‘El graduado’: La BSO que cambió la música en el cine moderno

La película de Mike Nichols revolucionó la relación entre la gran pantalla y el pop gracias a las canciones de Simon & Garfunkel.

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02 de junio de 2020

“Hello darkness my old friend” es una frase que ocupaba un lugar en la historia de la música pop desde mucho, muchísimo antes de convertirse en meme. No en vano es el verso inicial de The Sounds of Silence, seguramente la canción por antonomasia de Simon & Garfunkel y uno de los himnos del folk rock de los 60. Ahora bien: si esta frase sencilla y contundente ha llegado hasta nosotros como un comodín capaz de acompañar por igual a una foto de Ben Affleck y a un vídeo de gatitos, es en gran parte debido a una película. Y el título de esa película es El graduado.

La tragicomedia estrenada por Mike Nichols en 1967 es, por supuesto, una película importante por muchas razones. Consagrar a Anne Bancroft como la asaltacunas por excelencia del cine y lanzar la carrera de Dustin Hoffman son dos de ellas. Pero también hizo historia por razones musicales. La obsesión de Nichols por los trabajos de Paul Simon Art Garfunkel le llevó a plantear un movimiento casi sin precedentes en su día: una banda sonora que, en lugar de estar escrita ex profeso por un compositor, se compondría de canciones pop que seguirían a la película en funciones de coro griego.

Para explicar la razón de esta pirueta hay que hablar un poco de la historia de Paul Simon Art Garfunkel, dos señores que no se soportaban entre ellos pero que llevaban tratando de triunfar desde 1957, cuando lanzaron su primer sencillo con el alias de Tom & Jerry. Convertidos en cantautores muy folkies y muy serios, los dos futuros ídolos grabaron Sounds of Silence como tema estrella de su disco de debut, Wednesday Morning, 3 A. M. (1964). Dado que el disco fue un fracaso comercial, la canción parecía condenada a desvanecerse en el olvido, hasta que el productor Tom Wilson se dio cuenta de su potencial y les gastó a sus autores una jugarreta muy gorda.

Wilson acababa de terminar las sesiones de Like A Rolling Stone con Bob Dylan, de modo que eso de arreglar canciones folk con instrumentos eléctricos no tenía secretos para él. Usando sus mañas en el estudio (las mismas que empleó para vestir los temas de The Velvet Underground, entre muchos otros), Wilson tomó la grabación de Sounds of Silence y le añadió una sección rítmica y una pista de guitarra distorsionada. Todo ello sin el consentimiento de Simon o de Garfunkel, claro. Pero el dúo podía rabiar todo lo que quisiera: añadiendo contundencia a la melodía original, Tom Wilson había conseguido que ese temita acústico sobre la alienación en la sociedad de masas se convirtiera en un himno capaz de vender más de 100 millones de copias.

Así pues, el siguiente álbum de Simon & Garfunkel (grabado a regañadientes por un dúo que no veía el momento de partir peras) se tituló Sounds of Silence (1966) y, premuras aparte, contenía canciones tan bonitas como Homeward Bound I Am A Rock. El dúo estaba en racha, como demostró su siguiente elepé, Parsley, Sage, Rosemary and Thyme, lanzado aquel mismo año. Fueron estos, precisamente, los álbumes que Mike Nichols escuchaba mientras se preparaba para debutar como cineasta en El graduado. 

“Escuchaba el disco todos los días cuando me duchaba antes de irme a trabajar, y una mañana me di cuenta: ‘¡Imbécil, aquí tienes tu banda sonora!”, recordó el director en 2012. La elegancia con la que las canciones de Simon & Garfunkel congeniaban con la historia del novelista Charles Webb le pareció a Nichols tan natural que no dudó en definirla como “mejor que el sexo. Bueno, no mejor, pero te hace sentir fantástico”.

Así, aunque la BSO de El graduado también tuvo aportaciones del compositor Dave Grusin, el grueso de su minutaje correspondía a las canciones de Paul Simon, con o sin su socio. El dúo se lo tomó en serio, hasta el punto de aportar un tema inédito (Mrs. Robinson) que acabaría apareciendo en otra versión como parte de su álbum Bookends (1968). Con ese ego que se le salía por los poros, Simon había pensado en titularla Mrs. Roosevelt y guardársela para él, pero la insistencia de Nichols hizo que el tema acabara figurando en el filme con su título definitivo, convirtiéndose en otro hito inevitable.

De este modo, Simon & Garfunkel llegaron al final de la década de los 1960 convertidos en superestrellas, despachando copias de Bookends sin descanso en unos EE UU desmoralizados por el asesinato de Martin Luther King. Asimismo, El graduado se había convertido también en un superéxito de taquilla, con lo que Hollywood iba a tomar nota de su lección sobre cómo usar canciones pop en el cine.

En 1969, el éxito de la BSO de Easy Rider (con composiciones de The Byrds, Jimi Hendrix, Steppenwolf y otros) confirmó que la ambientación musical de un filme podía estar formada íntegramente por temas de varios artistas, sin importar que estos fueran novedades. Cuatro años más tarde, American Graffiti aportó otra genial intuición: una banda sonora podía funcionar como recopilatorio de oldies… y también resucitar todo un género (el rock’n’roll clásico) al que se daba por muerto y enterrado.

Así pues, El graduado no solo le enseñó al mundo que un plano de una pierna con media de nylon puede calentar a la platea, o que reventar la boda de tu ex (si ella está de acuerdo, ojo) está bien siempre que tengas planes para hacer algo después de subirte al autobús. La interacción artística y comercial entre el cine y la música pop cambió para siempre después del debut de Mike Nichols, en un proceso que llegó a su apogeo con esos soundtrack albums del cambio de siglo, llenos de canciones “inspiradas” por la película… pero que no llegaban a sonar en ella.

Ahora, cuando casi todos los lanzamientos importantes en pantalla grande llevan aparejados temas compuestos por el o la artista de moda, es bueno recordar esto. Aunque pensar en cómo la gran idea de Mike Nichols se ha convertido en una fórmula más para los departamentos de marketing pueda llevarnos a darle la bienvenida por enésima vez a nuestra vieja amiga la oscuridad. Porque hay frases que, aunque se vuelvan tópicas, no caducan jamás.

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