El crack de Marty: los años salvajes de Scorsese

Hubo un tiempo en que Scorsese vivió su pelotazo. Entre el éxito ‘Taxi Driver’ y el fiasco de ‘El rey de la comedia’, Marty folló, se drogó y gastó por encima de sus posibilidades.

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30 de julio de 2014

“Va a llegar un momento en el que Scorsese tenga el suficiente poder como para no tener que relacionarse con otras personas. Estará tan aislado que se la pegará. Es la historia de siempre”. La Bruja Lola de la declaración anterior no era, precisamente, ningún extraño en la vida de Scorsese, sino Paul Schrader, el genial guionista que había sido capaz de condensar toda su rabia vital en el personaje de Travis Bickle, de profesión Taxi Driver (1976) y suicida en sus ratos libres. Lo que seguramente Schrader no esperaba es que su profecía se cumpliera tan pronto…

Con la Palma de Oro de Cannes debajo del brazo por Taxi Driver, Scorsese cayó en un error, por otra parte, bastante común de su generación: hacer un musical. Debió creerse más listo que Bogdanovich, que había fracasado estrepitosamente con At Long Last Love (1975), pero menos que Coppola, que repetiría desastre con Corazonada (1982). Su particular calvario se llamaría New York, New York y recrearía la gloriosa edad de oro de Hollywood de Vincente Minnelli representada no sólo en los movimientos de grúa y la saturación de colores, sino en carne y hueso por su mismísima hija, Liza, por entonces súper estrella gracias a Cabaret (Bob Fosse, 1972).

Martin Scorsese

Ya que de sacarle lustre a la leyenda de Hollywood se trataba, ¿qué mejor que rehacer la turbulenta relación entre Minnelli y Judy Garland con su hija y Martin Scorsese? Ambos estaban casados… y comprometidos con todo tipo de estupefacientes. Como a Liza todo le parecía poco, decidió añadir un ingrediente más a la ensalada de sexo, excesos y desvaríos: el bailarín Mijaíl Baryshnikov. Era de esperar que, con semejante trajín de cama y de nariz, el rodaje se desmadrara por completo: se dobló el presupuesto, los días de rodaje y los de postproducción… para un fiasco en taquilla. Ya el día del estreno no presagiaba nada bueno. Cuenta la leyenda que Marty se acercó a Liza, que iba del ganchito de su legítimo y le espetó: “¡Eres una perra! ¿Creías que no me iba a enterar de que te estás acostando con ese bailarín maricón?”. Verdad o no, lo cierto es que Scorsese ha vetado a Liza en todos los homenajes que se le han realizado a posteriori.

 

Vida de rockero

Para llorar sus penas, Scorsese se enfrascó en el rodaje de El último vals, el concierto de despedida de The Band y, probablemente, el mejor filmado de la historia. “El fracaso de New York, New York fue recibido con una especie de júbilo en Hollywood. Y me hundí completamente en ese mundo, diciendo: “Adelante, vamos directos al infierno, y ya veremos lo que ocurre”. En aquella época era lo bastante joven como para pensar todavía que no iba a morir. […] La droga circulaba, estaba por todas partes. Robbie (Robertson, el líder de The Band) me decía: “Hay una fiesta en París, ¿te vienes?” Íbamos a París, Roma, Londres, Nueva York. Era siempre la misma fiesta. Luego me dije: “¿Es así como voy a encontrar a la mujer de mi vida?”… Pues a puntito estuvo: durante la alocada promo de New York, New York, en la que, por ejemplo, se negó a conceder entrevistas en Cannes si no le surtían de cocaína, hizo escala en Roma para hablar del filme con una periodista llamada Isabella Rossellini. El encuentro volvió a disparar la mitomanía galopante de Marty: ¡otra hija de una de sus parejas más admiradas, en este caso del director Roberto y la diva Ingrid Bergman!

“La droga estaba por todas partes. Llegué a un punto en que de cada siete días cuatro los pasaba en la cama”

Martin ScorseseUn resquicio de salvación que estuvo en un tris de desaprovechar:“Ya no conseguía concentrarme en mi trabajo. Llegué a un punto en que de cada siete días cuatro los pasaba en la cama, enfermo, a causa de mi asma, de la coca, de las pastillas ¡Cuatro de cada siete días! Intenté recuperarme, pero ya era demasiado tarde. Mi cuerpo estaba descuidado. Pesaba 49 kilos. No lograba recobrarme ni física ni psicológicamente. Mi cuerpo ya no funcionaba. No sabía qué me sucedía. Estaba a punto de morir, tenía una hemorragia interna pero no lo sabía. Mi ojos sangraban, mis manos, todo. Escupía sangre. En septiembre me metí en la cama y me encontré en urgencias del Hospital de Nueva York”.

Cuando despertó, a su vera se encontraba De Niro, su viejo amigo, pero no venía con un ramo de flores, sino con un guión debajo del brazo. Un proyecto en el que llevaban tiempo trabajando pero al que Marty siempre le daba largas. ¿Su nombre? Toro salvaje. De Niro que, obviamente, no conocía a Santiago Segura ni a suTorrente, creía que la transformación física que requería Jake LaMotta sólo podía llevarla a cabo en la treintena, pero a Scorsese la historia no le decía nada… hasta que la vio desde la perspectiva de la cama del hospital. Tras tenerlo todo se veía intubado, desahuciado, y al borde de la muerte. Entonces tuvo una epifanía:“Fui consciente de que yo era él (el Jake LaMotta decadente)… Esa película hablaba de mí. No tenía que decírselo a Bob: él ya lo sabía”.Tras recibir el alta, viajó a Roma a ver a Isabella y se puso manos a la obra.

 

Volver a besar la lona

Pese a no suponer un éxito espectacular de público, Toro salvaje(1980) pronto se encumbró como un hito fílmico, pedestal del que todavía no se ha bajado, pues sigue siendo considerada la mejor película estadounidense de la década. Pero pronto regresó la comezón creativa a Marty, ese manojo de nervios al que le daba yuyu el número once, que vivía torturado por su muy católico sentimiento de culpa tras dos divorcios y por el miedo a ser asesinado por la familia Manson, que le amenazó tras anunciarse que interpretaría al patriarca Charles en una TV movie.

“Después de Toro salvaje, volvió la ansiedad. Para mí, esta película era una película de kamikaze. Lo puse todo en ella, creyendo que sería la última. Pensaba irme a Roma a rodar documentales sobre la vida de los santos”. Desgraciadamente para el Vaticano, volvió a aparecer De Niro con un guión, esta vez el de El rey de la comedia, una excusa para que el actor, siempre ambicioso, explotara otros registros interpretativos: “Será sencillo, rápido, y lo podrás rodar en tu casa, en Nueva York”. A esas alturas, De Niro ya sabía qué podía despertar el interés del realizador. El rey de la comedia es una fábula sobre el precio de la fama, que Scorsese sentía en sus carnes desde su matrimonio con Isabella. Hollywood la había recibido con los brazos abiertos y no tardó en integrarse con la beautiful people del lugar. Al poco, las revistas de moda empezaron a demandar su presencia. En marzo de 1982, Isabella apareció por primera vez en la portada de Vogue. Scorsese se disgustó tanto que estuvo todo el mes enclaustrado en casa, hasta que le aseguraron que el número había sido retirado de los quioscos.

“En los 80 tuve que buscar de veras una forma de sobrevivir. Tenía que repasar por completo mi carrera”

Fue el principio del fin de su relación. Ante los celos cada vez mayores del director, reacio a la independencia de su esposa, la periodista convertida en icono de moda inició una relación con Jonathan Wiedemann, un modelo masculino, de quien quedó embarazada. Como en New York, New York, su doble divorcio, personal y con el espectador, volvía a repetirse. “Debía filmar La última tentación de Cristo, pero el proyecto no acabó de cuajar. Esto me derrumbó. Durante los años 80 tuve que buscar de veras una forma de sobrevivir. Tenía que repensar por completo mi carrera”.

 

Mala racha a la tronera

Lo hizo vendiéndose al mejor postor. Con dos películas de encargo, ¡Jo, qué noche! (1985) y El color del dinero (1986). La primera llegó gracias a su amistad con la productora Amy Robinson, que había tenido un papelito en Malas calles. Tenía 3,5 millones de dólares (una miseria para alguien acostumbrado a presupuestos de 20) y sabía que Marty podía sacarle provecho. “Me permitió varias cosas […] Aprendí a trabajar más rápido. Trabajar tan lentamente como antes no me aportaba nada, yo no soy una estrella. Las estrellas pueden permitírselo, yo no”. Multiplicó por tres lo invertido, toda una novedad en su carrera, y obtuvo el galardón al Mejor Director en su amado Cannes.

Martin Scorsese

Inmediatamente después, llegaría su salvación definitiva en forma de carta. En el remite, un tal Paul Newman, escribía a la atención de Michael Scorsese (“Paul, como muchos otros, nos confundía a mí y a Cimino”). En ella, Newman le ofrecía el rodaje de la secuela de El buscavidas, que el divo de ojos azules interpretara en 1961 a las órdenes de Robert Rossen. No venía solo: le acompañaba un pipiolo al alza (Tom Cruise), un guión de Richard ‘The Wire’ Price y 14 millones de dólares que Disney había tenido a bien apoquinar para tener contenta a su legendaria estrella. Fueron bien empleados: recaudó 50, siendo el mayor éxito de Scorsese desde Taxi Driver. La carambola perfecta: con Fast Nelson, de retruque, también había vuelto Scorsese, ese perdedor que, por primera vez en su filmografía, había ganado dinero con dos películas consecutivas. Por llegar estaban Uno de los nuestros, Casino o Infiltrados. Se había limpiado y era feliz en una relación estable con su productora, Barbara de Fina.

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Este artículo se publicó originalmente en el número 220 de CINEMANÍA correspondiente al mes de enero de 2014.

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