El amigo español de Woody Allen

Tras veinte años de cercanía con el genio de Manhattan, Natalio Grueso ha escrito 'Woody Allen, el último genio', un libro donde retrata al autor de 'Annie Hall' desde muy cerca.

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25 de noviembre de 2015

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  • A primera vista, la biografía de Natalio Grueso sólo parece destacable si la enfocamos desde el ángulo profesional: hablamos de un experto de alto copete en gestión cultural, antiguo director del Centro Niemeyer de Avilés y del Teatro Español de Madrid. También de un escritor con una novela en su currículum (La soledad). Y también de un buen amigo de Woody Allen. Juramos que esto último no es broma: Grueso y el genio de Manhattan mantienen una estrecha relación personal que ha acabado cristalizando en un libro: Woody Allen, el último genio es el título de esta obra que llegará a las tiendas mañana, y en la que Grueso aprovecha su cercanía con el retratado para escribir un retrato personal mucho más íntimo de lo común en un hombre que dosifica con cuentagotas la información sobre su vida. Tal vez sólo Eric Lax, el autor de la imprescindible Conversaciones con Woody Allen, se ha acercado a ese nivel de intimidad.

    Pero empecemos por el principio: ¿cómo se conocieron Natalio Grueso y Woody Allen? “Fue hace veinte años, a comienzos o a mediados de los 90, cuando yo vivía en Nueva York”, explica el autor. “Yo no tenía ningún trabajo relacionado con el cine o con el teatro, sino que estaba en el área de Cultura de la ONU. Fue una pura coincidencia”. Al encontrarse con Allen por primera vez, añade más adelante, se sintió “como en La rosa púrpura de El Cairo, que es mi película favorita de las suyas: era como si un personaje de cine hubiera atravesado la pantalla para entrar en tu vida”. Algo que se debe, precisa, a que “al contrario que otros grandes del humor, él no cambia de apariencia para convertirse en su personaje. Chaplin se ponía su bombín, y Groucho Marx se pintaba el bigote, pero el que ves en el cine es el mismo que ves andando por la calle”. Aquello debió ser una impresión, la verdad, porque Grueso reconoce que La rosa púrpura… es la película de Allen por la que siente más cariño.

    Desde entonces, Natalio Grueso y Woody Allen se encotraron habitualmente en Nueva York. Aun ahora, suelen ponerse en contacto cada mes o cada par de meses, siempre por teléfono dado que, como habrá imaginado más de uno, el cineasta no lleva muy bien las cosas del emilio: “El correo electrónico es algo que deja para su secretaria y para la gente de su oficina”. Esa cercanía le ha permitido comprobar un par de cosas. Por ejemplo, que un sujeto aparentemente tan asocial como Allen tiene un círculo de amigos que le aprecia y le cuida mucho, aunque con matices: “Al mismo tiempo, sería faltar a la verdad decir que es un tipo accesible. Se blinda mucho, cosa que puedo entender en un mundo en el que cualquiera es un paparazzi en potencia. Pero al mismo tiempo le gusta compartir su tiempo con los demás, y sale prácticamente todos los días a cenar fuera con sus amigos”. Ya nos lo imaginamos tomándose un sándwich de pastrami en Elaine’s el restaurante woodyalleniano por excelencia… pero Grueso nos corrige: “A Elaine’s ya no va, porque cerró hace algunos años, pero hay un montón de restaurantes en Nueva York que le conocen bien”.

    A lo largo de la charla, el autor de El último genio va dejando caer detalles sobre otros pasatiempos del gusto de Allen. Sin ir más lejos, los deportes: como saben en la Academia de Hollywood, el autor de Midnight in Paris “es más feliz que nunca cuando está tirado en el sofá, viendo el baloncesto y tomándose una cerveza. Es muy fan de los Gasol. También le gusta mucho el béisbol, y se ríe de mí porque no entiendo los partidos”. Y, sí: Woody Allen bebe cerveza como cualquier hijo de vecino, porque los mitos sobre su hipocondría (“hay quien dice que se toma la temperatura cada cinco minutos”) son rotundamente falsos. Pero el menester más intrigante de todos, aquel que apasiona al cineasta desde que era un chaval, es la magia. “Poca gente lo sabe, pero la primera vez que Woody se subió a un escenario fue para hacer un show de magia, siendo casi un niño”, recuerda Natalio. ¿Sigue haciendo trucos en su tiempo libre? “Cada vez que tiene una moneda o una baraja de cartas a mano se pone a hacer juegos de manos, como hacen los ilusionistas para mantener los dedos ágiles”. 

    Ya que hablábamos antes de Eric Lax y su libro, conviene recordar uno de los momentos más amargos de ese volumen: cuando Allen deja caer que su imagen pública es algo que ha creado trabajosamente usando sus habilidades como prestidigitador, como una forma de ganar fama y, a la vez, ocultarse del público. “Ojalá lo que estoy diciendo no fuese cierto”, concluye entonces un Woody muy descorazonado. Cuando le recordamos ese párrafo, Grueso le quita hierro: “Yo no diría tanto. Hay una frase en ese mismo libro, casi al final, en la que Woody dice que la gente va al cine para distraerse, pero que en realidad es él el que se distrae haciendo cine”. Y ahí entra la magia: “Él ha utilizado ese ilusionismo para seguir su carrera: no le damos el valor que merece al hecho de que alguien haya sido capaz de mantenerse durante tantos años haciendo lo que quiere, con una independencia absoluta en una industria tan poco romántica como la del cine, donde la creatividad es residual. Ahí es donde entran los trucos de ilusionista, y ha sido muy inteligente haciendo eso”.

    Ya que estamos hablando de cine, quitémonos la seriedad: ¿ha estado Natalio Grueso en un rodaje de Woody Allen? Pues ha estado en varios, y eso le sirve para desmontar otra leyenda urbana y alleniana: no es cierto que, cuando Woody está detrás de la cámara, los miembros del equipo tengan prohibido dirigirle la palabra so pena de despido fulminante. “Lo que ocurre es que tiene un equipo tan bien ensamblado,desde hace tantos años, que funciona como una maquinaria de relojería: yo nunca he visto tensiones ni mal ambiente. Sólo que, a veces, él se ensimisma, se pone los auriculares en el cuello, y reescribe una escena entera en cinco minutos”. Ahora bien, no hablamos de un director comunicativo en los rodajes: “Algunos actores pasan por sus películas sin decirle más que ‘buenos días’ y ‘buenas tardes’ en un mes de rodaje”. Entonces, ¿a qué puede deberse su fama como director de actores? “Él mismo lo explica: sólo elige intérpretes que tengan el perfil para el papel y les dice que tengan confianza en sí mismos, porque llegan ya con la calidad suficiente para darlo todo”.

    En cualquier caso, hablamos de un tipo “con una imaginación desbordante y muy divertido”: sus insistencias en que no es gracioso de por sí, y que sus triunfos en la comedia se deben al esfuerzo y la dedicación parecen ser otro farol. “Él dice que la gente le confunde con un intelectual porque lleva gafas de pasta y sus películas son raras, lo cual es otra prueba del sentido del humor que tiene”. Pero, como el libro de Natalio Grueso también incluye conversaciones con familiares de Allen (no, Letty Aaronson, su hermana y productora, no se parece en nada al personaje de Desmontando a Harry) y a su esposa Soon-yi Previn, también cabe hablar de asuntos que no son nada graciosos. “Mira, Woody lleva desde los diecisiete años siendo conocido en EE UU. Está habituado a esa presión. Todo lo que ocurrió con Mia Farrow demuestra, creo yo, que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad: casi todo lo que se publicó sobre ese caso es falso, es algo que han reconocido los jueces y que sabe toda su familia”.

    Pero volvemos a lo mismo: a Woody Allen no le gusta que hablen de él. O, al menos, no le gusta enterarse de que hablan de él. ¿Le contó Natalio Grueso que estaba escribiendo un libro sobre su figura? “Pues sí”. Y, ¿cómo se lo tomó? “Bueno, me recordó que nunca lee nada que se escribe sobre él o sobre su obra… pero que, si tiene que pasar, mejor que lo haga un amigo que que lo haga un enemigo”. Genio y figura.

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