‘El hoyo’, la joya de género fantástico que no deberías dejar escapar

Y por si alguien dudaba de que aquí no pudiera hacerse gran cine de género con cuatro euros (bueno, con algunos más).

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30 de marzo de 2020

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  • Si entras en “el hoyo” despertarás en una celda de hormigón, de unos seis por nueve metros aproximadamente, que compartirás con otro compañero o compañera. Más allá de la convivencia, lo que importa allí es la comida. Si tienes la suerte de estar en los primeros niveles el festín está asegurado, pero si vas a parar más abajo, digamos que a partir del nivel 60 o 70, la escasez de alimentos empieza a ser preocupante. Ni hablar de lo que puede ocurrir abajo, mucho más abajo, ya sin una triste miga que llevarse a la boca.

    Tampoco puedes acomodarte demasiado. Todo es pasajero y cuando menos te lo pienses te sedan y vuelves a despertar en otra celda, en otro nivel. De hecho la estructura de sociedad vertical que propone la distopía de El hoyo es muy simple: “Hay tres tipos de personas: los que están, los de abajo, los que caen”. Claro que también hay los que ya no son ni personas, víctimas o verdugos del instinto más salvaje de supervivencia.

    Cuando se proyectó en Sitges quedó claro, era la película del festival, la que más se comentó, la que mejor sabor de boca en general dejó, y además era una producción fantástica hecha aquí, dirigida por el bilbaíno Galder Gaztelu-Urrutia en su debut en el largometraje. Solo faltaba, como finalmente fue, que el Jurado la premiara como mejor película. Obtuvo el galardón y además el de efectos visuales, además del premio Citizen Kane de la crítica a la mejor dirección novel y el de mejor película para el Público. En el de Toronto también fueron tajantes, fue elegida por los espectadores como el mejor largometraje de la sección Midnight Madness. Por algo será.

    El hoyo

    Y lo bueno es que ahora tenemos la oportunidad de verla en Netflix y descubrir por qué se trata de toda una experiencia, un filme único, si acaso comparable con esa maravilla de Cube del canadiense Vincenzo Natali. Es, sin duda, una de las grandes películas del año, no solo en el género fantástico. Y lo es por:

    Una ideal genial. Y tan genial como sencilla. Uno de esos high concepts por el que guionistas, escritores o cineastas pagarían millones para que se les ocurriera. Una parábola magistral que traza un evidente paralelismo con las clases sociales, pero sobre todo sobre trata del egoísmo (en cuanto al reparto de las recursos y riquezas) y la insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno.

    El guion. Con la idea no sería suficiente. Falta un desarrollo a la altura, y lo tiene de sobras, también infalible para mantener la atención durante su hora y media de metraje. El guion escrito por David Desola y Pedro Rivero, y que inicialmente estaba pensada como una obra de teatro, reproduzce en parte el funcionamiento de la sociedad y el mundo exterior pero en los límites de una estructura cerrada. Es algo así como la postapocalíptica Snowpiercer (Rompenieves) de Bong Joon-ho, aunque sin tren, o ese clásico y pieza maestra de la televisión (y del género fantástico) que fue La cabina de Antonio Mercero, aderezado con unas buenas gotas de sadismo nivel Saw.

    Las interpretaciones. ¿Y qué sería sin una gran idea o guion sin unas interpretaciones convincentes o incluso que engrandezcan aún más el texto? Ivan Massagué con su personaje sensible, culto e idealista llamado Goreng (que se trae consigo, al hoyo, como único objeto un ejemplar de El Quijote) es el gran protagonista, el hilo conductor al que agarrarnos durante toda la historia. Y Massagué, no es ninguna exageración, está impresionante. A su lado, entre celda y celda, desfilarán otros personajes como Imoguiri, la funcionaria que interpreta Antonia San Juan, y (“obvio”) el Trimagasi que encarna un Zorion Eguileor que se convierte en el otro gran personaje de la película. La de Massagué y Eguileor son de esas actuaciones y personajes que no se olvidan fácilmente.

    Porque menos es más. Es de esas película “pequeñas” pero grandes, de presupuesto escaso, pocos efectos especiales (el principal es una plataforma, llena o vaciada de comida, que sube y baja entre nivel y nivel), aunque tampoco hacía falta más. Y la cámara de Galder Gaztelu-Urrutia sabe moverse a la perfección por esa escenografía de espacios tan reducidos.

    Sus simbolismos y enigmas. Habrá también quien diga que la parábola que ofrece es demasiado “obvia”, pero por suerte El hoyo también sabe esparcir enigmas, preguntas y simbolismos con los que ir dándole vueltas durante tiempo. Tiene además puntazos inesperados como la divertida ocurrencia, a partir de un momento determinado, del valor y función que adquiere una panacota (!). Y atención especial al simbolismo del número 333. Puede que después de haber visto El hoyo no salgamos más solidarios o mejores como persona, pero es de esas experiencias que calan, y hondo.

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