‘El gigante de hierro’: La identidad del héroe contra las armas de Donald Trump

El gigante de hierro sigue siendo una gran película de superhéroes cuyo mensaje es mucho más relevante que en 1999

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29 de diciembre de 2019

“Es malo matar. Las armas matan. Y no tienes que ser un arma. Eres lo que eliges ser”. El joven Hogarth le dice esto a su amigo, el gigante de hierro, cuando este pierde su lucha interior y se deja arrastrar por su naturaleza inherente, la de un ser casi indestructible con armamento galáctico listo para la destrucción. 

De esto va El gigante de hierro, de armas que matan, del miedo a lo desconocido y, sobre todo, de la identidad. 

LAS ARMAS MATAN

Cuatro meses antes de que El gigante de hierro se estrenara en los cines de Estados Unidos en agosto de 1999, el país experimentaba hasta ese momento de la historia el tiroteo más mortífero en un colegio cuando dos adolescentes mataron a 13 personas e hirieron a otras 21 en la escuela secundaria de Columbine. 

El debut en la dirección de Brad Bird -el hombre que consiguió trasladar la esencia de En busca del tiempo perdido de Proust a una película de animación sobre la amistad de una rata y un joven parisino titulada Ratatouille– no podía ser más pertinente y, sin embargo, no triunfó en absoluto. Afortunadamente en su edición en vídeo y su programación en televisión la cinta tuvo una segunda vida, se convirtió en una película de culto y muchos niños (y también mayores) se convirtieron en fieles defensores de este gigante. 

Hoy, 20 años después, la situación se ha agravado enormemente, Estados Unidos tiene un presidente de discurso xenófobo y con una alarmante reticencia a incrementar el control de armas que ya antes de ser elegido escupía cosas como: “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. 

Así, poco a poco, el lugar que habitamos se ha convertido en la cuna de una terrorífica fantasía: la violencia detendrá la violencia. La mentira que combaten el pequeño Hogarth y su amigo el gigante de hierro. 

El origen de la película es una novela del poeta Ted Hughes: Un niño se encuentra con un hombre de hierro y lo engaña llevándolo a un pozo cubierto para enterrarlo vivo. El robot permanece enterrado durante meses pero consigue salir a tiempo para salvar al planeta de un invasor extraterrestre con forma de dragón. 

El guión de Brad Bird es radicalmente distinto y mucho más audaz y profundamente pacifista. Bird se centra en la amistad de el niño con el gigante y pone como tema principal las armas hasta que al final nuestro héroe se sacrifica para proteger al mundo de una bomba nuclear en plena guerra fría. El propio poeta, que pudo leer el guión, lo elogió enormemente. 

Así, con este cambio, la película defiende una preciosa tesis sobre el mundo que en la novela era inexistente… Que nos olvidemos de tener miedo, que no existen personas peligrosas, que buscar la seguridad en las armas es una fantasía tan poco realista como un robot gigante que llega desde el espacio. 

LA MEJOR PELÍCULA SUPERHEROICA DE NUESTRO TIEMPO

A nivel cinematográfico esta década siempre se recordará como la explosión del género que lo ocupó todo, el género superheroíco, defendido por el público en masa y defenestrado por los directores y espectadores de otra generación. Sin embargo, este cine superheroíco, en la mayoría de sus títulos, es bastante inferior a El gigante de Hierro en cuanto a la profundidad de sus historias, el subtexto o el estudio de los personajes… Y eso que la película de Brad Bird dura 86 minutos. 

Al comienzo de la amistad entre Hogarth y el gigante, éste le trae una pila de cómics para que se entretenga parándose en Superman: “Se parece mucho a ti: aterrizó en la Tierra, no sabía lo que estaba haciendo… Pero solo usa sus poderes para el bien, nunca para el mal. Recuérdalo.” Sin embargo, el gigante se fija en otra cómic de la pila uno con un robot que echa láser por los ojos: “Oh, ese es Átomo, la amenaza de metal”, le dice Hogarth, “no es un héroe, es un villano… Pero no eres como él. Eres un buen tipo, como Superman”. 

El gigante se toma esta idea al pie de la letra hasta que en el momento culmen de la película, cuando el gigante está a punto de chocar contra el misil atómico y recuerda las palabras de su joven amigo: “Eres lo que eliges ser”. El gigante cierra los ojos y con un gesto que desprende toda la paz del mundo dice: “Superman”. Un instante antes de chocarse con la bomba fuera de la atmósfera y salvando a una ciudad entera. 

Justo lo contrario que hacen los superhéroes en la actualidad, destrozar a su paso ciudades enteras, arrasar con los hogares de millones de inocentes sin consecuencias convirtiéndose en peligrosas armas. Solo algunas películas como la injustamente denostada Batman vs Superman: El amanecer de la Justicia, se centra con crudeza en esta forma de destrucción cuando el Batman de Ben Affleck recorre las calles de Metrópolis angustiado por los miles de muertos inocentes que está dejando a su paso la lucha entre Superman y Zod. Incluidos los trabajadores de su propia empresa construyendo con una elegancia abrumadora una terrible y angustiosa metáfora del 11S.

NI ET, NI SUPERMAN, NI GOKU

Comparar El gigante de hierro con ET es ser muy simplista, ambos no tienen nada que ver, ET no va pateando traseros, no destroza al ejército, tiene otros valores, tiene otro objetivo para el público. Y lo mismo con Superman a pesar de las referencias explícitas. La dicotomía del gigante de hierro, la misma que por cierto tenía Goku cuando su único propósito al ser enviado a la Tierra era destruirla y que, gracias a un chichón, cambió radicalmente para convertirse en el mesías.

El gigante de hierro nunca, en toda la historia, utiliza la violencia. E incluso llega a corregir de manera consciente su naturaleza destructiva cuando, en un momento de la persecución, decide taparse los ojos para evitar autodefenderse ante un arma que le apunta y le dispara.

20 años después es necesario recuperar esta obra maestra de la animación, cuyos dibujos siguen siendo espectaculares, sus personajes actuales y carismáticos y su mensaje importantísimo porque al final somos nosotros los que tenemos que decidir si queremos destruir lo que nos asusta o si queremos ser como Superman. 

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