El hombre que cazó al ‘Tiburón’

Excesivo y fanfarrón, el pescador de escualos Frank Mundus inspiró muchos aspectos de la película de Spielberg. Aquí te contamos su historia.

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19 de junio de 2015

Robert Shaw se pasó todo el rodaje borracho como una cuba, a George Lucas se le quedó el cuello atrapado en las fauces de un escualo mecánico (el culpable de la faena: Martin Scorsese) y el director, un chaval de 29 años llamado Steven Spielberg, se arrepintió mil y una veces de haberse metido en aquel embolado… hasta que llegaron los resultados de taquilla. Porque, si este fin de semana celebramos el 40 aniversario de Tiburón, no es sólo porque su calidad siga haciéndonos dudar sobre si ir o no a la playa: hablamos del primer blockbuster moderno, la película que (para bien o para mal) redefinió la forma en la que Hollywood comercializaba sus productos, y la primera en recaudar más de 100 millones de dólares (383 millones de euros, ajustados) nada más estrenarse.

Ahora bien, ¿había algo de verdad en la historia de este taquillazo, capaz de comerse la taquilla de un solo bocado? Pues sí que la había: Peter Benchley, autor de la novela original, se había inspirado en varios cazatiburones de renombre para escribir su libro. Uno de ellos, con el que llegó a compartir expediciones de pesca, se llamaba Frank Mundus, y tanto él como quienes le conocieron veían en su figura un precedente de Quint, el marinero que acompaña al sheriff Roy Scheider y al científico Richard Dreyfuss en su cacería.

En la historia de Frank Mundus, Amity Island se llamaba Montauk: el personaje real, nacido en 1925 en Nueva Jersey, vivió en este pueblo próximo a Nueva York desde 1951, cuando se instaló allí para dedicarse a pescar la caballa y la anjora (un pez de gran tamaño que también se da en el Mediterráneo). Dicha modesta aspiración quedó pronto truncada, porque, en Montauk, caballas y anjoras había bien pocas. En cambio, los tiburones sí que abundaban en las costas del lugar. Y, cuando uno de estos bichos picó su anzuelo, Frank Mundus se dio cuenta de que estas criaturas cartilaginosas podían ser su medio de vida. Sólo necesitaba dedicarse a cazarlas, obtener capturas cuanto más grandes, mejor, y presentar éstas de la manera más espectacular posible: no en vano se denominaba a sí mismo “pescador de monstruos”. En 1964, Mundus se llevó al puerto de Montauk un tiburón blanco de dos toneladas, cazado a arponazo limpio en las inmediaciones de Long Island. Bueno, lo de las dos toneladas lo decía él, porque el peso de la pieza fue estimado a ojo. Y es que, como suele decirse de los pescadores, Frank Mundus era un tipo bastante exagerado.

Esa costumbre de exagerar hace que el personaje real y el capitán Quint nos resulten muy cercanos. También lo hace el hecho de que, al igual que Quint, Mundus no sintiera demasiado aprecio por la fauna marítima. Algunas de las historias que circulan sobre él que causan bastante grima, como aquella según la cual se dedicaba a cazar ballenas con el único objeto de hacer sus cebos: a los tiburones, ya se sabe, la carne de cetáceo les sabe a gloria. A bordo de su barco, el Cricket II (sería demasiado bonito que se hubiera llamado Orca”, ¿verdad?), el ‘cazador de monstruos’ se ganó una reputación bastante terrorífica. Se afirmaba, por ejemplo, que se había quedado atrapado en los restos flotantes de una ballena rodeada de aletas triangulares (su reacción: bailar despreocupadamente hasta que le sacaron de allí) o que gustaba de tentar a sus presas arrojándoles gatitos vivos (“Lo intenté una vez, con un gato muerto que encontré en la carretera”, explicaba, “pero estaba muy pasado y a los tiburones no les gustó”). 

Con semejante fama, alentada gustosamente por él mismo, Mundus acabó convertido en una pequeña celebrity, especialmente para los aficionados a la pesca. Y uno de dichos aficionados era un novelista y periodista en horas bajas llamado Peter Benchley, al que conoció en 1971: tras leer acerca de aquel supertiburón de dos toneladas, este antiguo escritor de discursos para la Casa Blanca había concebido una historia acerca de una bestia marina que aterrorizaba a los habitantes de un pueblecito . Y, como a los viajes de Mundus podía apuntarse cualquiera, siempre que pagase bien, Benchley se convirtió en pasajero habitual del Cricket II durante los tres años que le llevó escribir Tiburón. Un período durante el cual Benchley supo ver que, con su brazo atrofiado (secuela de un accidente sufrido durante su infancia), su collar adornado con dientes de tiburón y su forma de contar anécdotas inverosímiles, aquel sujeto daba de sí para inspirar un secundario inolvidable. Con socarronería, Mundus le comentó al New York Times que Benchley se fijaba mucho en su técnica de pesca favorita: atar barriles a la cuerda del arpón, para así lastrar a los animales y volver más fácil su rastreo. Si has visto la película, sabrás por qué ésto es importante.

Y después pasó lo que todos sabemos: tras su publicación en 1974, Tiburón fue un éxito de librería, primero, y una película que cambió la historia del cine, después. Durante los años siguientes, Benchley le quitó hierro a su relación con Frank Mundus, afirmando que en el capitán Quint había rasgos de muchos otros pescadores. Aun así, Mundus encontró un buen gancho publicitario para sus expediciones de pesca… y también una razón para arrepentirse: aunque la película no le desagradaba (“Es la cosa más divertida y más tonta que jamás he visto”, afirmó), la fiebre por la caza de tiburones que suscitó le parecía excesiva incluso a él. Su colaboración con asociaciones ecologistas no le privó, no obstante, de seguir siendo el terror de los escualos: en 1996, con 71 tacos a cuestas, hizo una presa de tonelada y media, esta vez pesada y certificada correctamente, batiendo así el récord mundial de pesca con anzuelo. En 2008, Frank Mundus pasó a mejor vida, víctima de un ataque al corazón. Valgan estas palabras como epitafio: “Quint era yo, salvo por una cosa: a mí no me comió el tiburón, yo lo subí a mi barco”.

 

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