala de una energía de todo punto sorprendente. En las réplicas que intercambiaban se percibía el peso de una larga historia cinematográfica, y también de una camaradería forjada a lomos de ella. No obstante, el que dicha conversación estuviera rodada en plano/contraplano, sin ningún general, y sin ningún fotograma donde se apreciara claramente y al unísono el rostro de ambos hombres, contribuyó a afianzar la leyenda urbana.

Pacino y De Niro se odiaban tanto, supuestamente, que rodaron la secuencia por separado, y luego todo se arregló en montaje.

Policías en Asesinato justo

Antes del estreno de El irlandés, no era descabellado considerar Heat como el canto de cisne de las carreras de Al Pacino y Robert De Niro. Aun cuando el duelo contemplado en la película de Michael Mann no encontrara a ambos intérpretes en las mejores condiciones (De Niro se merendaba como quería a Pacino, cuyo pasadísimo trabajo se convertía en carne de memes), jamás volvieron a participar en una película con la suficiente calidad como para hacer honor a los mejores momentos de su carrera. Que ambos no dejaran de trabajar desde entonces no hizo sino confirmarlo.

Pacino siguió metido en su vorágine de excesos en películas estupendas donde, por primera vez, no resultaba ser lo mejor de ellas. Donnie Brasco, Pactar con el diablo (1997), Un domingo cualquiera (1999) o, sobre todo, El dilema (donde volvió a ponerse a las órdenes de Michael Mann) refrendaban el buen ojo del actor para los proyectos pese a que hubiera encontrado cierto acomodo en el trabajo, mientras que De Niro probaba suerte en la comedia y recurría a la autoparodia en films como Una terapia peligrosa (1999) o la trilogía de Los padres de ella (2004-2010).

En resumidas cuentas, las carreras de ambos intérpretes no se encontraban en el mejor momento cuando coincidieron por tercera vez, en Asesinato justo (2008). Este thriller de Jon Avnet volvía a colocar a la espectacular dupla en un film policíaco, pero las diferencias con la antológica película de Mann eran abismales, y resultaba doloroso ver a actores de su talla (por muy maltrecho que tuvieran el prestigio) metidos en un embrollo de este calibre.

De Niro interpretaba a Turk y Pacino a Rooster, y si durante años sus fans se habían lamentado de que estos dos actores hubieran compartido tan poco tiempo en pantalla, Asesinato justo les dio lo que pedían. A lo largo de esta discretísima película, De Niro y Pacino prácticamente no hacían otra cosa que estar juntos, siendo dos detectives a punto de jubilarse enfrentando un caso que pondría a prueba su amistad.

Como muchas críticas de entonces hicieron notar, los cinco minutos de Heat en los que tomaban café merecían mucho más la pena que la hora y cuarenta que duraba Asesinato justo. Consumidos por todos los automatismos que habían ido sumando a lo largo de su carrera (uno rascándose la ceja sin parar, otro realizando todo tipo de aspavientos), el film de Avnet parecía encontrar un placer incontenible en extirparle toda la mística posible a la reunión, burlándose de todos los cinéfilos que habían pausado las reproducciones de El Padrino II y Heat tratando de comprobar si Pacino y De Niro llegaban a aparecer juntos en algún fotograma.

Así que no, la película no estaba demasiado bien, y desde luego los fans de los actores hubiéramos sobrevivido perfectamente sin escenas como Pacino animando a su colega De Niro a que “bateara fuerte”. Y al final, Asesinato justo quedaba como una obra sintomática del comatoso estado de la carrera de ambas estrellas, antecediendo cimas del oprobio como Jack y su gemela (2011), en el caso de Pacino, o El becario (2015), en el caso de De Niro.

Por suerte, Scorsese llegó en su rescate.

Amigos en El irlandés

La idea de hacer El irlandés surgió de De Niro, que a lo largo de los años mostró inquietudes que iban más allá de la actuación. Por eso llegó a dirigir dos magníficas películas (Una historia del Bronx en 1993, El buen pastor en 2006), se hizo con su propia cadena de restaurantes, y sacó adelante una productora, Tribeca, que se encuentra tras la financiación de El irlandés. De Niro quiso producir la película en cuanto cayó en sus manos I Heard You Paint Houses, de Charles Brandt, y una vez convenció a su amigo Scorsese de que debía dirigir la película propuso a Pacino para el papel de Jimmy Hoffa. “Te encantará trabajar con él”, le prometió.

Al igual que en Asesinato justo, De Niro y Pacino pasan una enorme cantidad de tiempo juntos en pantalla, y en esta ocasión sí que se hace justicia a las carreras de ambos, siempre relacionadas de un modo u otro. Por si fuera poco, y acaso porque con el tiempo los intérpretes han estrechado su amistad, las escenas de Frank Sheeran y Jimmy Hoffa exhiben una intimidad conmovedora y tan llena de subtexto metacinematográfico como el cafelito que se echaban en Heat. Incluso más.

Por supuesto (y como también ocurría en Asesinato justo), la amistad de los protagonistas de El irlandés dista de ser perfecta, o idílica. Bien al contrario, está revestidas de la tragedia, los dobles sentidos y las manipulaciones en las que anteriores personajes han incurrido de un modo u otro a lo largo de los años. Sheeran se convierte en el guardaespaldas de Hoffa, pero sus lealtades a la familia mafiosa a la que siempre ha obedecido (y a la que el sindicalista no deja de desafiar) motivarán un gran conflicto en su interior.

Que la amistad de Hoffa y Sheeran, como la práctica totalidad de relaciones que la han precedido en la ficción gangsteril donde Pacino y De Niro han desarrollado sus carreras, esté condenada, no quiere decir que lo esté la de sus actores. De hecho, ambos han mostrado una inmensa felicidad durante la promoción de El irlandés.

Ya sea porque están muy orgullosos por la película que han hecho (algo bastante probable); ya sea porque han contado con más oportunidades que nunca para hablar, y recordar buenos tiempos, y sugerir nuevamente que estaría bien volver a coincidir en alguna que otra película. Nosotros no tenemos objeción.

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